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Gratis · elegí una vozTito era un niño con la cabeza llena de estrellas. No soñaba con ser bombero ni futbolista, ¡él soñaba con ser astronauta y viajar a Marte! Pasaba horas mirando el cielo nocturno, imaginando cráteres, marcianitos verdes y la famosa arena roja del planeta. Un día, Tito decidió que no podía esperar más. ¡Él mismo construiría su propia nave espacial para llegar a Marte!
Corrió al garaje, donde su papá guardaba montones de cosas interesantes. Encontró cajas de cartón de todos los tamaños, tubos de plástico, latas vacías, y hasta una vieja sombrilla rota. "¡Esto es perfecto!", exclamó Tito, con los ojos brillantes de emoción.
Con la ayuda de su inseparable perro, Salchicha (un salchicha muy inteligente, por cierto), Tito comenzó la construcción. La caja más grande se convirtió en el cuerpo principal del cohete. Los tubos de plástico fueron las patas de aterrizaje. Las latas vacías, pintadas de plateado, se transformaron en los propulsores. Y la sombrilla rota, con un poco de cinta adhesiva, se convirtió en una antena parabólica. Salchicha, mientras tanto, observaba atentamente, moviendo la cola y ladrando de aprobación.
Tito trabajó día y noche. Dibujó paneles de control con botones imaginarios, instaló luces de colores (con pilas y bombillas que encontró en un cajón), y hasta puso una hamaca para descansar durante el largo viaje. Bautizó a su nave como "El Marciano Veloz".
Finalmente, llegó el gran día del lanzamiento. Tito invitó a todos sus amigos y vecinos a presenciar el evento. El jardín de su casa estaba lleno de gente expectante. Tito, vestido con un traje espacial hecho con un mono de trabajo de su papá y un casco de cartón, subió a "El Marciano Veloz".
"¡Atención, atención! ¡Despegue en diez, nueve, ocho...", gritó Tito, imitando la voz de un astronauta. Salchicha ladraba emocionado, saltando alrededor del cohete. "...siete, seis, cinco... ¡Motores en marcha! ¡Cuatro, tres, dos, uno... DESPEGUE!"
Tito presionó un botón imaginario y comenzó a hacer ruidos de cohete: "¡Fiuuuuuu! ¡Booooom! ¡Crackle, crackle!". "El Marciano Veloz", por supuesto, no se movió ni un centímetro. Pero Tito no se desanimó. Cerró los ojos y comenzó a imaginar que volaba a través del espacio, dejando atrás la Tierra y acercándose a Marte.
En su imaginación, vio estrellas fugaces, constelaciones brillantes y planetas de todos los colores. Se encontró con alienígenas amigables que le invitaron a tomar té con galletas espaciales. Aterrizó en Marte, donde jugó con Salchicha en la arena roja y plantó una bandera con el dibujo de un cohete.
Cuando abrió los ojos, el sol se estaba poniendo. Sus amigos y vecinos ya se habían ido, pero Salchicha seguía ahí, lamiéndole la cara. Tito se dio cuenta de que, aunque "El Marciano Veloz" no había volado de verdad, él sí había viajado a Marte, ¡en su imaginación!
A partir de ese día, Tito siguió construyendo y soñando. Sabía que, aunque construir una nave espacial de verdad era muy difícil, nunca dejaría de explorar el universo, ya fuera con cajas de cartón o con su imaginación. Y Salchicha, su fiel compañero, siempre estaría a su lado, listo para la próxima aventura.
Un día, mientras miraba las estrellas con Salchicha, Tito pensó: "Quizás, algún día, construya una nave de verdad. Pero hasta entonces, seguiré viajando a Marte... ¡en mi mente!" Y sonrió, sabiendo que la aventura más grande siempre está dentro de nosotros.
Una noche, el papá de Tito, viendo su dedicación, le regaló un telescopio. Tito ahora podía ver las estrellas y planetas aún más cerca, alimentando aún más su sueño de viajar a Marte. Y Salchicha, por supuesto, también miraba por el telescopio, intentando ladrarle a la luna.
Tito aprendió que la ciencia y la imaginación pueden ir de la mano, y que los sueños, por más grandes que sean, pueden hacerse realidad si uno trabaja con pasión y perseverancia. Y siempre recordaría su primera nave espacial, "El Marciano Veloz", como el inicio de su increíble aventura espacial.
Finalmente, Tito entendió que lo más importante no era llegar a Marte, sino disfrutar del viaje, aprender cosas nuevas y compartir sus sueños con sus amigos y con su fiel compañero, Salchicha. La verdadera aventura, pensó, era la vida misma.
Así, Tito siguió soñando con las estrellas, construyendo cohetes de cartón y viviendo una vida llena de aventuras, siempre con su imaginación volando más alto que cualquier cohete.
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