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Gratis · elegí una vozEn la Escuela Estelar "Lucerito", había una clase muy especial. Veinte niños, ¡todos llamados Amalia!, aunque también estaban Lucía, Danna, Amanda, Alessia, Hannih, Isabella, Meghan, Sofía, Daniel, Matías, Luciano, Fabián, Samuel, Julián, Lucca, Liam, Arturo (quien siempre estaba relajado, incluso cuando las estrellas fugaces pasaban zumbando cerca de la ventana), y Adrián. Sus profesoras, Liss, con su cabello naranja brillante y ojos azules como el cielo de Andrómeda, y Yanela, preparaban una sorpresa inolvidable.
"¡Atención, exploradores!", anunció la profesora Liss, su voz resonando en la clase. "Hoy, vamos a visitar un planeta completamente nuevo: ¡Planeta Glimmer!"
Un murmullo emocionado recorrió la clase. ¡Un planeta nuevo! Amalia, la más preguntona de todas las Amalias, levantó la mano. "Profesora Liss, ¿tiene árboles de chocolate? ¿Y ríos de limonada? ¿Hay monstruos de calcetines que se comen los zapatos?"
La profesora Liss sonrió. "Amalia, ¡tendremos que descubrirlo por nosotros mismos! Profesora Yanela, ¿lista para el despegue?"
La profesora Yanela asintió, y en un abrir y cerrar de ojos, la clase entera estaba dentro de una nave espacial reluciente, rumbo a Planeta Glimmer. Arturo, como siempre, estaba recostado en su asiento, observando las estrellas con una tranquilidad envidiable.
El viaje fue asombroso. Vieron constelaciones danzantes, nebulosas de colores y hasta una ballena espacial gigante que les saludó con un coletazo. Finalmente, aterrizaron en Planeta Glimmer.
El planeta era… ¡extraño! El suelo brillaba con una luz suave, los árboles tenían hojas de cristal y las flores cantaban melodías dulces. Lucía, la más observadora, notó que todo parecía estar hecho de luz y sonido.
"¡Miren!", exclamó Danna, señalando un grupo de pequeñas criaturas peludas con antenas brillantes. "¡Son Glimmerinos!"
Los Glimmerinos se acercaron tímidamente, y una de ellas, con un lazo rosa en su antena, le ofreció a Amanda una fruta que parecía una estrella fugaz. Al probarla, Amanda sintió una explosión de alegría y energía.
"¡Es deliciosa!", gritó, compartiendo la fruta con sus compañeros.
Mientras exploraban, Alessia encontró una cueva llena de cristales que cambiaban de color al tocarse. Hannih descubrió un río donde las piedras flotaban en el agua. Isabella y Meghan jugaban con las sombras alargadas que proyectaban los árboles de cristal. Sofía grababa cada detalle con su cámara espacial.
Daniel, Matías y Luciano intentaron construir una torre con las piedras flotantes, pero Arturo les dijo con calma: "Chicos, relájense. Disfruten del momento." Y tenía razón. Era un lugar para admirar, no para construir.
Fabián y Samuel encontraron un camino que conducía a una cascada de arcoíris. Julián y Lucca intentaban entender el idioma de los Glimmerinos, que sonaba como música suave. Liam observaba todo con curiosidad científica, tomando notas en su tableta estelar. Adrián, el más tímido, encontró un Glimmerino solitario y le ofreció una flor brillante, haciéndose amigo al instante.
Amalia, por supuesto, no paraba de hacer preguntas. "¿De qué está hecho este planeta? ¿Cómo vuelan los Glimmerinos? ¿Por qué las flores cantan?"
Las profesoras Liss y Yanela respondían pacientemente, explicando la ciencia y la magia de Planeta Glimmer. Les contaron que el planeta se alimentaba de la alegría y la curiosidad de sus visitantes, y que los Glimmerinos eran los guardianes de esa energía.
El tiempo pasó volando, y pronto llegó la hora de regresar a la Escuela Estelar. Los niños se despidieron de los Glimmerinos, prometiendo volver algún día.
De vuelta en la nave espacial, todos estaban callados, llenos de recuerdos maravillosos. Arturo, incluso, sonrió un poco más de lo normal.
Al llegar a la escuela, la profesora Liss dijo: "Recuerden, exploradores, el universo está lleno de maravillas esperando ser descubiertas. ¡Nunca dejen de preguntar, de explorar y de sorprenderse!"
Y así, los veinte Amalia y sus amigos, inspirados por su aventura en Planeta Glimmer, siguieron aprendiendo, explorando y preguntando, listos para la próxima aventura intergaláctica. La más preguntona de todas las Amalias, antes de dormir, pensó: “¿Qué habrá detrás de la próxima estrella?” Y sonrió, sabiendo que la respuesta estaba a solo un viaje espacial de distancia.
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