Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozFlora era una planta carnívora muy peculiar. Vivía en un supermercado bullicioso, justo al lado de la carnicería de su gran amigo Paco. ¡Le encantaba su vida! El olor a carne fresca la mantenía contenta, y Paco, con su gran corazón, siempre la trataba con cariño y atención. Al final de cada día, Paco le regalaba un trocito de carne jugosa. Era su rutina favorita. Flora movía sus hojas y zarcillos de alegría cada vez que veía a Paco acercarse con su regalo.
Pero un día, la rutina se rompió. Flora esperó pacientemente, pero Paco no apareció con su ración diaria de carne. Pensó que quizás Paco estaba ocupado. Sin embargo, al día siguiente, la historia se repitió. Flora no recibió su ración de carne. La preocupación empezó a crecer en su tallo. ¿Le habría pasado algo a Paco? ¿Ya no la quería?
La pequeña planta carnívora no podía soportar la incertidumbre. Decidió espiar a Paco. Con mucho cuidado, extendió uno de sus zarcillos más largos y se escondió detrás de una pila de latas de tomate, observando cada movimiento del carnicero.
Así fue como descubrió que Paco no le daba nada de carne porque guardaba grandes trozos en una gran caja amarilla. La caja estaba escondida detrás del mostrador, y Paco la abría y cerraba con mucho secreto. La curiosidad de Flora se encendió como una bombilla.
Haciéndose la despistada, Flora intentó acercarse a Paco. "¡Buenos días, Paco!" saludó con una voz suave y dulce. "¿Qué tienes ahí en esa caja amarilla? ¡Parece delicioso! ¿Podrías darme un poquito?"
Paco, normalmente alegre y sonriente, se puso serio. Su rostro se arrugó en una expresión de preocupación. "¡Ni se te ocurra, Flora!" respondió con un tono severo que Flora nunca le había escuchado antes. "¡Ni se te ocurra tocar la carne de esa caja! Es peligroso."
Las palabras de Paco hirieron a Flora. Se sintió dolida, además de hambrienta. ¿Por qué Paco le negaba esa carne? ¿Para quién podría estar reservando aquellas delicias? Empezó a imaginar todo tipo de escenarios: quizás Paco tenía una nueva planta favorita, una planta más grande y más bonita que ella. O quizás, simplemente ya no la quería.
Con sus malos pensamientos, Flora se fue llenando de rabia y de ira. Su corazón vegetal latía con resentimiento. Decidió que no iba a quedarse de brazos cruzados. ¡Ella merecía esa carne! Y si Paco no se la daba, ella la tomaría.
Aquella misma noche, cuando el supermercado quedó vacío y silencioso, Flora puso su plan en acción. Esperó pacientemente hasta que todas las luces se apagaron y la única luz que quedaba era la de la luna que entraba por la ventana. Con sigilo, se deslizó hacia la carnicería. Con cuidado, extendió sus zarcillos, rodeó la gran caja amarilla y la arrastró hasta su rincón.
Con emoción y avaricia, abrió la caja. El olor a carne era irresistible. Sin pensarlo dos veces, Flora comenzó a comer. Comió y comió, sin parar. La carne era deliciosa, mucho más sabrosa que la que Paco le daba normalmente. Comió hasta ponerse morada, hasta que sintió que iba a explotar.
A la mañana siguiente, justo cuando Paco llegó para abrir la carnicería, encontró la caja amarilla vacía y a Flora con un aspecto extraño. La planta estaba pálida, sus hojas estaban caídas y parecía muy enferma. Paco se acercó a ella con preocupación.
"Flora, ¿qué te pasa?" preguntó Paco con voz temblorosa. "¿Estás bien? Te veo muy rara." Miró la caja vacía y luego a Flora. "¿Has sido tú quien ha cogido la carne de la caja?"
Flora, sintiéndose culpable y asustada, comenzó negándolo. "¡Yo no he sido!" mintió. "No sé de qué me estás hablando." Pero al ver la preocupación y el nerviosismo del carnicero, su conciencia no la dejó seguir mintiendo. Las hojas de Flora temblaban.
Con la voz entrecortada, Flora confesó: "Sí, Paco, fui yo. Comí la carne de la caja. Pero… ¿qué tiene de malo? Estaba deliciosa…"
Paco se llevó las manos a la cabeza, desesperado. "¡Pero ¿qué has hecho, imprudente?!" estalló Paco. "¡¡Te dije que no la tocaras!! ¡Toda esa carne estaba envenenada!! Por eso llevo días sin poder darte apenas nada, porque nos enviaron un cargamento estropeado… ¡Era carne para desechar, no para comer!"
El pánico se apoderó de Flora. Sintió un dolor agudo en sus raíces y sus hojas comenzaron a cambiar de color. Se dio cuenta de su error: no había escuchado a su amigo Paco.
A la carrera, Paco y el encargado del supermercado tuvieron que ir a buscar a Don Ricardo, un agricultor con un invernadero-hospital para plantas. Don Ricardo examinó a Flora y le administró un antídoto especial. Por poco, logró salvar la vida de Flora.
Flora se pasó las siguientes dos semanas en el invernadero-hospital, con grandes dolores de raíces y cambios de colores en las hojas. Recibió cuidados intensivos y el cariño de Don Ricardo. El susto fue enorme para todos, especialmente para Paco, quien se sintió muy culpable por no haber explicado mejor la situación a Flora.
Finalmente, Flora se recuperó. Volvió al supermercado, más sabia y más agradecida que nunca. Aprendió una valiosa lección: obedecer las normas puestas por quienes más nos quieren, es mucho más seguro que hacer lo que nosotros queramos. Y, sobre todo, aprendió que la curiosidad, aunque a veces es buena, puede ser muy peligrosa si no se combina con la prudencia y la confianza en los demás. Desde entonces, Flora y Paco volvieron a ser los mejores amigos, y Paco siempre se aseguró de explicarle bien las cosas a Flora, aunque eso significara hablar con una planta carnívora.
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