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Gratis · elegí una vozXime y Yos, dos almas gemelas, tenían un ritual sagrado. Cada tarde, después de la escuela, corrían colina arriba hasta llegar a su lugar secreto: un claro de pasto suave bajo la sombra de un viejo sauce llorón. Allí, entre risas y secretos compartidos, el mundo se desvanecía y sólo existían ellos dos.
Pero aquel día era diferente. El aire vibraba con una energía extraña, una melodía silenciosa que sólo sus corazones parecían escuchar. El sol, más dorado de lo habitual, los invitaba a cerrar los ojos. Xime, con su cabello color miel danzando en la brisa, y Yos, con sus ojos brillantes como dos luceros, se recostaron en el pasto, uno al lado del otro. Y se quedaron dormidos.
De repente, todo se volvió borroso. Sintieron un remolino, un torbellino de colores y sensaciones que los desorientó por completo. Cuando abrieron los ojos, el mundo era diferente. ¡Eran pequeños otra vez! Xime tenía sus coletas rebeldes y Yos, sus rodillas raspadas por jugar a las canicas. Estaban en el mismo claro, pero hacía años, cuando su amistad apenas comenzaba. Recordaron la primera vez que se vieron, la vergüenza inicial, la torpeza de las primeras palabras. Revivieron la construcción de su fuerte secreto, la promesa de amistad eterna grabada en la corteza del sauce.
"¡Yos, mira! ¡Somos nosotros de pequeños!", exclamó Xime, señalando a dos niños que jugaban a la rayuela. Yos asintió, con los ojos llenos de asombro. Era como ver una película de sus propias vidas, una película llena de inocencia y alegría.
El tiempo, caprichoso como un niño, los arrastró de nuevo. Otro remolino, otra explosión de colores, y esta vez… ¡estaban en el futuro! El claro era el mismo, pero el sauce era aún más grande, sus ramas extendiéndose como brazos protectores. Y allí estaban ellos, pero ya no eran niños. Eran jóvenes adultos, sentados en el mismo lugar, tomados de la mano. Xime llevaba un sombrero de paja y Yos, una guitarra acústica. Cantaban una canción suave, una melodía que hablaba de sueños compartidos y promesas cumplidas.
"¡Mira, Xime! ¡Somos nosotros! ¡Seguimos juntos!", dijo Yos, con una sonrisa radiante. Xime le devolvió la sonrisa, con los ojos llenos de lágrimas de alegría. Vieron cómo se contaban historias, cómo reían y se abrazaban, cómo el amor que los unía era aún más fuerte que el tiempo mismo. Presenciaron un picnic bajo las estrellas, la lectura de poemas a la luz de la luna, la construcción de una cabaña de madera en el corazón del bosque.
Pero el viaje no había terminado. El tiempo, juguetón, los llevó a un futuro aún más lejano. Los vieron ancianos, sentados en mecedoras en el porche de una casa de campo. Xime tejía una bufanda de lana y Yos leía un libro en voz alta. Sus rostros estaban arrugados por el tiempo, pero sus ojos brillaban con la misma chispa de siempre. Se contaban chistes, recordaban viejas aventuras, se tomaban de la mano con ternura. A pesar del paso de los años, su amor seguía siendo el faro que guiaba sus vidas.
"Incluso viejos, seguimos juntos, Yos…", susurró Xime, con la voz entrecortada por la emoción. Yos le apretó la mano con fuerza. "Siempre, Xime. Siempre juntos".
De pronto, el remolino regresó. Más rápido, más intenso que antes. Se sintieron caer, flotar, perderse en un laberinto de luces y sonidos. Y luego, silencio. Paz. Abrieron los ojos.
Estaban de vuelta en el claro, bajo la sombra del sauce. El sol seguía brillando, el pasto seguía suave. Todo era igual, pero algo había cambiado en sus corazones. Ahora sabían que su amistad era un tesoro invaluable, una conexión que trascendía el tiempo y el espacio. Se miraron a los ojos, con una comprensión profunda y silenciosa. Se abrazaron con fuerza, sintiendo la calidez y la seguridad del otro.
"¿Lo soñaste tú también?", preguntó Xime, con la voz temblorosa.
Yos asintió. "Lo soñamos juntos. Y ahora sabemos que nuestra amistad es para siempre".
Desde aquel día, Xime y Yos valoraron aún más cada momento que pasaban juntos. Aprendieron a vivir el presente, a apreciar las pequeñas cosas, a alimentar su amistad con amor y respeto. Sabían que, aunque el tiempo pasara, su conexión permanecería inquebrantable, un faro de luz en la oscuridad, un susurro del tiempo en la colina de la amistad.
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