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Gratis · elegí una vozBenito, el conejo, era conocido en todo el bosque por su increíble velocidad. Siempre presumía de ello, saltando y corriendo alrededor de los demás animales, diciendo: "¡Nadie puede vencerme! Soy el más rápido de todos!"
Un día, Benito se encontró con Salto, el sapo, cerca del estanque. Salto, como todos los demás, estaba cansado de la arrogancia de Benito. Salto era un sapo tranquilo y reflexivo, y aunque no era rápido, era muy inteligente.
"Hola, Benito," dijo Salto con calma. "Te veo muy contento hoy."
Benito se rio. "¡Por supuesto que estoy contento! Estoy celebrando mi velocidad. ¿Qué puedes hacer tú, Salto? ¿Saltar unos pocos centímetros?"
Salto suspiró. "No soy tan rápido como tú, Benito, eso es cierto. Pero quizás... quizás podríamos tener una carrera."
Benito soltó una carcajada. "¿Una carrera? ¿Tú contra mí? ¡Eso es ridículo! Pero... está bien. Acepto. Te daré una lección que nunca olvidarás. Mañana al amanecer, nos encontraremos junto al gran roble. La meta será la colina de fresas. ¡Prepárate para perder, Salto!"
Salto asintió tranquilamente. "Hasta mañana, Benito."
Benito se fue saltando, riéndose y contando a todos los animales sobre la carrera. Todos estaban sorprendidos de que Salto hubiera desafiado a Benito, pero también sentían curiosidad por ver qué pasaría.
Salto, por su parte, pasó la tarde pensando en cómo podría vencer a Benito. Sabía que no podía correr más rápido que él, así que necesitaba encontrar otra forma. Tuvo una idea. Llamó a todos sus hermanos y hermanas sapos. Eran muchos, muchísimos sapos, todos parecidos a él.
"Hermanos y hermanas," dijo Salto, "Benito, el conejo, me ha desafiado a una carrera. Necesito vuestra ayuda. Necesito que os coloquéis a lo largo del camino desde el gran roble hasta la colina de fresas. Cada vez que Benito me llame, uno de vosotros debe responder: ¡Aquí estoy!"
Los sapos entendieron el plan y aceptaron ayudar a su hermano. Al amanecer siguiente, Benito y Salto se encontraron junto al gran roble. Una ardilla, llamada Rita, sería la encargada de dar la señal de salida.
"¿Estás listo para perder, Salto?" preguntó Benito, con una sonrisa burlona.
Salto no respondió, simplemente asintió con la cabeza.
Rita levantó su pequeña bandera y gritó: "¡En sus marcas, listos, fuera!"
Benito salió disparado como una flecha. Saltaba y corría a toda velocidad, dejando a Salto muy atrás. Después de un rato, Benito, confiado en su ventaja, gritó: "¡Salto! ¿Dónde estás?"
Inmediatamente, una voz respondió desde delante: "¡Aquí estoy!"
Benito se sorprendió. ¿Cómo era posible que Salto estuviera delante de él? Pensó que debía haber tropezado y no se dio cuenta. Aceleró aún más.
Unos minutos después, volvió a gritar: "¡Salto! ¿Sigues ahí?"
Y, de nuevo, una voz respondió desde más adelante: "¡Aquí estoy!"
Benito estaba cada vez más confundido y frustrado. No entendía cómo Salto podía estar siempre delante de él. Corrió con todas sus fuerzas, pero cada vez que preguntaba, la voz de Salto respondía desde más adelante.
Finalmente, Benito llegó a la colina de fresas, completamente agotado y sin aliento. Para su asombro, ¡Salto estaba sentado allí, esperándolo, con una sonrisa tranquila en su rostro!
"¿Cómo... cómo es posible?" balbuceó Benito. "Corrí lo más rápido que pude..."
Salto simplemente sonrió. "La velocidad no lo es todo, Benito. A veces, la inteligencia y la ayuda de los amigos son más importantes."
Benito miró a su alrededor y vio a muchos sapos idénticos a Salto sentados en la colina. Entonces entendió el plan de Salto. Se sintió avergonzado por su arrogancia y por haber subestimado a Salto.
"Creo que... creo que tienes razón, Salto," dijo Benito, con la cabeza baja. "He aprendido una valiosa lección hoy."
Salto se acercó a Benito y le dio una palmada en la espalda. "No te preocupes, Benito. Todos podemos aprender algo nuevo. Y tal vez, la próxima vez, podamos trabajar juntos en lugar de competir."
Benito sonrió. "Me gustaría eso, Salto."
Desde ese día, Benito y Salto se hicieron buenos amigos. Benito aprendió a ser más humilde y a valorar las cualidades de los demás. Y Salto demostró que la inteligencia y la cooperación pueden ser más poderosas que la velocidad. Y así, vivieron felices para siempre en el bosque, compartiendo fresas y aprendiendo el uno del otro.
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