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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un rincón polvoriento de una vieja biblioteca, una araña muy peculiar. Se llamaba Abia. Abia no era una araña común; para empezar, era extraordinariamente pequeña, casi del tamaño de una canica, y en lugar de tejer telarañas pegajosas para atrapar insectos, coleccionaba cuentas brillantes y botones de colores. Pero lo más inusual de Abia era la joya que llevaba prendida en su espalda: un pequeño ópalo iridiscente que ¡podía hablar!
Un día, mientras Abia exploraba un estante lleno de libros antiguos, el ópalo, al que Abia cariñosamente llamaba Opalito, exclamó con una voz diminuta pero sorprendentemente clara: "¡Abia, siento una presencia extraña! ¡Algo embrujado cerca!"
Abia, aunque valiente, sintió un escalofrío recorrer sus ocho patitas. "¿Embrujado? ¿Qué quieres decir, Opalito?"
"¡Un fantasma! ¡Y no un fantasma amigable! Siento... siento maldad", respondió Opalito, su brillo parpadeando tenuemente.
Guiada por el sexto sentido de Opalito, Abia se aventuró detrás de un libro particularmente voluminoso, uno con una cubierta de cuero descolorida y un título ilegible. Allí, flotando en el aire, había un pequeño fantasma blanco, ¡un verdadero espíritu chocarrero! Pero este fantasma no parecía estar de humor para jugar. Tenía el ceño fruncido y sus ojos brillaban con una luz roja amenazante.
"¡Este es el fantasma, Abia! ¡Ten cuidado!", advirtió Opalito.
"¡Largo de aquí, pequeña araña! ¡Este tesoro es mío!", gruñó el fantasma, su voz resonando como el crujido de hojas secas.
"¿Tesoro? ¿De qué tesoro hablas?", preguntó Abia, tratando de sonar valiente.
"¡Este libro! ¡Contiene el secreto de la inmortalidad! ¡Y nadie me lo arrebatará!", siseó el fantasma, extendiendo una mano espectral hacia el libro.
Abia observó que el fantasma intentaba tomar el libro, pero parecía tener dificultades. Sus manos lo atravesaban como si fuera humo. "¡No puedes tocarlo!", exclamó Abia. "¡Eres un fantasma!"
"¡Calla! ¡Encontraré una manera! ¡Y luego, tú y tu joya parlante pagarán!", amenazó el fantasma.
De repente, Opalito brilló intensamente. "¡Abia, usa tu ingenio! ¡Este fantasma es poderoso, pero también está atado a este lugar! ¡Busca algo que lo debilite!"
Abia miró a su alrededor desesperadamente. Vio polvo, telarañas, y… ¡una calavera de plástico! Alguien debió haberla dejado allí después de una fiesta de Halloween. Una idea audaz se formó en su pequeña mente arácnida.
"¡Oye, fantasma!", gritó Abia. "¡Tengo algo que te gustará aún más que ese viejo libro!"
El fantasma se giró lentamente, con una mirada escéptica en su rostro fantasmal. "¿Qué podría tener una insignificante araña que me interese?"
Abia arrastró la calavera de plástico hacia él. "¡Mira! ¡Una calavera nueva y brillante! ¡Mucho mejor que ese libro aburrido! ¡Puedes asustar a todos con ella!"
El fantasma pareció intrigado. Se acercó a la calavera y la examinó con cuidado. "¡Hmm! ¡Es cierto! ¡Es bastante espeluznante!"
Mientras el fantasma estaba distraído con la calavera, Opalito susurró: "¡Abia, ahora! ¡El fantasma está debilitado por su vanidad! ¡Usa tu seda!"
Con una rapidez sorprendente, Abia tejió una pequeña red de seda alrededor de la calavera y el fantasma. La seda no era lo suficientemente fuerte como para atraparlo permanentemente, pero lo suficiente para distraerlo por un momento crucial.
En ese momento, Abia notó algo en el libro que el fantasma quería tanto: ¡una mancha de luz solar! Un rayo de sol se filtraba a través de una grieta en la ventana y golpeaba directamente el libro.
"¡Opalito, la luz!", gritó Abia.
Opalito entendió de inmediato. Concentró toda su energía y brilló con una luz aún más intensa, reflejando el rayo de sol hacia el fantasma. La luz era como un escudo contra el mal. El fantasma gritó y se retorció, intentando escapar de la luz brillante. Su forma fantasmal comenzó a desvanecerse.
"¡No! ¡No puede ser! ¡El poder del sol me destruye!", gritó el fantasma, antes de desaparecer por completo en un remolino de humo blanco.
Abia y Opalito se desplomaron, exhaustos pero victoriosos. La biblioteca volvió a estar en silencio, excepto por el suave susurro de las páginas de los libros.
"¡Lo hicimos, Abia! ¡Derrotamos al fantasma!", exclamó Opalito, su brillo restaurado.
"Sí, Opalito. Lo hicimos juntos", dijo Abia, sintiéndose orgullosa de su valentía y de la ayuda de su joya parlante. Desde ese día, Abia y Opalito continuaron explorando la biblioteca, siempre alertas a cualquier señal de peligro. Sabían que mientras estuvieran juntos, podrían enfrentarse a cualquier cosa, incluso a los fantasmas más aterradores.
Y así, la pequeña araña Abia, con su joya parlante, se convirtió en la guardiana de la biblioteca, protegiéndola de los espíritus malignos y asegurándose de que los libros permanecieran a salvo para todos los que quisieran leerlos. Y si alguna vez te encuentras en una biblioteca antigua y escuchas un pequeño susurro, ¡podría ser Abia y Opalito, vigilándote desde las sombras!
Un día, mientras Abia tejía una nueva telaraña decorativa con cuentas de colores, resbaló y cayó. ¡Plaf! Cayó sobre un libro abierto, justo en medio de una página que hablaba sobre… ¡viajes espaciales! Pero esa es otra historia…
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