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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en el corazón de la Selva de los Colores, un grupo de amigos muy peculiar. Estaba Lolo, un loro de plumas tan brillantes que parecían pintadas con arcoíris; Dante, un elefante enorme y algo torpe que siempre pedía perdón antes de pisar una flor; Mico, un mono travieso que creía que las cáscaras de plátano eran los mejores zapatos del mundo; y Bartolo, un burro muy sabio que usaba un sombrero de paja y caminaba despacito para no perderse ningún detalle del paisaje.
Una mañana soleada, Lolo volaba por lo más alto de la selva cuando divisó algo increíble. —¡Atención, amigos! ¡He visto el tesoro más grande del mundo! —gritó, aterrizando sobre la trompa de Dante, lo que hizo que el elefante estornudara con tanta fuerza que las nubes se movieron de lugar.
—¿Un tesoro? ¿Es una montaña de maní? —preguntó Dante, parpadeando con sus pestañas largas.
—¡No! ¡Es el Gran Mango de Oro! —exclamó Lolo—. Está en la cima de la Loma Resbaladiza, el árbol más alto y liso de toda la región. Es tan grande como la cabeza de Dante y brilla como el sol.
Mico, al oír la palabra 'mango', dio tres volteretas en el aire. —¡Tenemos que ir! ¡Mis tripas están tocando los tambores del hambre!
Bartolo, el burro, asintió con parsimonia. —Iremos, pero debemos tener un plan. La Loma Resbaladiza no se llama así por casualidad. Es un árbol que tiene la corteza tan suave que ni una hormiga con pegamento puede subir.
Los cuatro amigos se pusieron en marcha. Dante abría camino entre los arbustos, Bartolo caminaba con paso firme, Mico saltaba de rama en rama y Lolo dirigía la expedición desde el aire. Al llegar a la Loma Resbaladiza, se quedaron boquiabiertos. El mango era, efectivamente, gigantesco y de un color naranja dorado que hacía agua la boca.
Primero lo intentó Dante. —Yo soy el más grande, yo llegaré —dijo con confianza. Estiró su larga trompa lo más que pudo, pero el mango estaba demasiado alto. Dante intentó apoyarse en el tronco, pero sus patas resbalaron y terminó sentado en el suelo con un estrepitoso '¡PLOP!', haciendo que toda la selva temblara. —¡Ay de mí! —exclamó Dante—. Soy demasiado pesado para este árbol de cristal.
Luego fue el turno de Mico. —¡A un lado, aficionados! —gritó el mono. Corrió hacia el árbol y saltó con agilidad, pero en cuanto tocó el tronco, resbaló como si estuviera en un tobogán de jabón. Intentó subir una y otra vez, usando sus manos, sus pies y hasta su cola, pero siempre terminaba en el suelo, riéndose a carcajadas. —¡Es imposible! ¡Este árbol tiene aceite en vez de savia!
Bartolo, el burro, se acercó al tronco. —Tal vez si empujo con fuerza... —Pero Bartolo, aunque era muy fuerte, no podía trepar, y por más que pateó el suelo para impulsarse, solo consiguió levantar una nube de polvo que hizo que todos empezaran a toser.
Lolo voló hasta el mango e intentó picotear el tallo para que cayera, pero el mango era tan pesado que el pequeño loro no tenía fuerza suficiente para moverlo ni un milímetro. —¡Es demasiado pesado para mis alitas! —chilló Lolo frustrado.
Se sentaron los cuatro bajo la sombra del árbol, con las barrigas rugiendo de hambre. Fue entonces cuando Bartolo, ajustándose su sombrero de paja, tuvo una idea brillante. —Amigos, por separado somos un elefante que no llega, un mono que resbala, un loro que no tiene fuerza y un burro que no vuela. Pero, ¿y si nos convertimos en una sola criatura?
Los animales se miraron confundidos. Bartolo explicó su plan: ¡Harían una torre animal!
Primero, Dante, el más fuerte, se colocó firme junto al tronco. Sus patas eran como columnas de piedra. Luego, le pidió a Bartolo que subiera a su espalda. El burro, con mucho cuidado, trepó por la cola de Dante y se acomodó sobre su lomo. —¡Upa! —exclamó Dante aguantando el peso.
Después, Mico saltó sobre la cabeza de Bartolo, haciendo equilibrio sobre sus orejas largas. —¡Cuidado con mis sombreros! —se quejó Bartolo, pero se mantuvo quieto. Ahora, la torre era altísima, pero aún faltaba un poco. Lolo voló y se posó sobre la nariz de Mico, y desde allí, el mono pudo estirar sus brazos.
—¡Casi lo tengo! ¡Un poquito más a la izquierda, Dante! —gritaba Mico. Dante dio un pasito minúsculo. La torre se tambaleaba como gelatina. —¡Ay, ay, ay, que nos caemos! —decía Dante nerviosos.
En ese momento, Lolo comenzó a batir sus alas con todas sus fuerzas para darle estabilidad a Mico. El mono se estiró tanto que parecía un chicle, y con un último esfuerzo, ¡agarró el Gran Mango de Oro! Justo cuando lo soltó de la rama, la torre perdió el equilibrio y todos cayeron en un montón de patas, orejas y risas sobre el suave pasto.
El mango rodó por el suelo y se detuvo justo en el centro del grupo. Estaba intacto y olía de maravilla. Con mucho cuidado, Dante lo cortó en cuatro trozos perfectos con un colmillo.
—Sabe a victoria —dijo Mico con la boca llena de fruta dulce.
—Sabe a amistad —corrigió Bartolo con una sonrisa.
—Y sabe a que mañana tendremos que buscar otro —añadió Lolo, mientras Dante asentía feliz, disfrutando del mejor banquete de su vida.
Desde aquel día, en la Selva de los Colores, todos saben que no hay árbol demasiado alto ni mango demasiado pesado si tienes amigos dispuestos a formar una torre de risas para ayudarte.
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La Gran Misión del Mango Gigante
1. ¿El mango era muy pequeñito como una uva?
El mango era gigante, ¡tan grande como la cabeza del elefante Dante!
2. ¿El árbol era muy fácil de trepar y nadie se resbalaba?
El árbol se llamaba Loma Resbaladiza porque su tronco era muy liso y todos se caían.
3. ¿Los amigos hicieron una torre animal, uno encima de otro, para alcanzar el mango?
Sí, se ayudaron entre todos formando una torre para llegar a lo más alto.
4. ¿Dante el elefante se puso en la base de la torre porque era el más fuerte?
Dante se puso abajo porque sus patas eran fuertes como columnas de piedra.
5. ¿Al final, los amigos se pelearon y nadie comió mango?
¡Falso! Los amigos compartieron el mango y celebraron su gran amistad.
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