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Gratis · elegí una vozMamá Gallina Clotilde vivía en una pradera verde y llena de flores silvestres. Tenía cinco pollitos amarillos y esponjosos: Pío, Pia, Pluma, Pepe y Juancito. La pradera era su mundo, un lugar seguro y lleno de deliciosos gusanos y semillas. Cada mañana, Clotilde sacaba a sus pollitos a explorar los alrededores, siempre bajo su atenta mirada.
Pío y Pia eran los más obedientes. Se quedaban cerca de su mamá, picoteando el suelo con cuidado y sin alejarse demasiado. Pluma y Pepe eran un poco más aventureros, pero siempre regresaban al llamado de Clotilde. Pero Juancito… Juancito era diferente. Juancito era el pollito más curioso de la pradera.
Cada cosa que veía, cada sonido que escuchaba, despertaba su curiosidad. ¿Por qué el sol brillaba tan fuerte? ¿Por qué las flores tenían diferentes colores? ¿Adónde iban las hormigas tan apuradas? Estas y miles de preguntas más llenaban la pequeña cabeza de Juancito.
Un día, mientras Clotilde les enseñaba a buscar lombrices debajo de unas piedras, Juancito vio algo que lo dejó boquiabierto. Era un pequeño túnel, escondido entre las raíces de un viejo árbol. "¡Mamá, mamá! ¿Qué es eso?", preguntó Juancito, señalando el agujero con su alita.
Clotilde miró el túnel con preocupación. "Ese es el hogar de los conejos, Juancito. Es mejor no acercarse. Los conejos son muy tímidos y podrían asustarse", respondió Clotilde.
Pero la curiosidad de Juancito era más fuerte que cualquier advertencia. Mientras su mamá y sus hermanos seguían buscando lombrices, Juancito se acercó sigilosamente al túnel. "Hola… ¿Hay alguien ahí?", susurró tímidamente.
Nadie respondió. Juancito se animó y metió su cabecita dentro del túnel. Estaba oscuro y olía a tierra húmeda. De repente, escuchó un ruido. ¡Un conejo! Un conejo blanco y peludo saltó del túnel, asustando a Juancito, quien retrocedió dando un gritito.
El conejo, al ver al pequeño pollito, se detuvo. Lo miró con sus grandes ojos negros y dijo: "¿Quién eres tú? ¿Y qué haces cerca de mi casa?"
Juancito, aún temblando un poco, respondió: "Soy Juancito, un pollito. Y… y solo quería saber qué había dentro del túnel".
El conejo sonrió. "Soy Blanquito. Y dentro del túnel está mi hogar. ¿Quieres verlo?", preguntó Blanquito.
Juancito, olvidándose de las advertencias de su mamá, asintió emocionado. Blanquito lo invitó a entrar al túnel. Era pequeño y acogedor, con un nido hecho de hierba seca y hojas. Juancito estaba fascinado.
Blanquito le mostró su colección de piedras brillantes y le contó historias sobre la pradera desde la perspectiva de un conejo. Juancito aprendió sobre las flores que solo florecían de noche y sobre los sonidos que los conejos escuchaban bajo tierra.
Mientras tanto, Clotilde, al darse cuenta de que Juancito no estaba con ellos, comenzó a preocuparse. "¡Juancito! ¡Juancito! ¿Dónde estás?", gritaba Clotilde, buscando desesperadamente a su pollito perdido.
Pío, Pia, Pluma y Pepe también ayudaban a buscar a su hermano. Finalmente, Pia vio a Juancito saliendo del túnel de los conejos, riendo con Blanquito.
Pia corrió a avisarle a su mamá. Clotilde, aliviada pero también un poco enojada, corrió hacia Juancito. "¡Juancito! ¡Te he dicho que no te alejes! Estaba muy preocupada", exclamó Clotilde.
Juancito, al ver la cara de preocupación de su mamá, se sintió culpable. "Lo siento, mamá. Estaba con Blanquito, el conejo. Me estaba enseñando su casa", respondió Juancito.
Clotilde miró a Blanquito, quien se acercó tímidamente. "Hola, señora Gallina. Soy Blanquito. Juancito solo estaba siendo curioso. No le hice daño", dijo Blanquito.
Clotilde suspiró. Sabía que la curiosidad de Juancito era parte de él. Pero también sabía que debía enseñarle a ser curioso con responsabilidad. "Juancito, entiendo que quieras explorar y aprender, pero debes avisarme antes de irte. Y nunca debes hablar con extraños sin mi permiso", dijo Clotilde con firmeza.
Juancito asintió con la cabeza. "Lo entiendo, mamá. Lo siento", respondió Juancito. Luego, se acercó a Blanquito y le dijo: "Gracias por mostrarme tu casa, Blanquito. Pero tengo que irme con mi mamá".
Blanquito sonrió. "Espero verte pronto, Juancito. Puedes venir a visitarme cuando quieras, pero siempre avísale a tu mamá primero", dijo Blanquito.
Juancito se despidió de Blanquito y regresó con su mamá y sus hermanos. Clotilde lo abrazó fuertemente. "Estoy feliz de que estés bien, Juancito. Pero recuerda, la curiosidad es buena, pero la seguridad es lo primero", le dijo Clotilde.
Desde ese día, Juancito siguió siendo curioso, pero también aprendió a ser responsable. Siempre avisaba a su mamá antes de explorar y siempre recordaba las palabras de Clotilde: la seguridad es lo primero. Y aunque siguió haciendo muchas preguntas, también aprendió a escuchar las respuestas con atención, convirtiéndose en el pollito más sabio de la pradera.
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