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Había una vez una gotita de agua muy curiosa que vivía en un vaso grande, transparente y redondito. Desde allí, podía ver el mundo: las flores en la mesa, los lápices en el estuche, y hasta los rayitos de sol que entraban por la ventana. La gotita se llamaba Goti, y aunque le gustaba su hogar en el vaso, sentía un cosquilleo en su interior, ¡una gran curiosidad por explorar!
Un día, Goti pensó: —¡Quiero conocer otros lugares! Este vaso es bonito, pero hay tantas formas por descubrir… ¡Y tantas aventuras esperando! Así que, con mucho cuidado, se deslizó por el borde y ¡plop!, cayó dentro de un florero alto y delgado. El florero era de cristal azul, y Goti se sintió como si estuviera nadando en el cielo.
—¡Uy, qué estrecho es aquí! —dijo Goti—. Me veo diferente… ¿será que me hice más pequeña? Pero no, Goti seguía siendo la misma. Solo que el florero era tan alto y delgado que parecía que había cambiado de tamaño. Observó las largas varas de las flores que se extendían hacia arriba, buscando la luz del sol.
Al rato, Goti decidió seguir su viaje. Sintió un impulso irresistible de explorar más allá de las paredes de cristal azul. Se preparó para su siguiente salto con una mezcla de emoción y un poquito de miedo. Saltó con alegría y cayó en un plato hondo. El plato era de cerámica blanca con un borde de florecitas pintadas a mano.
—¡Qué espacio tan amplio! ¡Ahora parezco más grande! —exclamó Goti. El plato era como un pequeño lago para ella. Se sintió libre y con mucho espacio para moverse. Pero no, otra vez, Goti era igual. Lo que cambiaba era la forma del lugar donde estaba. Se dio cuenta de que su tamaño no era lo importante, sino la forma en que se adaptaba a cada nuevo entorno.
Entonces, Goti miró a los niños que la observaban. Eran dos hermanos, Sofía y Tomás, que estaban dibujando en la mesa. Los niños estaban fascinados con la gotita y seguían su aventura con ojos brillantes. Goti les preguntó: —¿Ustedes qué creen? ¿Me hice más grande o más pequeña?
Los niños pensaron, pensaron… Sofía se rascó la cabeza y Tomás se mordió el labio. Finalmente, respondieron al unísono: —¡No! ¡Tú eres la misma gotita! ¡Solo que viajas a diferentes casas!
Goti sonrió, feliz de que los niños entendieran su aventura. Habían comprendido que su esencia no cambiaba, sin importar el recipiente en el que se encontrara. Sintió una gran conexión con Sofía y Tomás.
Y así, Goti siguió viajando, aprendiendo que lo importante no es el tamaño que parece, sino lo que uno es por dentro. Después del plato, rodó hasta un vaso de jugo de naranja. ¡Qué dulce y afrutado fue ese viaje! Luego, se encontró en un charco en el jardín después de que Sofía regara las plantas. ¡Qué refrescante fue estar rodeada de tierra y flores!
En cada lugar, Goti aprendía algo nuevo. En el florero, aprendió sobre la paciencia de las flores que buscan el sol. En el plato, aprendió sobre la libertad de tener espacio para moverse. En el vaso de jugo, aprendió sobre el placer de los sabores. Y en el charco del jardín, aprendió sobre la importancia de la naturaleza.
Un día, el sol brilló con fuerza y Goti sintió un calor especial. Empezó a sentirse ligera, casi como si pudiera volar. Poco a poco, se elevó en el aire, convirtiéndose en vapor. Se unió a otras gotitas que también se habían evaporado, formando una nube blanca y esponjosa.
Desde la nube, Goti pudo ver el mundo desde arriba. Vio el vaso, el florero, el plato, el jardín, y la casa de Sofía y Tomás. Se dio cuenta de que su viaje no había terminado, sino que apenas había comenzado. Ahora formaba parte de algo mucho más grande.
La nube viajó por el cielo, llevada por el viento. Goti vio montañas, ríos, bosques y océanos. Aprendió sobre el ciclo del agua y cómo todas las gotitas están conectadas. Finalmente, la nube se hizo más oscura y pesada. Empezó a llover.
Goti volvió a caer a la Tierra, esta vez como una gota de lluvia. Cayó en una hoja verde de un árbol. Sintió la frescura de la lluvia y la alegría de volver a la Tierra. Su viaje había sido largo y lleno de aventuras, pero ahora entendía que lo importante era seguir aprendiendo y creciendo, sin importar dónde estuviera.
Desde la hoja del árbol, Goti vio a Sofía y Tomás jugando en el jardín. Sonrió, sabiendo que su aventura continuaría, de una forma u otra. Porque Goti, la gotita curiosa, siempre estaría buscando nuevas formas de explorar el mundo y aprender de cada experiencia. Y así, Goti siguió su viaje, siempre curiosa, siempre aventurera, y siempre lista para descubrir lo que el mundo tenía para ofrecerle.
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