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Gratis · elegí una vozEl viento sopla con frialdad mientras abrazo a mi pequeña Amelia. Su cabecita se escurre entre mis brazos y, con cada paso, intento transmitirle la calma que yo mismo no siento. Tras otro día agotador en el trabajo, aunque mis pensamientos se oscurecen con el tiempo, la luz de su sonrisa siempre logra iluminar mi camino. Mientras nos acercamos a la casa de mi hermana, no puedo sacudirme la sensación de ser observado. Ese presentimiento se intensifica al cruzar el pequeño parque. De repente, un hombre de aspecto desaliñado emerge de la penumbra. Su rostro se queda grabado en mi mente y siento cómo el pánico me oprime. No hay tiempo para pensar, solo para actuar. Afortunadamente, antes de que la situación pueda agravarse, logro poner a Amelia en el suelo, detrás de mí, protegiéndola con mi cuerpo. Su mano se desliza hacia mi chaqueta en un movimiento rápido y decidido. Una rabia incontrolable brota desde dentro. Intento empujarle, pero él ya ha tomado la delantera. Con un rápido movimiento, siento el ardor del metal en mi costado; la navaja me rasga la piel. La sangre brota caliente mientras lucho por retener mi integridad y cuidar a mi hija. Cada rasguño y golpe se graban en mi mente junto al rostro del hombre. No puedo dejar de pensar en sus ojos oscuros, que parecen absorber toda esperanza. El miedo de Amelia resuena en mis oídos y refuerza mi determinación de no dejar que este encuentro aterrador se convierta en un desastre. “¡Papá!” grita Amelia, su voz interrumpiendo mis recuerdos de dolor. El sonido metálico del acero me hace volver a la realidad. Ver su miedo me llena de impotencia; entender que puedo perderla despierta sentimientos ocultos. La angustia por su seguridad encadena mis pensamientos en un laberinto de horror.
Días después, despierto en una cama de hospital. El olor a desinfectante y la luz que entra por la ventana me golpean de inmediato. Mis heridas están vendadas, pero más que el dolor físico, lo que me atormenta es el eco de las palabras de Amelia. “Tuve miedo de perderte, papá.” Su confesión me desgarra. La vulnerabilidad en sus ojos es un recordatorio de lo frágil que puede ser la vida. Mientras intento asimilar el dolor y la reciente experiencia, noto un tatuaje en el cuello del hombre que me atacó: una mosca, símbolo de la basura que ha traído a mi vida y un recordatorio constante de que la oscuridad, aunque ajena, está siempre al acecho. Esa imagen se convierte en el recordatorio de que, si bien he superado esta amenaza, la batalla por ser un buen padre y un hombre íntegro es una lucha constante. Los días pasan y la vida intenta volver a la normalidad. Sin embargo, la culpa me carcome por dentro. ¿Y si hubiera tomado otro camino? ¿Y si hubiera reaccionado de otra manera? Las preguntas sin respuesta se acumulan en mi mente, alimentando una sensación de impotencia y frustración. La incertidumbre me persigue, y cada noche, al cerrar los ojos, vuelvo a ver la escena del ataque. La sensación de haber fallado en proteger a mi hija me consume, y la culpa se convierte en una carga cada vez más pesada.
Una mañana, mientras paseo por la ciudad, decido entrar en una cafetería para tomar un café. El aroma familiar del café recién hecho me envuelve, pero mi mente está en otro lugar. De repente, escucho una voz que reconozco inmediatamente. Es él, el hombre que me atacó. Mi corazón se acelera y cada detalle de aquel fatídico encuentro vuelve a mi memoria con una claridad aterradora. Sus palabras, su rostro, el frío del metal en mi costado; todo vuelve como un torrente incontrolable. —Eh, tú —digo, levantándome lentamente. El hombre se gira, sus ojos se encuentran con los míos y el reconocimiento mutuo es instantáneo. Sus pupilas se dilatan de repente, como si una luz cegadora hubiera invadido su visión. Su piel palidece, volviéndose casi translúcida, y sus labios se entreabren en un intento fallido de formar palabras. El miedo en sus ojos es un abismo sin fondo, una mezcla de terror y desesperación que parece consumirlo por completo. Es como si estuviera viendo a un fantasma, un espectro de su propia culpa. —¿Qué quieres? —balbucea, su voz quebrada y temblorosa. Sus manos, que antes parecían firmes y decididas, ahora tiemblan incontrolablemente, revelando la profundidad de su pánico. El sudor perla su frente y sus ojos se mueven nerviosamente, buscando una salida. —Quiero que sepas que no permitiré que nada ni nadie vuelva a amenazar a mi familia —respondo con una calma que no siento. Mis pensamientos se aceleran, recordando cada instante de aquel encuentro. ¿Cómo puede una persona atacar a un hombre con una niña en brazos? ¿Cómo puede alguien perder tanto la humanidad? Pero entonces, una reflexión más profunda surge en mi mente. Los buenos hombres se atienen a la moral, pero un padre debe hacer lo necesario para proteger a su familia. En ese momento, entiendo que la moral y la protección no siempre van de la mano. A veces, hay que tomar decisiones difíciles para asegurar la seguridad de aquellos que amamos.
Saqué un revólver de mi chaqueta y lo puse sobre la mesa, frente a mí. El hombre, al ver el arma, retrocede aún más, desvelando su vulnerabilidad y su miedo incontrolable. El miedo en su mirada es palpable, y sé que he logrado mi objetivo: hacerle entender que no volverá a poner en peligro a mi familia. —No voy a dejar que vuelvas a hacer daño a nadie —digo, con voz firme y decidida. —Eres un ser humano, pero tus acciones te han convertido en algo menos que eso. Y no permitiré que vuelvas a poner en peligro a nadie más. El hombre, ahora claramente aterrorizado, intenta hablar, pero las palabras no salen de su boca. La cafetería se llena de un silencio pesado, roto solo por el latido de mi corazón. Lentamente levanto el revolver de la mesa y con un movimiento lento lo apunto Asia el hombre los minutos se hacen segundos, el ruido de la gente asustada se entremezcla con las suplicas del hombre y sin percatarme todo se pierde en mi cabeza… como si el tiempo se detuviese todo se acalla hasta que se escucha un estruendo y el ruido cesa.
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