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Gratis · elegí una vozIzei e Iker eran dos hermanos inseparables, con la imaginación más grande que el cielo. Vivían en un pequeño pueblo donde las noches eran tan oscuras que las estrellas parecían diamantes brillantes. Una noche, mientras observaban la luna llena desde su ventana, Izei, la mayor, exclamó: "¡Iker, deberíamos ir a la luna!".
Iker, con sus ojos brillantes de entusiasmo, respondió: "¡Sí, Izei! Pero, ¿cómo llegaremos?".
Izei sonrió. "¡Construiremos un cohete!"
Al día siguiente, comenzaron su ambicioso proyecto. Buscaron cajas de cartón viejas, pegamento, tijeras y pinturas de todos los colores. Su garaje se transformó en un taller espacial. Izei, la ingeniera, diseñó el cohete con alas enormes y una punta afilada. Iker, el artista, lo decoró con estrellas fugaces, planetas sonrientes y un gran número uno en el lateral: ¡el Cohete Número Uno!
Después de días de arduo trabajo, el cohete de cartón estaba listo. Era grande, colorido y, a los ojos de Izei e Iker, ¡absolutamente perfecto!
"¡Es hora de la prueba de vuelo!", anunció Izei con voz de capitana espacial.
Se subieron al cohete, cerraron la puerta (que era una vieja manta), y comenzaron a imaginar el despegue. "¡Diez, nueve, ocho...", contó Iker con entusiasmo, "...tres, dos, uno... ¡Despegue!"
Sacudieron el cohete con todas sus fuerzas, haciendo ruidos de motores y explosiones. De repente, el cohete... ¡comenzó a moverse! No volaba, claro, pero se deslizaba lentamente por el garaje. Su papá, al ver la escena, no pudo evitar reírse y les dio un pequeño empujón.
"¡Estamos en órbita!", gritó Izei.
Continuaron jugando hasta que el sol comenzó a ponerse. Aunque el cohete no volaba de verdad, en su imaginación ya estaban orbitando la Tierra.
Esa noche, mientras dormían, Izei tuvo un sueño maravilloso. Soñó que el Cohete Número Uno se elevaba hacia el cielo, dejando atrás las luces del pueblo y adentrándose en la negrura del espacio. A su lado, Iker reía mientras flotaban entre las estrellas. Al despertar, contó su sueño a Iker.
"¡Debemos encontrar una manera de volar de verdad!", dijo Iker, más decidido que nunca.
Izei pensó un momento. "Ya sé. Debemos buscar el polvo de estrellas mágico que mi abuela siempre nos contaba. Dice que está escondido en el bosque encantado".
Sin dudarlo, empacaron una mochila con galletas, agua y una linterna, y se adentraron en el bosque. El bosque encantado era un lugar misterioso, lleno de árboles altos y sombras danzantes. Escuchaban el canto de los pájaros y el susurro del viento entre las hojas. Después de caminar un largo rato, llegaron a un claro donde una cascada brillante caía en una pequeña laguna.
"Este debe ser el lugar", dijo Izei.
Buscaron por todos lados, debajo de las piedras y entre las flores, hasta que Iker gritó: "¡Lo encontré!".
Entre las raíces de un árbol centenario, brillaba un pequeño frasco lleno de polvo plateado. Era el polvo de estrellas mágico.
Corrieron de vuelta al garaje con el preciado polvo. Espolvorearon el cohete de cartón con el polvo mágico y esperaron. Nada pasó. Estaban a punto de rendirse cuando Iker tuvo una idea.
"¡Debemos creer con todas nuestras fuerzas!", exclamó.
Cerraron los ojos, tomaron sus manos y comenzaron a imaginar, con toda la fuerza de su corazón, que el cohete volaba. Imaginaron el viento en sus caras, la Tierra haciéndose pequeña debajo de ellos, y la luna acercándose cada vez más.
De repente, sintieron un leve temblor. Abrieron los ojos y... ¡el cohete se elevaba lentamente del suelo! El polvo de estrellas, combinado con su poderosa imaginación, ¡había funcionado!
El Cohete Número Uno salió volando del garaje, atravesó las nubes y se dirigió hacia la luna. Izei e Iker gritaban de alegría mientras veían el planeta Tierra hacerse cada vez más pequeño. Finalmente, aterrizaron suavemente en la superficie lunar.
La luna era un lugar mágico, lleno de cráteres brillantes y montañas plateadas. Jugaron a saltar en la baja gravedad, recogieron rocas lunares y dejaron sus huellas en el polvo lunar.
Después de un tiempo, sintieron un poco de nostalgia. Era hora de volver a casa.
Se subieron al cohete, se despidieron de la luna y, con un último pensamiento mágico, regresaron a su garaje. El cohete volvió a ser de cartón, el polvo de estrellas desapareció, pero la aventura lunar quedó grabada para siempre en sus corazones.
Desde esa noche, Izei e Iker sabían que con imaginación y un poco de polvo de estrellas, ¡todo es posible!
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