Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozCarlotta era una bota muy especial. No era una bota cualquiera, ¡era una bota parlanchina! Vivía en un zapatero viejo y polvoriento, soñando con aventuras. Un día, escuchó a dos niñas, Juana y Emi, hablar de fideos. ¡Fideos! A Carlotta le encantaban los fideos, aunque nunca había probado uno.
"¡Hola!" gritó Carlotta con su voz resonante y un poco oxidada. Juana y Emi se sobresaltaron. Nunca habían escuchado a una bota hablar.
"¿Quién dijo eso?" preguntó Emi, mirando a su alrededor con los ojos muy abiertos.
"¡Aquí abajo! ¡Soy yo, Carlotta!" respondió la bota, moviéndose un poco sobre el estante.
Juana y Emi se acercaron con cautela. Carlotta, con su cuero marrón desgastado y algunos cordones deshilachados, las miraba con curiosidad.
"¿Una bota que habla?" murmuró Juana, incrédula.
"¡La misma!" dijo Carlotta con entusiasmo. "Escuché que hablaban de fideos. ¿Qué son los fideos? Suenan deliciosos."
Emi se rió. "¡Son pasta! Largas y delgadas. ¡Son geniales con salsa de tomate y queso!"
"¡Salsa de tomate y queso!" repitió Carlotta, saboreando las palabras. "¡Debo probarlos! ¿Podrían llevarme con ustedes?"
Juana y Emi se miraron. Era una idea descabellada, pero Carlotta parecía muy decidida.
"Está bien," dijo Juana finalmente. "Pero tendrás que portarte bien."
Así, Juana y Emi sacaron a Carlotta del estante polvoriento. Era más pesada de lo que parecía. La metieron en una mochila, dejando que la parte superior de la bota asomara.
"¡A la aventura!" gritó Carlotta desde la mochila, haciendo reír a las niñas.
Llegaron a casa de Emi, donde la abuela estaba preparando la cena. El olor a tomate y albahaca llenaba la cocina.
"¡Abuela, mira a quién trajimos!" exclamó Emi, sacando a Carlotta de la mochila.
La abuela, una señora de pelo blanco y una sonrisa cálida, se sorprendió al principio, pero luego sonrió.
"¿Una bota que habla? ¡Qué maravilla!" dijo la abuela. "Carlotta, ¿quieres probar mis famosos fideos a la boloñesa?"
"¡Más que nada en el mundo!" respondió Carlotta con entusiasmo.
La abuela preparó un pequeño plato de fideos con salsa para Carlotta. Juana y Emi la ayudaron a sostener el plato para que la bota pudiera "comer". Carlotta no tenía boca, por supuesto, pero las niñas imaginaron que la bota absorbía el delicioso aroma y sabor de los fideos a través de su cuero.
"¡Son absolutamente maravillosos!" dijo Carlotta con alegría. "¡Gracias, gracias, gracias!"
De repente, un fuerte estornudo resonó en la cocina. Era el gato de Emi, un gato gordo y perezoso llamado Pelusa. Pelusa, asustado por la voz de Carlotta, saltó sobre la mesa y, en su torpe huida, ¡tiró el plato de fideos al suelo!
"¡Oh, no!" exclamó Emi.
Todos miraron con horror los fideos esparcidos por el suelo. Carlotta estaba desconsolada. Su primera experiencia con los fideos había terminado en desastre.
"No te preocupes, Carlotta," dijo Juana. "Limpiamos esto y la abuela te prepara más."
Pero Carlotta estaba triste. Se sentía culpable. Si no hubiera estado allí, Pelusa no se habría asustado y los fideos no se habrían caído.
"Quizás... quizás debería volver al zapatero," dijo Carlotta con voz apagada. "Soy una molestia."
"¡No digas eso!" dijo Emi. "No eres una molestia. Fue un accidente."
La abuela se agachó y recogió un fideo solitario del suelo. Se lo ofreció a Carlotta.
"Carlotta," dijo la abuela con dulzura, "a veces las cosas no salen como las planeamos. Pero lo importante es que estamos juntos y podemos ayudarnos mutuamente. Pelusa no lo hizo a propósito. Y nosotros podemos hacer más fideos."
Carlotta reflexionó sobre las palabras de la abuela. Tenía razón. La compañía y la amistad eran más importantes que un plato de fideos.
"Gracias," dijo Carlotta. "Tienes razón. Quiero quedarme."
La abuela preparó otro plato de fideos, esta vez colocándolo en el suelo para que Pelusa no lo alcanzara. Carlotta "comió" felizmente, disfrutando del aroma y el sabor aún más que antes. Juana, Emi y la abuela se sentaron alrededor de ella, riendo y charlando.
Esa noche, cuando Juana y Emi llevaron a Carlotta de vuelta al zapatero, la bota se sentía diferente. Ya no era solo una bota polvorienta que soñaba con aventuras. Era una bota con amigas, una bota que había probado fideos, una bota que había aprendido que la amistad es el mejor ingrediente de cualquier aventura.
Y aunque Carlotta regresó a su estante en el zapatero, sabía que su aventura apenas comenzaba. Sabía que Juana y Emi volverían a visitarla y que juntos explorarían el mundo, un fideo a la vez.
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