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En un pequeño pueblo rodeado de colinas doradas vivía Fernando, un niño de ojos curiosos y una imaginación que no conocía límites. Mientras otros niños jugaban a la pelota, Fernando pasaba las tardes dibujando criaturas aladas en su cuaderno. Su mayor deseo, el que guardaba bajo la almohada cada noche, era conocer a un dragón de verdad. Sin embargo, había un gran obstáculo: el Bosque Mágico. Su madre, con una seriedad que rara vez mostraba, se lo había prohibido terminantemente. 'Fernando', le decía ella mientras le acariciaba el cabello, 'ese bosque no es para los niños. Hay magias antiguas que se pierden en el tiempo y peligros que no podemos ver'.
Pero la curiosidad es una llama difícil de apagar. Una tarde, cuando el sol comenzaba a teñir el cielo de violeta, Fernando decidió que no podía esperar más. Empacó una manzana, un trozo de queso y su dibujo favorito, y se escabulló por la ventana de su habitación. Al llegar a la linde del bosque, sintió un escalofrío. Los árboles allí eran diferentes; sus troncos eran plateados y las hojas susurraban melodías en un idioma olvidado. Sin mirar atrás, se internó en la espesura, guiado por el deseo de encontrar escamas brillantes y alientos de fuego.

Tras caminar durante horas entre flores que brillaban con luz propia, Fernando se encontró con una anciana sentada sobre una piedra cubierta de musgo. Vestía una túnica de lana gris y sostenía una cesta llena de bayas azules. '¿Buscas algo, pequeño viajero?', preguntó ella con una voz que sonaba como hojas secas crujiendo bajo los pies. Fernando, aunque un poco asustado, respondió con valentía: 'Busco al dragón. Sé que vive aquí'. La anciana sonrió, mostrando unos pocos dientes. 'Ah, el dragón... Yo sé exactamente dónde duerme. Está en la Gran Cueva de Cristal, justo detrás de aquel desfiladero. Ven conmigo, yo te llevaré'.
Fernando, confiado por la aparente amabilidad de la mujer, la siguió. Sin embargo, a medida que avanzaban, el bosque se volvía más oscuro y retorcido. Las flores brillantes desaparecieron y fueron reemplazadas por espinas negras. Al llegar a la entrada de una cueva inmensa, donde el aire era tan frío que se podía ver el aliento, la anciana se detuvo. De repente, su figura comenzó a cambiar. Su espalda se encorvó más, sus dedos se alargaron como garras y sus ojos se encendieron con una luz malvada. ¡No era una anciana, sino una bruja del bosque disfrazada!

'¡Pobre niño ingenuo!', chilló la bruja, cuya voz ahora era un trueno rasgado. 'Nadie visita al dragón sin pagar un precio, y tú serás mi sirviente para siempre'. Fernando retrocedió aterrorizado mientras la bruja lanzaba chispas oscuras de sus dedos. Corrió hacia el interior de la cueva, buscando un lugar donde esconderse, pero la bruja lo perseguía de cerca, riendo con una carcajada que hacía vibrar las paredes de hielo. Justo cuando parecía que la bruja lo alcanzaría, un rugido ensordecedor sacudió la montaña.
Desde las profundidades de la cueva, emergió una figura majestuosa. No era un dragón de fuego como los de los cuentos de Fernando, sino un dragón de hielo. Sus escamas eran cristales de zafiro y sus alas parecían hechas de la aurora boreal. El dragón se interpuso entre Fernando y la bruja. Con un movimiento elegante, el dragón exhaló una ráfaga de escarcha pura y luz blanca. La bruja, al contacto con el frío mágico, soltó un grito de rabia y comenzó a desvanecerse como humo negro en el viento, hasta que no quedó nada de ella.
El silencio volvió a la cueva. Fernando, temblando de frío y miedo, miró hacia arriba. El dragón lo observaba con ojos grandes y sabios que contenían la paz de un invierno tranquilo. 'No tengas miedo, pequeño', pareció decir su mirada. El dragón se acercó y, con su aliento, calentó suavemente el ambiente, creando un refugio acogedor. Fernando extendió su mano y tocó las escamas frías pero suaves de la criatura. En ese momento, supo que había encontrado lo que buscaba.
Pasaron el resto de la tarde juntos. Fernando le mostró su dibujo y el dragón, a quien Fernando llamó Glacius, le mostró los secretos de la cueva: flores de hielo que nunca se marchitaban y ecos de canciones antiguas. Cuando llegó la noche, Glacius llevó a Fernando de regreso a los límites del bosque, volando bajo las estrellas. Fernando regresó a casa justo antes de que su madre lo llamara para cenar. Aunque prometió no volver a desobedecer, guardó en su corazón el secreto más maravilloso: en el corazón del bosque prohibido, tenía un amigo que era puro invierno y magia, esperando su próxima visita.
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