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Había una vez, en lo profundo del Bosque de los Susurros, una bruja llamada Clementina. A diferencia de otras brujas que pasaban el día inventando hechizos para convertir piedras en sapos, Clementina era una romántica empedernida. Vivía en una cabaña hecha de jengibre y regaliz, y su mayor deseo no era tener la escoba más rápida, sino encontrar al compañero perfecto para compartir sus tardes de té y galletas mágicas.
Un buen día, mientras recolectaba bayas de luz de luna cerca del río de cristal, Clementina vio algo que hizo que su corazón de bruja diera un vuelco. Se trataba de Dominguito, un oso pardo de pelaje espeso, orejas redondeadas y una mirada que irradiaba una bondad infinita. Dominguito no era un oso común; era famoso en el bosque por su habilidad para pescar salmones mientras tarareaba melodías alegres y por su extraña costumbre de usar una bufanda de lana roja que él mismo había tejido con ramas y musgo.
—¡Es él! —exclamó Clementina, ajustándose su sombrero puntiagudo—. Es el oso más distinguido que he visto. ¡Me casaré con él!
Pero había un pequeño problema: un oso y una bruja no suelen tener mucho en común. Clementina decidió que necesitaba un plan. No quería usar un hechizo de amor, porque sabía que los sentimientos mágicos desaparecen con la primera lluvia. Ella quería que Dominguito se enamorara de verdad. Así que, con la ayuda de su gato negro, llamado Carbón, comenzó su campaña de conquista.
Primero, intentó atraerlo con comida. Preparó un pastel de miel del tamaño de una rueda de carreta, utilizando miel de abejas reales y polen de flores cantarinas. Dejó el pastel en el camino favorito de Dominguito. Cuando el oso lo encontró, se relamió los bigotes y se lo comió de un bocado.
—¡Qué delicia! —rugió Dominguito con alegría—. Espero que quien haya dejado esto aquí sea tan dulce como esta miel.
Clementina, escondida tras un roble, saltó de alegría. Sin embargo, Dominguito simplemente siguió su camino hacia la cueva para tomar una siesta, sin sospechar que una bruja lo observaba con ojos enamorados.
Al día siguiente, Clementina decidió mostrarle sus talentos. Usó su varita de madera de sauce para crear un espectáculo de fuegos artificiales silenciosos sobre el lago donde Dominguito pescaba. Las luces formaban figuras de peces, árboles y corazones. Dominguito miró al cielo, maravillado.
—¡Vaya! —pensó el oso—. La naturaleza hoy está muy creativa. Qué suerte tengo de vivir aquí.
Clementina se frustró un poco. Dominguito era muy amable, pero un poco despistado. Entonces, Carbón, el gato, maulló una idea: —Tal vez deberías hablar con él, Clementina. Las brujas siempre quieren resolverlo todo con magia, pero a veces las palabras son el hechizo más fuerte.
Clementina se puso nerviosa. Se arregló su mejor túnica de terciopelo morado, se puso una gota de perfume de esencia de jazmín y caminó hacia el claro donde Dominguito solía sentarse a ver el atardecer. Al verla llegar, el oso se puso de pie y se quitó su bufanda roja en señal de respeto.
—Buenas tardes, Doña Bruja —dijo Dominguito con su voz profunda—. ¿En qué puedo ayudarla? ¿Se ha perdido su gato?
Clementina respiró hondo. —No, Dominguito. He venido porque... bueno, porque te he estado observando y me parece que eres el oso más noble del bosque. Me gustaría que nos casáramos y viviéramos juntos en mi cabaña de jengibre.
Dominguito se quedó mudo. Sus ojos redondos parpadearon varias veces. Se rascó la cabeza con una de sus grandes garras y finalmente suspiró.
—Clementina, me siento muy honrado. Eres una bruja muy talentosa y ese pastel de miel fue lo mejor que he probado en años. Pero hay un problema... —Dominguito bajó la voz—. Yo ya estoy comprometido.
El corazón de Clementina se hundió. —¿Comprometido? ¿Con quién?
—Con la libertad del bosque —explicó Dominguito con una sonrisa triste—. Verás, soy un oso que ama dormir bajo las estrellas y caminar sin rumbo. No creo que me sentiría cómodo viviendo en una cabaña, por muy dulce que sea. Además, las brujas y los osos tienen horarios muy distintos. Tú trabajas de noche con la luna, y yo hiberno todo el invierno.
Clementina sintió que una lágrima rodaba por su mejilla. Pero entonces, Dominguito se acercó y le puso una pata suave en el hombro.
—Sin embargo —continuó el oso—, no necesitamos casarnos para ser compañeros. ¿Qué tal si somos mejores amigos? Podemos compartir el té todos los domingos bajo el Gran Sauce. Yo traeré las bayas y tú puedes traer ese pastel de miel tan increíble.
Clementina se secó la lágrima y sonrió. Se dio cuenta de que su deseo de casarse era en realidad un deseo de no estar sola, y no había mejor cura para la soledad que una amistad sincera.
—Acepto, Dominguito —dijo ella—. Seremos los mejores amigos que este bosque haya visto jamás.
Desde aquel día, Clementina y Dominguito se volvieron inseparables. Ya no había planes de boda, pero sí había muchas risas. Clementina le enseñó a Dominguito a leer las estrellas para que nunca se perdiera, y Dominguito le enseñó a la bruja el lenguaje secreto de los árboles y el arte de encontrar los mejores panales de miel.
Incluso Carbón, el gato, se hizo amigo de Dominguito y solía dormir la siesta encima del lomo peludo del oso. La cabaña de jengibre siempre tenía la puerta abierta para el gran oso, y el bosque entero celebraba su amistad. Clementina comprendió que el amor tiene muchas formas, y que a veces, un amigo fiel vale más que mil hechizos de boda. Y así, entre tazas de té y rugidos felices, la bruja y el oso vivieron felices para siempre, cada uno a su manera, pero siempre juntos en el corazón.
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