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Tito era un niño… bueno, no exactamente un niño. Era un poquito de todo. Un poco de risa nerviosa, un poco de pies que tropezaban, y un montón de timidez. Tanta timidez que a veces sentía que lo perseguía como una nube gris. Un día, después de un encuentro particularmente embarazoso con el heladero (¡pidió helado de pepinillos en vez de chocolate!), Tito sintió que la nube gris se hacía gigantesca. Lo envolvía, lo sofocaba. "¡Necesito escapar!", pensó, con el corazón latiéndole como un tambor loco.
Miró a su alrededor desesperado y sus ojos se posaron en el viejo roble que reinaba en el jardín de su casa. Sus ramas eran como brazos extendidos, invitándolo a subir. Sin pensarlo dos veces, Tito corrió hacia el árbol y, con la agilidad que la necesidad le proporcionó, comenzó a trepar. Subió y subió, dejando atrás el jardín, la casa, ¡y a la nube gris que lo perseguía!
Cuanto más alto subía, más ligero se sentía. Las hojas susurraban secretos al viento, y el sol filtrándose entre las ramas pintaba manchas doradas sobre su cara. Llegó a una rama gruesa y cómoda, donde se sentó a descansar. Desde allí arriba, el mundo se veía diferente. La gente parecía hormigas diminutas, los coches eran como coloridos escarabajos, y la nube gris… bueno, la nube gris se había quedado abajo, en el jardín, esperando.
Tito respiró hondo. El aire olía a tierra y a hojas. Cerró los ojos y escuchó el canto de los pájaros. Era una melodía alegre y despreocupada. Empezó a sentirse un poco mejor. Quizás, solo quizás, no necesitaba escapar de sí mismo. Quizás necesitaba un nuevo punto de vista.
De repente, escuchó un ruido. Un pequeño maullido provenía de una rama superior. Tito se incorporó y vio… ¡un gatito! Era pequeño, flaco y temblaba de miedo. Estaba atrapado en una rama demasiado alta para él. El gatito maullaba lastimosamente, con los ojos llenos de lágrimas (o quizás era el rocío de la mañana, pero Tito estaba seguro de que eran lágrimas).
La timidez volvió a apoderarse de Tito. ¿Qué iba a hacer? Nunca había rescatado a un gatito de un árbol. ¡Podría caerse! ¡Podría asustar al gatito aún más! Pero entonces, vio la cara asustada del pequeño animal y sintió algo diferente. Una punzada de valentía, un deseo de ayudar. Olvidándose de su timidez, Tito comenzó a trepar hacia el gatito.
Con cuidado, se acercó a la rama donde estaba el gatito. Le habló suavemente, tratando de calmarlo. "Tranquilo, pequeño. Estoy aquí para ayudarte. No tengas miedo". El gatito lo miró con sus grandes ojos verdes y dejó de maullar. Tito extendió la mano lentamente y acarició su suave pelaje. El gatito ronroneó suavemente.
Con mucho cuidado, Tito levantó al gatito y lo acurrucó contra su pecho. El gatito se aferró a su camisa con sus pequeñas garras. Ahora, tocaba bajar. Tito descendió lentamente, con cuidado de no resbalar. El gatito permaneció quieto en sus brazos, confiando en él.
Finalmente, llegó al suelo. Depositó suavemente al gatito en la hierba. El gatito, después de unos segundos de titubeo, comenzó a frotarse contra sus piernas, ronroneando felizmente. Tito sonrió. Era una sonrisa verdadera, una sonrisa que llegaba hasta sus ojos.
En ese momento, apareció una niña corriendo. "¡Michi! ¡Michi! ¿Dónde estabas?", gritó. La niña corrió hacia el gatito y lo abrazó con fuerza. "¡Gracias! ¡Muchas gracias!", le dijo a Tito. "Michi se escapó esta mañana y no lo encontrábamos por ningún lado".
Tito se sintió sonrojado, pero por primera vez en mucho tiempo, no sintió vergüenza. Sintió orgullo. Había hecho algo valiente. Había ayudado a alguien. "No hay de qué", dijo tímidamente. "Me alegro de haberlo encontrado".
La niña se fue con Michi en brazos, y Tito se quedó solo en el jardín. Miró hacia el roble, que ahora parecía aún más majestuoso que antes. La nube gris había desaparecido por completo. Se dio cuenta de que no necesitaba escapar de sí mismo. Necesitaba encontrar su valor dentro de sí mismo. Y a veces, todo lo que necesitaba era un pequeño gatito atrapado en un árbol para recordárselo.
Desde ese día, Tito siguió siendo un poco tímido, pero también era un poco más valiente, un poco más seguro de sí mismo y un poco más feliz. Y de vez en cuando, volvía a trepar al roble, no para escapar, sino para recordar la aventura que lo había ayudado a encontrarse a sí mismo. Y a veces, incluso, Michi lo acompañaba a la rama más baja, ronroneando agradecido.
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