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Gratis · elegí una vozHabía una vez un niño que se llamaba Juan, y él siempre tiraba la basura a la calle, justo al pie de un árbol solitario en una esquina. No le importaba si había un bote de basura cerca, el árbol era su basurero personal. Tenía una amiga que se llamaba Laura, y ella siempre le decía: "¡Juan, no tires la basura a la calle! ¡Es malo para el planeta y además, dicen que vive un monstruo de la basura debajo de ese árbol!".
Pero Juan, que era un poco terco y no creía en monstruos, se reía de Laura. "¡Tonterías, Laura! No existen los monstruos. Solo es un árbol viejo y feo. Además, es más fácil tirar la basura aquí que caminar hasta el bote", decía Juan, arrugando la nariz.
Un día, Juan estaba comiendo una paleta de fresa gigante. Cuando terminó, como siempre, corrió hacia el árbol y tiró el palo de la paleta al suelo. "¡Listo!", exclamó, satisfecho. Laura, que lo había estado observando desde la distancia, suspiró tristemente. Sabía que Juan tendría que aprender una lección algún día.
Esa noche, Juan tuvo un sueño muy extraño. Soñó que el árbol solitario de la esquina cobraba vida. Sus ramas se convertían en brazos largos y nudosos, y sus raíces se retorcían como serpientes. Del tronco del árbol brotaban ojos grandes y amarillos que lo miraban fijamente. Y debajo del árbol, entre la basura, una figura oscura y grotesca comenzaba a formarse.
La figura se levantó lentamente, revelando un monstruo hecho completamente de basura. Tenía latas aplastadas como dientes, bolsas de plástico como pelo, y botellas rotas como garras. El monstruo gruñó, y su aliento olía a comida podrida y a papel mojado.
"¡Tú!", rugió el Monstruo de la Basura con una voz ronca que hacía temblar el suelo. "¡Tú eres el que ensucia mi hogar! ¡Tú eres el que me alimenta con tu basura! ¡Ya no lo soporto más!"
Juan, aterrorizado, intentó correr, pero sus piernas no se movían. El Monstruo de la Basura se acercó a él, extendiendo sus garras llenas de suciedad. Juan cerró los ojos, esperando lo peor.
De repente, escuchó una voz familiar. "¡Déjalo en paz!", gritó Laura. Juan abrió los ojos y vio a Laura parada frente al monstruo, con una escoba en la mano. "¡Vete de aquí, monstruo! ¡Juan aprenderá su lección!"
Laura comenzó a barrer la basura que rodeaba al monstruo, creando un remolino de polvo y suciedad. El Monstruo de la Basura retrocedió, tosiendo y estornudando. "¡No puedo respirar! ¡Demasiado limpio!", gritó, antes de desaparecer en una nube de humo y basura.
Juan se despertó sobresaltado, sudando frío. Miró a su alrededor, aliviado de estar en su cama. Pero el sueño se sentía tan real…
A la mañana siguiente, Juan corrió hacia el árbol de la esquina. Para su sorpresa, Laura ya estaba allí, recogiendo la basura que él había tirado. "Laura, ¿qué estás haciendo?", preguntó Juan, sintiéndose culpable.
"Estoy limpiando el árbol", respondió Laura, sin mirarlo. "Alguien tiene que hacerlo. Y tú deberías ayudarme".
Juan, sintiéndose muy avergonzado, se unió a Laura. Juntos, recogieron todas las latas, botellas, papeles y palitos de paleta que estaban tirados alrededor del árbol. Llenaron varias bolsas de basura y las llevaron al contenedor más cercano.
Mientras trabajaban, Juan le contó a Laura sobre su sueño. Laura escuchó atentamente y luego le dijo: "Tal vez el Monstruo de la Basura no sea real, Juan. Pero la basura sí es real. Y si seguimos tirándola en la calle, dañaremos nuestro planeta y a todos los que vivimos en él".
Juan asintió, comprendiendo finalmente la importancia de cuidar el medio ambiente. "Tienes razón, Laura. Prometo que nunca más tiraré basura en la calle. Siempre usaré los botes de basura y ayudaré a mantener nuestro vecindario limpio".
Desde ese día, Juan se convirtió en un defensor del medio ambiente. Siempre llevaba una bolsa de basura en su mochila y recogía cualquier cosa que viera tirada en la calle. Incluso convenció a sus amigos y familiares para que hicieran lo mismo. Y aunque nunca volvió a ver al Monstruo de la Basura, Juan nunca olvidó la lección que aprendió. Sabía que cada pequeño acto de limpieza y cuidado contribuía a un mundo más limpio y saludable para todos. El árbol solitario en la esquina ya no era un basurero, sino un símbolo de la importancia de proteger nuestro planeta.
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