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Gratis · elegí una vozAlessio era un niño muy curioso. ¡Pero muy, muy curioso! Le gustaba correr más que a un guepardo, hacer preguntas que hacían pensar a su mamá por horas, coleccionar caracoles brillantes y piedras de todas las formas y colores, y siempre, ¡siempre! estaba con un juguete en la mano. Un pequeño dinosaurio verde, un coche rojo de bomberos, o a veces, simplemente una ramita que usaba como espada mágica. Pero, sobre todo, a Alessio le encantaba salir a explorar. El mundo era un gran patio de juegos para él, lleno de secretos esperando a ser descubiertos.
Un día soleado, mientras Alessio jugaba en el jardín con su dinosaurio, su tía Sofía llegó. Tenía una sonrisa tan grande como el sol y una mochila colorida colgada al hombro.
—¿Vamos de aventura, Alessio? —le dijo, con un guiño.
Alessio, por supuesto, dijo que sí. ¡Sí! ¡SÍ! No había nada que le gustara más que una aventura.
No sabían bien a dónde iban. Eso era parte de la emoción. Solo sabían que iban juntos. La tía Sofía prometió que sería una sorpresa. Y que, si llevaban bocadillos de galletas de chocolate, una linterna por si acaso (¡aunque fuera de día!), y muchas, muchas ganas de jugar, todo, absolutamente todo, podía pasar.
Salieron de la casa tomados de la mano. El dinosaurio de Alessio viajaba cómodamente en el bolsillo de su pantalón. Caminaron por la calle, pasando por casas con jardines llenos de flores, y luego tomaron un sendero que se adentraba en un pequeño bosque cercano. Los árboles eran altos y verdes, y el sol se filtraba entre las hojas creando un juego de luces y sombras fascinante.
—¿A dónde vamos, tía Sofía? —preguntó Alessio, sin poder contener su curiosidad.
—Es un secreto, pequeño explorador —respondió su tía, con una sonrisa misteriosa—. Pero te aseguro que te va a encantar.
Mientras caminaban, Alessio observaba todo con atención. Vio una mariquita posada en una hoja, escuchó el canto de los pájaros, y sintió el suave viento en su cara. Recogió una pluma blanca que encontró en el camino y la guardó en su bolsillo junto al dinosaurio.
De repente, la tía Sofía se detuvo.
—¡Llegamos! —anunció, señalando un claro en el bosque.
En el claro, había un gran árbol con raíces enormes que sobresalían del suelo. Parecía un trono gigante.
—¡Este es el árbol mágico! —dijo la tía Sofía—. Dicen que concede deseos a aquellos que se sientan en sus raíces y cierran los ojos con fuerza.
Alessio, emocionado, corrió hacia el árbol y se sentó en una de las raíces. Cerró los ojos con fuerza y pensó en lo mucho que le gustaba explorar con su tía. Deseó poder tener muchas más aventuras como esta.
Cuando abrió los ojos, vio que su tía Sofía estaba sacando algo de su mochila. ¡Eran pinturas y pinceles!
—¡Vamos a pintar el árbol mágico! —dijo ella, con entusiasmo.
Alessio y su tía pasaron la tarde pintando el árbol. Lo llenaron de colores brillantes y dibujos divertidos. Pintaron flores, animales, estrellas y hasta un pequeño dinosaurio verde. Alessio se manchó las manos y la cara con pintura, pero no le importó en absoluto. Estaba demasiado ocupado divirtiéndose.
Cuando terminaron, el árbol mágico lucía espectacular. Era una obra de arte llena de vida y alegría.
Después de pintar, la tía Sofía sacó los bocadillos de galletas de chocolate. Se sentaron bajo el árbol y comieron mientras contaban historias y reían a carcajadas.
Cuando el sol comenzó a ocultarse, supieron que era hora de regresar a casa. Caminaron de vuelta por el sendero, tomados de la mano, sintiéndose felices y cansados.
De camino a casa, Alessio encontró otra piedra brillante que agregó a su colección. Le enseñó a su tía Sofía y le contó todo sobre el árbol mágico y los deseos.
Esa noche, Alessio se durmió rápidamente, abrazado a su dinosaurio y con la pluma blanca en su mano. Soñó con árboles mágicos, pinturas de colores, galletas de chocolate y las aventuras que aún estaban por venir con su tía Sofía.
Este libro cuenta lo que vivieron ese día: lo que vieron, la mariquita, el árbol, las pinturas, lo que rieron, las historias, las cosquillas, lo que compartieron... las galletas, los secretos, la alegría... Y todo lo que Alessio descubrió al caminar, imaginar y estar con su tía. Descubrió que la aventura no siempre significa ir lejos, sino ver las cosas con ojos curiosos y un corazón abierto.
Porque a veces, las mejores aventuras no están en los cuentos. Están justo afuera... esperando a que alguien diga:
—¡Vamos!
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