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Marzo de 1944. Afuera, el mundo temblaba. Adentro, en el pequeño refugio improvisado bajo las ruinas de lo que una vez fue una panadería, un hombre llamado Mateo escribía. La luz de una vela parpadeante iluminaba su rostro cansado, pero sus ojos brillaban con una determinación silenciosa. La carta, cuidadosamente doblada, reposaba sobre sus rodillas. Era para Julieta.
*17 de noviembre.*
*Hola, Julieta. No sé si me recuerdas aún, si sabes de mí o si ya estás con otro hace tiempo. La vida es difícil para mí. Paso hambre y frío en los escombros de este pueblo. Perdón por no poder hablarte; hace cinco años la vida es difícil, y aquí era imposible poder hablarte. Pero he de decir que siempre te recordé, llevando tu foto a todos lados. Era lo que más me importaba, teniendo que hacer lo imaginable para cuidar de ella. Porque, de cierta manera, ver tu cara me calmaba en los momentos donde las bombas a la noche y el susurro de la muerte era lo único que escuchabas. El miedo es algo que está presente todo el tiempo en mí. Quiero irme ya, verte, aunque ya no me quieras. Verte, para darte un simple abrazo tuyo, calmará cualquier dolor y sufrimiento que siento. Ojalá me recuerdes aún, es lo que más anhelo. Ojalá poder salir de este infierno y caos y poder contarte mis experiencias, mis cambios y las pérdidas que tuve. Es todo más difícil; las noches duelen como mil puñaladas al mismo tiempo, y doy las gracias a Dios por cada mañana que aparezco vivo.*
Mateo cerró los ojos, recordando. Recordaba el 17 de noviembre, el día en que conoció a Julieta. Era una fiesta de pueblo, llena de música y risas. Julieta, con su vestido de flores y su sonrisa brillante, le había robado el corazón al instante. Bailaron toda la noche, y bajo la luz de la luna, se prometieron un futuro juntos. Un futuro que la guerra les había arrebatado.
Abrió los ojos, volviendo a la sombría realidad. La guerra había transformado el mundo en un lugar de cenizas y desesperación. Pero la foto de Julieta, guardada con tanto cuidado, era su faro, su esperanza. Era una pequeña ventana a un tiempo mejor, un tiempo de amor y alegría. La foto era pequeña y un poco borrosa, pero para Mateo, Julieta seguía siendo la misma: hermosa, radiante y llena de vida.
Un día, mientras buscaba comida entre los escombros, Mateo encontró a un niño pequeño, solo y asustado. El niño, llamado Samuel, había perdido a sus padres en un bombardeo. Mateo, con el corazón lleno de compasión, decidió cuidarlo. Samuel se convirtió en su compañero, su pequeño rayo de sol en la oscuridad. Samuel adoraba escuchar las historias de Mateo sobre Julieta, sobre el pueblo antes de la guerra, sobre la vida que alguna vez tuvieron.
"¿Ella era muy bonita, Mateo?" preguntaba Samuel, con los ojos brillantes.
"Más bonita que el sol," respondía Mateo, sonriendo tristemente.
Un invierno especialmente crudo llegó. La nieve cubrió las ruinas, haciendo aún más difícil encontrar comida. Mateo compartía su escasa ración con Samuel, asegurándose de que el niño tuviera suficiente para sobrevivir. Una noche, mientras dormían abrazados para mantenerse calientes, Mateo sintió que la fiebre lo consumía. Sabía que estaba enfermo, y temía no poder seguir protegiendo a Samuel.
Reunió sus últimas fuerzas y le entregó a Samuel la foto de Julieta.
"Guárdala, Samuel," le dijo con voz débil. "Ella te protegerá. Recuerda siempre que el amor y la esperanza nunca mueren."
Samuel, con lágrimas en los ojos, abrazó la foto con fuerza. Prometió a Mateo que nunca lo olvidaría, ni a él ni a Julieta.
Mateo cerró los ojos, sintiendo la paz inundarlo. Sabía que Samuel estaría bien. La foto de Julieta, el símbolo de su amor eterno, lo protegería. Y en sus sueños, volvió a bailar con Julieta bajo la luz de la luna, en un pueblo lleno de flores y música.
La mañana siguiente, Samuel encontró a Mateo dormido para siempre. Con el corazón roto, Samuel enterró a Mateo junto al refugio, colocando la foto de Julieta sobre su pecho. Luego, con valentía, emprendió su camino, llevando consigo la esperanza y el amor que Mateo le había transmitido. Sabía que algún día, encontraría un lugar seguro, un lugar donde la guerra no existiera, un lugar donde podría contar la historia de Mateo y Julieta, un amor que sobrevivió al invierno más oscuro.
Samuel, abrazando la foto, caminaba hacia un futuro incierto, pero lleno de la promesa de un nuevo amanecer. Sabía que el susurro de la foto, el recuerdo del amor de Mateo por Julieta, lo guiaría siempre.
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