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Gratis · elegí una vozEn lo alto de una colina, coronado por torres retorcidas y ventanas que parecían guiñar el ojo, se alzaba el Castillo Reloj. Dentro, vivía la bruja Titina, no una bruja malvada ni gruñona, sino una bruja pequeñita, curiosa y con una nariz llena de pecas. Titina amaba las pociones, pero no pociones para convertir príncipes en ranas, ¡no! Ella prefería pociones para hacer crecer flores gigantes o para que las burbujas flotaran al revés.
Hoy, Titina tenía un proyecto especial: ¡una poción para detener el tiempo! Imaginaba poder tener más tiempo para leer sus libros favoritos, para jugar con su gato Bigotes, o simplemente para admirar las nubes sin que el día se le escapara entre los dedos.
En su laboratorio, lleno de frascos brillantes, calderos humeantes y estanterías repletas de ingredientes extraños, Titina trabajaba con diligencia. Añadió escamas de pez arcoíris, lágrimas de unicornio (¡de mentira, por supuesto!), polvo de estrella fugaz y un suspiro de dragón (que en realidad era el gas que salía de su botella de refresco favorita).
Revolvió, revolvió y revolvió, cantando una cancioncilla que había inventado: "Escamas y suspiros, polvo de luz, el tiempo se detiene, ¡en un dos por tres!". La poción burbujeaba y emitía un resplandor verde esmeralda. Titina, emocionada, vertió un poco en un pequeño frasco de cristal con forma de reloj de arena.
"¡Ahora veremos si funciona!", exclamó, y roció una pequeña gota de la poción en el aire.
¡Puf! Todo se detuvo. Bigotes, su gato, quedó congelado a mitad de un estornudo. Una mosca permaneció suspendida en el aire. Incluso el péndulo del gran reloj del castillo se quedó inmóvil. Titina estaba maravillada. ¡Lo había logrado!
Al principio, fue divertido. Titina leyó un libro entero en un instante, construyó una torre de galletas hasta el techo y peinó a Bigotes con mil lazos de colores sin que él se quejara ni una sola vez. Pero pronto, la novedad se desvaneció.
Se dio cuenta de que no podía oír el canto de los pájaros, ni sentir el viento en su cara. El silencio era absoluto, y se sentía sola. Extrañaba el movimiento, el sonido, la vida.
"Quizás detener el tiempo no es tan genial como pensaba", murmuró Titina, mirando alrededor al mundo congelado. "Extraño el tic-tac del reloj, el maullido de Bigotes... ¡Extraño incluso tener que esperar a que se haga el pastel!"
Titina supo que tenía que deshacer su poción. Pero, ¿cómo?
Revisó sus apuntes, buscando la fórmula para revertir el efecto. ¡Oh, no! ¡Había olvidado añadir un ingrediente crucial: una pizca de risa de niño! Sin eso, la poción era irreversible. O eso creía...
Titina pensó y pensó. ¿Dónde podría encontrar una pizca de risa de niño en un mundo congelado? De repente, recordó algo: ¡guardaba un viejo carrusel musical en el ático! Era un regalo de su abuela, y siempre que lo hacía sonar, la melodía hacía cosquillas en el alma y la hacía reír.
Corrió al ático, tropezando con montones de libros antiguos y telarañas brillantes. Finalmente, encontró el carrusel. Estaba cubierto de polvo, pero al girar la manivela, una melodía alegre llenó el aire. Titina sonrió, y sintió una chispa de alegría dentro de ella. ¡Esa era la risa que necesitaba! Aunque no fuera de un niño, era genuina y pura.
Con cuidado, recogió la melodía en un pequeño frasco vacío (¡las brujas tienen trucos para todo!). Luego, regresó a su laboratorio y añadió la melodía a la poción Detiene-Tiempo. Revolvió una última vez, cantando una nueva canción: "Melodía alegre, risa en cristal, el tiempo regresa, ¡todo vuelve a andar!".
Roció la poción en el aire... ¡y el mundo volvió a la vida! Bigotes terminó su estornudo. La mosca siguió volando. El péndulo del reloj retomó su tic-tac constante. El canto de los pájaros llenó el aire.
Titina sonrió. El tiempo, con sus prisas y esperas, era mucho mejor que el silencio congelado. Aprendió que cada momento, incluso los pequeños e insignificantes, eran valiosos. Y decidió que, a partir de ahora, usaría su magia para disfrutar cada segundo, sin intentar detenerlo. Después de todo, el tiempo, como la magia, era un regalo que debía ser apreciado, no controlado.
Esa noche, Titina horneó un pastel de fresas y lo compartió con Bigotes (que, por cierto, odiaba los lazos de colores). Y mientras el sol se ponía sobre el Castillo Reloj, Titina supo que había vivido una gran aventura, una aventura que le enseñó el valor del tiempo y la alegría de vivir el momento.
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