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Estego era un estegosaurio muy peculiar. Tenía unas placas óseas preciosas en su lomo y una cola con púas que daban miedo, ¡pero su corazón era muy sensible! A menudo, se sentía triste, una tristeza que lo hacía esconderse detrás de los árboles más grandes, lejos de sus amigos Dino, Bronto y Tricera. Cuando la tristeza lo atrapaba, Estego lloraba en silencio, y a veces, esas lágrimas se convertían en un monstruo de enojo.
Dino, el tiranosaurio rex más amigable del valle, notaba la ausencia de Estego. "¿Dónde estará nuestro amigo?" se preguntaba, moviendo su pequeña cabeza de un lado a otro. Bronto, el braquiosaurio, con su largo cuello, miraba por encima de los árboles, intentando divisar al estegosaurio. Tricera, la triceratops, usaba sus cuernos para apartar las ramas, buscando entre la maleza.
Un día, encontraron a Estego al pie de una cascada, con la cabeza gacha y las placas temblorosas. "¡Estego! ¿Qué te pasa?" preguntó Dino con voz suave. Estego levantó la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas. "Estoy... estoy triste," sollozó. "Y cuando estoy triste, me enojo. Siento como si tuviera espinas tristes que me pinchan por dentro."
Bronto inclinó su largo cuello hacia abajo. "¿Espinas tristes? Nunca había oído hablar de eso," dijo con curiosidad. Tricera se acercó y le tocó suavemente el lomo con su cuerno. "Cuéntanos cómo se sienten esas espinas, Estego," lo animó.
Estego respiró hondo y comenzó a describir su tristeza. "Es como si tuviera un nudo en el estómago, un nudo apretado que no me deja respirar bien. Mis patas se sienten pesadas, como si estuvieran hechas de piedra, y no tengo ganas de jugar. Todo me parece gris y aburrido. Y luego, de repente, ese nudo se transforma en fuego, y quiero gritar y patear, pero no sé a quién ni por qué."
Dino, Bronto y Tricera se miraron con preocupación. Nunca habían pensado que la tristeza pudiera ser tan intensa. "Entendemos, Estego," dijo Dino. "Pero no tienes que pasar por esto solo."
Tricera sugirió: "Cuando sientas que las espinas tristes te pinchan, intenta respirar hondo, como si estuvieras inflando un globo en tu barriga. Así, el nudo se aflojará un poco."
Bronto añadió: "Y cuando sientas que las patas se te ponen pesadas, intenta moverlas un poco, aunque sea dando pequeños pasos. Quizás así, la piedra se caiga."
Dino propuso: "Y cuando todo te parezca gris, piensa en algo que te guste mucho. ¿Recuerdas cuando encontramos ese campo lleno de bayas rojas? ¡Eso era muy divertido!"
Estego escuchó atentamente los consejos de sus amigos. Decidió intentarlo. Al día siguiente, mientras jugaban a las carreras, sintió que las espinas tristes comenzaban a pincharlo. Paró de correr, cerró los ojos y respiró hondo, inflando su barriga como un globo. Al principio, no funcionó mucho, pero siguió intentándolo. Poco a poco, sintió que el nudo en su estómago se aflojaba un poquito.
Luego, sintió que sus patas se ponían pesadas. Recordó el consejo de Bronto y comenzó a moverlas suavemente, dando pequeños pasos. Al principio, le costó, pero siguió moviéndose. Sintió que la piedra imaginaria comenzaba a resquebrajarse.
Finalmente, todo le pareció gris. Pensó en el campo de bayas rojas que había encontrado con sus amigos. Recordó el sabor dulce de las bayas y las risas que habían compartido. Una sonrisa tímida asomó en su rostro.
La tristeza no desapareció por completo, pero ya no era tan intensa. Las espinas tristes no pinchaban con tanta fuerza. Estego abrió los ojos y vio a sus amigos mirándolo con cariño. "¡Lo estás haciendo muy bien, Estego!" exclamó Tricera.
Desde ese día, Estego aprendió a regular su tristeza con la ayuda de sus amigos. Cuando sentía que las espinas tristes lo pinchaban, respiraba hondo, movía sus patas y pensaba en cosas que lo hacían feliz. A veces, necesitaba un abrazo de Dino, una palabra amable de Bronto o una carrera divertida con Tricera. Pero lo más importante era que ya no se escondía. Sabía que sus amigos estaban ahí para él, y que juntos podían enfrentar cualquier monstruo, incluso el monstruo de las espinas tristes. Estego descubrió que la tristeza no era algo malo, sino una emoción que, con la ayuda de sus amigos, podía aprender a manejar. Y así, Estego, el estegosaurio de las espinas tristes, se convirtió en el estegosaurio más feliz del valle.
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