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Gratis · elegí una vozGaby era una niña muy curiosa. Vivía en un pequeño pueblo rodeado de campos de flores silvestres y un bosque lleno de secretos. Un día, mientras exploraba el bosque, escuchó un ruido extraño, como un zumbido mezclado con un gorgoteo. Siguió el sonido hasta llegar a un claro donde, ¡sorpresa!, encontró dos robots.
Uno era alto y brillante, con antenas que parpadeaban con luces de colores. El otro era pequeño y rechoncho, con ruedas en lugar de pies y una pantalla que mostraba emojis confusos.
"¡Hola!" dijo Gaby, un poco nerviosa pero muy emocionada.
El robot alto parpadeó. "¡Advertencia! ¡Advertencia! ¡Ser humano detectado!"
El robot rechoncho rodó hacia adelante y su pantalla mostró un emoji sonriente. "¡Saludos, terrícola! Somos Bolt y Chip, viajeros del tiempo… ¡y nos hemos perdido!"
Bolt, el robot alto, explicó que venían del futuro, del año 2342, donde los robots ayudaban a la gente con todo. Habían estado realizando una misión de observación en el pasado, pero algo salió mal con su máquina del tiempo y ¡puf!, terminaron en el bosque de Gaby.
"¿Perdidos en el tiempo? ¡Qué emocionante!" exclamó Gaby. "¡Yo les ayudaré!"
Gaby, Bolt y Chip se hicieron amigos rápidamente. Gaby les mostró el pueblo, los campos de flores y la heladería donde vendían el helado de fresa más delicioso del mundo. Bolt quedó fascinado con la tecnología antigua, como los teléfonos con cable y los televisores sin pantallas holográficas. Chip, por otro lado, se obsesionó con el helado de fresa y no paraba de pedir más.
Pero la máquina del tiempo seguía rota. Gaby pensó que su abuelo, un inventor muy ingenioso, podría ayudarlos. El abuelo de Gaby vivía en una casa llena de cacharros, herramientas y proyectos a medio terminar. Cuando Gaby le contó la historia de los robots del futuro, el abuelo se puso muy contento.
"¡Robots del futuro! ¡Qué maravilla!" exclamó el abuelo. "¡Vamos a arreglar esa máquina del tiempo!"
El abuelo, Gaby, Bolt y Chip trabajaron juntos durante días. El abuelo revisó los circuitos, Gaby buscó piezas de repuesto en el desván y Bolt tradujo el manual de instrucciones futurista. Chip, aunque pequeño, era muy bueno para apretar tornillos y, por supuesto, para probar el helado de fresa que Gaby les traía.
Finalmente, después de mucho esfuerzo, ¡lo lograron! La máquina del tiempo, un pequeño aparato brillante con botones de colores, volvió a funcionar.
"¡Lo conseguimos!" gritó Gaby.
Bolt y Chip estaban muy agradecidos. "¡Muchas gracias, Gaby! ¡Nos has salvado!" dijo Bolt.
"¡Y gracias por el helado de fresa!" añadió Chip, con un emoji de corazón en su pantalla.
Antes de partir, Bolt le regaló a Gaby un pequeño dispositivo que podía traducir cualquier idioma, incluso el de los animales. Chip le dio un llavero que brillaba en la oscuridad y que siempre la protegería.
"¡Adiós, Gaby! ¡Nunca te olvidaremos!" dijeron Bolt y Chip mientras se preparaban para viajar de vuelta al futuro.
La máquina del tiempo brilló intensamente y, en un abrir y cerrar de ojos, Bolt y Chip desaparecieron. Gaby se quedó sola en el claro del bosque, con el dispositivo traductor y el llavero brillante.
Aunque se sentía un poco triste de que sus amigos se hubieran ido, Gaby sabía que siempre recordaría su aventura con los robots del futuro. Y, quién sabe, tal vez algún día volverían a visitarla. Gaby miró el llavero brillante en su mano y sonrió. Tenía muchas ganas de ver que aventuras le esperaban con la posibilidad de hablar con todos los animales del bosque. Mientras caminaba de regreso a casa, Gaby escuchó un pequeño gorrión cantar. Normalmente, no entendería lo que decía, pero ahora, gracias a Bolt, lo entendía perfectamente. El gorrión estaba cantando: "¡Gracias, Gaby! ¡Por ser tan amable!" Gaby sonrió aún más. La aventura apenas comenzaba.
Desde ese día, Gaby siguió explorando el bosque, hablando con los animales y viviendo aventuras increíbles. Nunca olvidó a Bolt y Chip, los robots perdidos en el tiempo que le enseñaron que la amistad puede encontrarse en los lugares más inesperados, incluso en el futuro. Y cada vez que comía helado de fresa, recordaba las risas y la diversión que habían compartido. Sabía que la magia existía, y que a veces, solo a veces, los sueños más locos se hacen realidad.
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