Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozAnita era una niña muy curiosa. Le encantaba preguntar "¿Por qué?" a todo. Un día, mientras leía un libro sobre el cuerpo humano, deseó poder entrar dentro de él para verlo todo por dentro. ¡De repente, sintió un cosquilleo y se hizo pequeñita, pequeñita, como una mota de polvo!
"¡Wow!", exclamó Anita, mientras flotaba en una corriente roja. "¡Esto debe ser el sistema circulatorio!" A su alrededor, glóbulos rojos, como pequeños camiones con oxígeno, se apresuraban a entregar su carga. Vio al corazón, una bomba gigante que latía con fuerza, impulsando la sangre por todo el cuerpo. "¡Es el motor de todo!", pensó Anita.
De repente, la corriente la arrastró hacia un túnel oscuro. "¡Ay! ¿Dónde estoy?", preguntó con un poco de miedo. Una voz amable respondió: "¡Bienvenida al sistema respiratorio! Soy el pulmón izquierdo". Anita vio dos grandes bolsas rosadas que se inflaban y desinflaban. "Aquí es donde tomas el aire y lo convertimos en energía para que puedas correr, jugar y pensar", explicó el pulmón. "Los pequeños alvéolos son los encargados de capturar el oxígeno y enviarlo a la sangre". Anita vio cómo el oxígeno pasaba a los glóbulos rojos, listos para su siguiente entrega. "¡Qué maravilla!", exclamó.
La siguiente parada fue el sistema digestivo. ¡Qué aventura! Anita cayó por un tobogán llamado esófago, directo al estómago, un gran saco que se movía y se agitaba. "¡Bienvenidos a la fiesta!", gritó el estómago. Anita vio cómo el estómago mezclaba la comida con jugos digestivos, preparándola para el siguiente paso. Luego, la comida, ahora una pasta suave, pasó al intestino delgado, un largo tubo enrollado. Allí, pequeñas vellosidades absorbían los nutrientes, enviándolos a la sangre. "¡Así es como obtenemos la energía de la comida!", entendió Anita. Lo que no servía, seguía su camino hacia el intestino grueso, donde se convertía en… bueno, ya saben.
Después, Anita se encontró en un lugar muy diferente, lleno de pequeños rayos y conexiones. "¡Esto es el sistema nervioso!", anunció una voz aguda. Era una neurona, una célula nerviosa. "Somos las mensajeras del cuerpo. Enviamos y recibimos información a través de impulsos eléctricos". Anita vio cómo las neuronas se conectaban entre sí, transmitiendo mensajes a gran velocidad. "Si te pinchas con una aguja, somos nosotras las que enviamos el mensaje al cerebro para que sientas dolor y retires la mano rápidamente", explicó la neurona. "¡Impresionante!", dijo Anita.
Finalmente, Anita llegó al cerebro, el centro de control del cuerpo. Era una estructura grande y arrugada, llena de actividad. "¡Bienvenida, Anita!", dijo el cerebro con una voz profunda y sabia. "Aquí es donde se toman todas las decisiones. Aquí es donde piensas, sientes, recuerdas y aprendes". Anita vio diferentes áreas del cerebro iluminarse mientras pensaba en su viaje. "¡Es como una computadora súper poderosa!", exclamó.
El cerebro le explicó que todos los sistemas del cuerpo trabajan juntos en armonía. El sistema circulatorio lleva el oxígeno y los nutrientes. El sistema respiratorio nos permite respirar. El sistema digestivo nos da energía. El sistema nervioso nos permite sentir y pensar. Y el sistema esquelético, que no había visitado, le da soporte y forma al cuerpo, mientras que el sistema muscular le permite moverse.
De repente, sintió un cosquilleo de nuevo. ¡Estaba volviendo a su tamaño normal! Apareció de nuevo en su habitación, con el libro del cuerpo humano abierto frente a ella. "¡Qué aventura!", pensó Anita. Ahora entendía mucho mejor cómo funcionaba su cuerpo. Sabía que era una máquina increíble y que debía cuidarlo. Corrió a lavarse los dientes (¡gracias al sistema muscular!), comió una manzana (¡gracias al sistema digestivo!) y salió a jugar al parque (¡gracias a todos los sistemas!).
Esa noche, antes de dormir, Anita agradeció a su cuerpo por todo lo que hacía por ella. Y soñó con un nuevo viaje, quizás al sistema inmunológico, para conocer a los valientes glóbulos blancos que luchan contra los gérmenes.
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