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Gratis · elegí una vozÉrase una vez, en un páramo andino bañado por el sol, una flor de mayo llamada Azucena. Sus pétalos blancos, delicados como encaje, se mecían suavemente con la brisa. Un día, un viento travieso, fuerte como un gigante juguetón, la arrancó de su hogar y la llevó volando, volando, ¡hasta la mismísima selva amazónica!
Azucena, asustada y mareada, aterrizó en un suelo oscuro y húmedo. Las hojas eran enormes y la sombra era densa. No se parecía en nada a su hogar soleado. Pronto, sintió que sus raíces se debilitaban. El suelo, ácido y diferente, no le daba la energía que necesitaba.
En la selva, vivían dos hermanos indígenas: Killari, una niña valiente con un don especial para comunicarse con las plantas, y Sami, un niño prudente que respetaba profundamente las tradiciones de su pueblo. Un día, mientras jugaban cerca del río, encontraron a Azucena, triste y mustia.
"¡Mira, Sami! Una flor que no pertenece a este lugar," exclamó Killari, tocando suavemente los pétalos de Azucena. "Siento su tristeza. Necesita volver a casa."
Sami, aunque cauteloso, confió en el instinto de su hermana. Juntos, decidieron ayudar a Azucena. Construyeron una pequeña balsa de hojas y la colocaron con cuidado en ella. Remaron río arriba en sus canoas, guiados por el sol y la esperanza de encontrar un camino de regreso al páramo.
Durante días, navegaron y caminaron, Killari cantando canciones a Azucena para mantenerla animada y Sami protegiéndola del sol abrasador. Aprendieron a reconocer los signos de la selva, los cantos de los pájaros, el susurro de las hojas, todo en busca de un camino que los llevara más allá de los límites de su territorio.
Pero un día, llegaron a un río ancho y profundo. Sus padres les habían prohibido cruzarlo. "Más allá de ese río hay peligros que aún no podemos enfrentar," les habían advertido. Con el corazón apesadumbrado, tuvieron que detenerse.
Azucena, sintiendo su frustración, inclinó su cabeza. Sabía que no podían hacer más. Con lágrimas de rocío en sus pétalos, se despidió de Killari y Sami. "Gracias," susurró, aunque ellos no pudieran oírla.
De pronto, un hombre alto, con barba y un sombrero de explorador, apareció entre los árboles. Era un científico botánico británico, llamado Dr. Alistair Finch, que estudiaba especies en peligro de extinción. No hablaba su idioma, pero vio la tristeza en la flor y la preocupación en los ojos de los niños.
El Dr. Finch examinó a Azucena con cuidado. "Una flor de mayo... ¡qué lejos de casa!" murmuró en inglés. Recordó a un colega suyo, un escritor ecuatoriano. "Un tal Mera, escribió que las flores de este país tienen alma," dijo en voz alta, como si Azucena pudiera entenderle. "Yo voy a devolverte a la tuya."
Con cuidado, el Dr. Finch envolvió a Azucena en un paño húmedo y la colocó en su mochila. El viaje de regreso al páramo fue largo y difícil. Viajaron a lomo de una mula, subiendo montañas y cruzando valles. El clima era cambiante, a veces caluroso y seco, a veces frío y lluvioso, y Azucena sufría.
Un día, mientras descansaban junto a un riachuelo, una niña llamada Sofía se acercó con un cántaro de agua. Al ver a Azucena tan débil, le ofreció agua fresca. El Dr. Finch, agradecido, roció con cuidado los pétalos de la flor. Sofía, con su bondad, le dio nueva vida a la planta.
Finalmente, llegaron al páramo. El Dr. Finch encontró un lugar perfecto, un claro bañado por el sol, con tierra fértil y aire fresco. Con sus propias manos, plantó a Azucena. Le habló en inglés, prometiéndole que la cuidaría.
Al principio, Azucena permaneció débil y mustia. Pero poco a poco, con el sol acariciando sus pétalos y la brisa cantando en sus hojas, comenzó a recuperarse. Sus raíces se aferraron a la tierra, absorbiendo la energía del páramo.
Una mañana, Azucena despertó sintiéndose fuerte y radiante. Sus pétalos brillaban con un blanco puro, y su aroma llenaba el aire. Había regresado a casa. Desde entonces, Azucena floreció en el páramo, recordando siempre la bondad de Killari, Sami, Sofía y el Dr. Finch, y la importancia de cuidar la flora de su país. Y cada vez que el viento soplaba, Azucena susurraba historias de la selva, recordando su viaje inesperado y la lección aprendida: que el hogar, a veces, se encuentra donde menos lo esperas.
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