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Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de campos de flores silvestres, una niña llamada Ima. Ima no era una niña cualquiera. Tenía muchísima… ¡ima! No, no era imán, aunque a veces se sentía atraída por las cosas brillantes. Ima significaba imaginación, una imaginación tan grande y brillante como el sol del mediodía. Su imaginación la llevaba a lugares fantásticos, a mundos llenos de color y aventura.
Un día, mientras Ima jugaba en el jardín de su abuela, encontró una pequeña caja de madera. La caja estaba cubierta de polvo y tenía grabados extraños. Con cuidado, Ima la abrió. Dentro, encontró un viejo telescopio de latón y un mapa enrollado. El mapa parecía indicar un camino hacia el cielo.
La imaginación de Ima se disparó. ¡Un mapa al cielo! ¿Sería posible? Esa noche, después de que el sol se escondiera y las estrellas comenzaran a parpadear, Ima sacó el telescopio al jardín. Lo enfocó hacia la luna, y luego, siguiendo el mapa, buscó las constelaciones que indicaba.
El mapa la llevó a una constelación que nunca había visto antes: ¡la Constelación de la Estrella Fugaz! Según el mapa, cada vez que una estrella fugaz cruzaba esa constelación, dejaba caer un pequeño fragmento de magia. Ima, con su gran ima, supo que tenía que encontrar esa magia.
Al día siguiente, Ima decidió construir una nave espacial. No tenía cohetes ni motores sofisticados, pero tenía cajas de cartón, sábanas viejas, y, lo más importante, ¡mucha ima! Con la ayuda de su amigo Tomás, un niño que adoraba los inventos, construyeron una nave espacial que llamaron "El Cometa Soñador".
Tomás, aunque no tenía tanta ima como Ima, era un excelente constructor. Él se encargó de que la nave fuera resistente y segura… lo más segura posible, considerando que estaba hecha de cartón.
Cuando "El Cometa Soñador" estuvo listo, Ima y Tomás se subieron a bordo. Cerraron los ojos, imaginaron el rugido de los cohetes, y comenzaron a contar: "¡Diez, nueve, ocho…!" De repente, sintieron un ligero temblor. Abrieron los ojos y… ¡estaban en el jardín! Pero algo había cambiado. El jardín brillaba con una luz tenue, y las flores parecían cantar melodías suaves.
Ima se dio cuenta de que la imaginación los había transportado a un lugar especial, un lugar donde la magia era real. Siguiendo el mapa de las estrellas, caminaron por el jardín encantado hasta llegar a un pequeño lago. En el lago, flotaban pequeñas burbujas brillantes.
"¡Son fragmentos de estrellas fugaces!" exclamó Ima. Con cuidado, recogieron las burbujas brillantes en pequeños frascos que habían traído. Cada burbuja contenía un deseo, un sueño, una pizca de magia pura.
De repente, una voz suave los llamó. Era una pequeña hada, con alas brillantes y un vestido hecho de pétalos de rosa. "Bienvenidos al Jardín de las Estrellas Fugaces", dijo el hada. "Su ima los ha traído aquí. Pero recuerden, la magia es poderosa, y debe usarse con cuidado."
El hada les explicó que cada burbuja de estrella fugaz podía conceder un deseo, pero sólo uno. Les advirtió que pensaran bien en sus deseos, y que eligieran sabiamente.
Ima y Tomás se sentaron junto al lago y pensaron. Tomás deseó poder construir un robot que limpiara su habitación. Ima, sin embargo, tenía un deseo diferente. Ella deseó que todos los niños del mundo tuvieran tanta ima como ella, para que pudieran crear sus propios mundos mágicos y vivir aventuras increíbles.
Cuando Ima hizo su deseo, una luz brillante envolvió el jardín. Las flores cantaron más fuerte, y las estrellas en el cielo brillaron con más intensidad. El hada sonrió. "Tu deseo es generoso y hermoso", dijo el hada. "Será concedido."
Entonces, Ima y Tomás se despidieron del hada y regresaron a "El Cometa Soñador". Cerraron los ojos, imaginaron su jardín, y en un instante, estaban de vuelta en casa.
Aunque su aventura había terminado, sabían que la magia de las estrellas fugaces los acompañaría siempre. Y Ima, con su gran ima, supo que el mundo estaba lleno de posibilidades, solo hacía falta creer en ellas. Desde esa noche, cada vez que Ima miraba las estrellas, recordaba su aventura en el Jardín de las Estrellas Fugaces y sonreía, sabiendo que la imaginación es la aventura más grande de todas. Y, secretamente, sabía que un poco más de "ima" estaba despertando en los corazones de los niños de todo el mundo.
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