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En lo alto de una loma, allá en la Mitad del Mundo, vivía un cuervo llamado Corvinus. No era un cuervo cualquiera; Corvinus era famoso en todo el vecindario por su voz melodiosa y su plumaje brillante como el carbón recién pulido. Pero lo que más le gustaba a Corvinus era el encebollado. ¡Ay, el encebollado! Ese plato ecuatoriano, con su caldito lleno de albacora, cebolla colorada encurtida y yuca suavecita, era su debilidad. Cada vez que doña Rosa, la señora que vivía al pie de la loma, preparaba encebollado, el aroma llegaba hasta la copa del árbol donde Corvinus hacía su siesta, despertándolo de inmediato.
Un día, doña Rosa preparó un encebollado que olía especialmente rico. ¡Mmmm, qué delicia! Corvinus, con el buche vacío y la nariz llena de ese olor tentador, voló raudo hacia la casa de doña Rosa. Allí, sobre la mesa de la cocina, humeaba un plato grande de encebollado, listo para ser devorado. Corvinus, con los ojos brillando de emoción, se posó en una rama cercana y esperó el momento oportuno para lanzarse sobre su preciado tesoro.
Pero Corvinus no era el único que había sentido el delicioso aroma. Un zorro astuto, llamado Zorroberto, también había llegado al lugar, con la misma intención que el cuervo: probar ese encebollado celestial. Zorroberto era conocido por su ingenio y su labia; siempre encontraba la manera de conseguir lo que quería, sin importar los obstáculos. Al ver a Corvinus en la rama, con los ojos fijos en el plato, Zorroberto maquinó un plan.
“¡Ave María Purísima, Corvinus!”, exclamó Zorroberto, con una voz dulce y melodiosa, digna de un cantante de ópera. Corvinus, sorprendido por el saludo, miró hacia abajo. “¡Qué guapo que estás hoy, amigo Corvinus! Tu plumaje brilla más que el sol de la mañana, ¡pareces un rey!”, continuó Zorroberto, halagando al cuervo. Corvinus, a pesar de su amor por el encebollado, no era inmune a los halagos. Se sentía orgulloso de su plumaje y le gustaba que lo reconocieran.
“Gracias, Zorroberto”, respondió Corvinus, inflando el pecho con orgullo. “Eres muy amable. Pero, ¿a qué debo tu visita?” Zorroberto, con una sonrisa pícara, respondió: “Pues, verás, amigo Corvinus, he escuchado por todo el vecindario sobre tu voz prodigiosa. Dicen que cantas como los mismísimos ángeles. ¡Me encantaría, con todo mi corazón, escucharte cantar una canción!” Corvinus, al oír esto, se sintió aún más halagado. Le encantaba cantar y sabía que su voz era especial. Pero tenía un problema: con el pico lleno, no podía cantar. Y ese encebollado se veía tan apetitoso…
Zorroberto, al ver la vacilación en los ojos del cuervo, añadió: “¡Imagínate, Corvinus, qué honor sería para mí escuchar tu canto! Sería como escuchar el trinar del chirote en primavera. ¡Por favor, amigo, concédeme este humilde deseo!” Corvinus, completamente embelesado por los halagos del zorro, no pudo resistirse más. Pensó: “Solo será una canción. Puedo comer el encebollado después”. Así que, con un suspiro de resignación, Corvinus abrió el pico para cantar. Pero, ¡ay!, al abrir el pico, el pedazo de yuca que había robado del plato de encebollado cayó al suelo, justo a los pies de Zorroberto.
Zorroberto, con una rapidez sorprendente, atrapó la yuca en el aire antes de que tocara el suelo. “¡Gracias, Corvinus!”, exclamó el zorro, con una sonrisa triunfal. “¡Qué deliciosa yuca! ¡Era justo lo que necesitaba!” Y sin más preámbulos, Zorroberto se comió la yuca de un solo bocado. Corvinus, al darse cuenta de que había sido engañado, se sintió avergonzado y furioso. Había caído en la trampa del zorro por su vanidad.
“¡Eres un tramposo, Zorroberto!”, gritó Corvinus, con el pico lleno de frustración. “¡Me has engañado para robarme mi encebollado!” Zorroberto, con la boca llena de yuca, respondió: “¡No te enojes, Corvinus! Solo estaba probando tu generosidad. Además, recuerda el dicho: ‘El que canta, su mal espanta’”. Y con una risotada, Zorroberto se alejó, dejando a Corvinus con el estómago vacío y el corazón apesadumbrado.
Corvinus aprendió una valiosa lección ese día. Aprendió que la vanidad puede ser una mala consejera y que no hay que confiar en los halagos de los extraños, especialmente si tienen intenciones sospechosas. Desde ese día, Corvinus se volvió más cauteloso y desconfiado. Y aunque seguía amando el encebollado, aprendió a compartirlo con sus amigos verdaderos, aquellos que lo apreciaban por lo que era, y no por su voz o su plumaje. Y Zorroberto, bueno, Zorroberto siguió siendo el zorro astuto de siempre, pero nunca olvidó el sabor de la yuca robada y la lección que le había enseñado Corvinus: que a veces, la astucia no es suficiente, y que la verdadera amistad vale más que cualquier plato de encebollado, por delicioso que sea. Doña Rosa, al ver la escena, sonrió y le ofreció a Corvinus un plato de encebollado, diciéndole: “No te preocupes, mijito, siempre hay suficiente para todos”. Y así, Corvinus aprendió que la bondad y la generosidad son aún más valiosas que la astucia y la belleza. ¡Qué viva el encebollado y la amistad sincera!
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