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Gratis · elegí una vozHabía pasado una semana desde que Ricardo se había ido del orfanato "El Refugio Seguro". Los miércoles eran días agridulces, pues siempre comían merengue con fresa, el postre favorito de Ricardo. Ese miércoles, mientras Juan Manuel, Nicolás y Alfredo almorzaban, un hombre desconocido se acercó a la ventana que daba al patio del orfanato.
-¿A qué habrá venido? – preguntó Nicolás, con el merengue a medio comer.
-¿Querrá llevarnos con él? – la voz de Juan Manuel temblaba un poco.
-Pero… esto es raro. Siempre vienen parejas… Seguramente se irá con las manos vacías – interrumpió Alfredo, siempre tan optimista.
-A menos que la maleta que tiene esté llena de dinero – aclaró Juan Manuel, con un brillo travieso en los ojos. Pero al voltear la mirada, el hombre ya no estaba. De repente, un timbre fuerte resonó por todo el orfanato, alertando a los niños. El extraño se dirigió a la oficina de la directora, la Madre Superiora Elena. Los niños, llenos de curiosidad, espiaban tras la puerta.
La conversación parecía seria. La Madre Superiora Elena frunció el ceño y miró a los niños con una expresión que no supieron descifrar. Asustados, corrieron a su habitación sin saber qué había decidido la directora.
Más tarde, la Madre Superiora Elena le pidió a Juan Manuel que, después de que Alfredo se lavara las manos, le avisara para que fuera a su oficina. Así lo hizo. Mientras Juan Manuel esperaba a que Alfredo regresara, dibujaba con un trozo de carbón en el suelo, debajo de la pileta del patio. Dibujaba barcos navegando por un mar de chocolate. Pasó un rato largo hasta que Alfredo apareció, con los ojos enrojecidos y llenos de lágrimas. Le contó, entre sollozos, que el señor Linares (así se llamaba el extraño) lo había rechazado porque su edad no encajaba con lo que buscaba.
Cuando Juan Manuel se dirigió a la oficina de la directora, no necesitó tocar la puerta; ésta se abrió sola, como si lo estuviera esperando. La Madre Superiora Elena le hizo un gesto para que se sentara frente al señor Linares, quien lo miraba pensativo. Entonces, el señor Linares le preguntó lo que Juan Manuel tanto temía:
-¿Cuántos años tienes?
-¡Siete! – respondió rápidamente, sin pensarlo.
El señor Linares miró a la Madre Superiora Elena, diciéndole con la mirada que Juan Manuel era el niño que estaba buscando. En lugar de ir a su habitación después de la entrevista, Juan Manuel corrió a buscar a Alfredo. Lo encontró en la piscina (una pequeña fuente en realidad), jugando con hojas de árbol que, en su imaginación, eran los enemigos de un gran ejército. Juan Manuel, sigilosamente, agarró agua de la fuente y se la tiró a Alfredo, haciéndole caer al agua.
-¡Derrotaste al enemigo! – dijo Alfredo, sin siquiera voltear la mirada, aún inmerso en su juego.
-Siempre lo hago – respondió Juan Manuel, con una sonrisa de complicidad.
Luego regresaron a la pileta y, mientras se secaban al sol, Juan Manuel le contó a Alfredo que se iría del orfanato. Alfredo se quedó en silencio, con los ojos llenos de tristeza.
Pasaron los días, lentos y pesados. Finalmente, llegó el día de la partida. Juan Manuel no quería despertar; se aferraba a las sábanas como si fueran un salvavidas. Una monja, la Hermana Clara, lo despertó suavemente. Juan Manuel, con voz soñolienta, le respondió que era el momento de continuar el trabajo que él había empezado, pero sin él. Y, de repente, posó su pequeña mano sobre la mano de la Hermana Clara. En ese momento, la Hermana Clara recordó a sus hermanas jugando después del colegio, riendo y corriendo bajo el sol. Una ola de nostalgia la invadió, pero todo se desvaneció tan pronto como la mano de Juan Manuel se retiró.
Juan Manuel se sintió mal y apareció en la enfermería, tosiendo. La Madre Superiora Elena lo llamó a su oficina. Alfredo quiso acompañarlo, pero la enfermera, amablemente, lo detuvo. Mientras Juan Manuel caminaba por el pasillo, recordaba cada rincón del orfanato, cada juego, cada risa. Finalmente, llegó a la oficina, donde aceptó vivir con el señor Linares. Se despidió de todos sus amigos con un abrazo fuerte y sincero, y se subió al coche con el señor Linares. Lloró con toda la energía que tenía, un llanto desgarrador que resonó en el patio del orfanato.
La primera vez que lloró así fue cuando se separó de los ancianos que cuidaba en el pueblo antes de llegar al orfanato. Sentía que cada despedida era una parte de sí mismo que se quedaba atrás, como una hoja que cae de un árbol en otoño. Pero algo, en el fondo de su corazón, le decía que esta vez era diferente, que esta vez, quizás, no se estaba despidiendo de una parte de sí mismo, sino que estaba comenzando a descubrir una nueva.
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