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Gratis · elegí una vozHugo Sausa era un caracol muy curioso. Le encantaba explorar el jardín donde vivía, buscando hojas jugosas y charcos brillantes para refrescarse. Adrián Hongo, su mejor amigo, era un hongo champiñón con un sombrero rojo brillante y una sonrisa contagiosa. Siempre estaban juntos, compartiendo aventuras y riendo a carcajadas.
Un día soleado, mientras Hugo y Adrián jugaban a las escondidas detrás de un rosal, Hugo gritó: "¡Te encontré, Adrián!" Pero Adrián no respondió. Hugo se acercó y vio a Adrián con una expresión de horror en su cara redonda. "¿Qué pasa, Adrián?", preguntó Hugo preocupado.
Adrián señaló con su pequeño brazo hacia algo en el camino. "¡Una… una… caca!", susurró Adrián con los ojos muy abiertos. Hugo miró. Allí, en medio del camino de tierra, reposaba una caca, no muy grande, pero lo suficientemente grande como para interrumpir su juego. "¡Oh, no!", exclamó Hugo. "¡No podemos pasar!"
Adrián parecía a punto de llorar. "¿Qué vamos a hacer, Hugo? ¡Nunca podremos llegar al campo de margaritas! ¡Quería tanto ver las abejas hoy!"
Hugo, siempre optimista, comenzó a pensar. "¡Ya sé! ¡Podemos rodearla!", sugirió Hugo. Intentaron rodear la caca, pero era demasiado grande y el camino era estrecho. Se toparon con espinas de rosal y charcos de barro. Regresaron al punto de partida, cubiertos de tierra y pinchazos.
"¡Esto no funciona!", se quejó Adrián, con el sombrero ligeramente torcido. Hugo se rascó la cabeza (o el equivalente de un caracol rascándose la cabeza). "¡Hmm… podríamos saltarla!", propuso Hugo. Adrián miró la caca y luego a Hugo, con incredulidad. "¡Saltarla! ¡Eso es imposible! ¡Es demasiado grande!"
Hugo, sin embargo, ya estaba tomando impulso. Se acercó a la caca, cerró los ojos, y… ¡BOING! Saltó con todas sus fuerzas. Aterrizó del otro lado, sano y salvo. "¡Lo hice! ¡Lo hice!", gritó Hugo, lleno de alegría.
Adrián, animado por el éxito de su amigo, respiró hondo y se preparó para saltar. Pero, justo cuando iba a tomar impulso, la caca… ¡se movió! Adrián gritó y retrocedió, tropezando con una raíz. La caca, resulta, no era solo una caca. ¡Era un pequeño escarabajo pelotero empujando su preciada posesión!
El escarabajo pelotero, llamado Benito, miró a Hugo y Adrián con el ceño fruncido. "¿Qué creen que hacen?", gruñó Benito. "¡Esta es mi casa, mi comida, mi todo! ¡Tengan más cuidado!"
Hugo y Adrián se sintieron muy avergonzados. "Lo sentimos mucho, Benito", dijo Hugo. "No sabíamos que era tu… tu… hogar."
Adrián asintió con la cabeza. "Sí, lo sentimos. No queríamos molestarte."
Benito, al ver la sinceridad en los ojos de los dos amigos, suavizó su expresión. "Está bien, está bien", dijo Benito. "Pero la próxima vez, ¡presten más atención por dónde caminan!"
Hugo tuvo una idea brillante. "Benito", dijo Hugo, "¿A dónde vas con tu… hogar?"
"Voy al claro del helecho", respondió Benito. "Allí hay tierra suave y puedo enterrar mi… bueno, ya saben."
Hugo sonrió. "¡Podemos ayudarte!", exclamó Hugo. "Adrián y yo podemos empujar tu… hogar hasta el claro del helecho. ¡Será una aventura!"
Adrián, aunque todavía un poco nervioso por la caca, asintió con entusiasmo. "¡Sí! ¡Será divertido!"
Y así, Hugo y Adrián comenzaron a empujar la caca de Benito hacia el claro del helecho. Hugo empujaba desde un lado, Adrián desde el otro, y Benito dirigía desde atrás, asegurándose de que su preciada posesión no se desviara del camino. Fue un trabajo duro, pero con la ayuda mutua y las risas, llegaron al claro del helecho en poco tiempo.
Benito, muy agradecido, enterró su caca en la tierra suave y se despidió de sus nuevos amigos. Hugo y Adrián, aunque un poco sucios y cansados, estaban muy contentos. Habían superado un obstáculo, hecho un nuevo amigo y aprendido una valiosa lección sobre la importancia de la consideración y la ayuda mutua.
De camino al campo de margaritas, Adrián le dijo a Hugo: "¡Esa fue la aventura de la caca más emocionante de mi vida!" Hugo se rió. "¡La mía también, Adrián! ¡La mía también!" Y juntos, continuaron su camino, listos para cualquier otra aventura que el jardín les deparara.
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