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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pequeño pueblo rodeado de montañas y bosques de pinos, una maestra llamada Beatriz. Beatriz era conocida por todos como la persona más valiente y amable de la región. Cada mañana, mucho antes de que el sol terminara de desperezarse sobre el horizonte, ella emprendía su caminata hacia la vieja escuela de madera que se alzaba en la colina más alta.
Una mañana de octubre, una niebla densa y blanca como el algodón de azúcar cubría el sendero. Beatriz caminaba con su maletín de cuero lleno de libros y tizas, escuchando el crujir de las hojas secas bajo sus pies. De repente, al llegar al viejo puente de piedra que cruzaba el arroyo, notó algo extraño. La niebla parecía arremolinarse de una forma peculiar, formando una figura alta y delgada que flotaba a unos centímetros del suelo.
Beatriz se detuvo en seco. Frente a ella, un ser pálido y translúcido la observaba con ojos grandes y melancólicos. Era un fantasma. Pero no era un fantasma aterrador como los de los cuentos de miedo; vestía una túnica desgastada que parecía hecha de jirones de nubes y tenía una expresión de profunda timidez.
—Buenos días —dijo Beatriz con una voz firme pero dulce, pues su instinto de maestra siempre se anteponía al miedo.
El fantasma dio un respingo, sorprendido de que alguien le hablara. —¡Oh! ¿Puedes verme? —preguntó con una voz que sonaba como el susurro del viento entre los sauces.
—Claro que puedo —respondió Beatriz, acomodándose las gafas—. Soy la maestra del pueblo. Me llamo Beatriz. ¿Y tú quién eres?
—Me llamo Gúmer —respondió el fantasma, bajando la mirada—. He vivido en este puente durante cien años, pero nadie me había saludado antes. Todos pasan corriendo o cierran los ojos cuando sienten mi frío.
Beatriz se acercó un poco más. Notó que Gúmer sostenía entre sus manos etéreas un trozo de papel amarillento y arrugado. —¿Te sucede algo, Gúmer? Pareces un poco triste.
El fantasma suspiró, y el aire alrededor se volvió un poco más fresco. —Es que... siempre he querido entrar a esa escuela. He escuchado las lecciones desde las ventanas durante décadas. Me sé las tablas de multiplicar y los nombres de los planetas, pero nunca he aprendido a leer este mensaje que me dejó mi abuelo.
Beatriz sintió que su corazón se ablandaba. Un alumno es un alumno, pensó, sin importar si tiene pulso o si flota.
—Bueno, Gúmer, hoy es tu día de suerte. Acompáñame a la escuela. Te enseñaré a leer ese mensaje y todo lo que quieras aprender.
Los ojos del fantasma se iluminaron con un brillo azulado. Juntos, la maestra y el espectro continuaron el camino hacia la colina. Al llegar a la escuela, los niños ya estaban esperando en la puerta. Beatriz les explicó, con la naturalidad con la que se explica una lección de geografía, que ese día tendrían un invitado especial. Al principio, los pequeños abrieron los ojos como platos y algunos se escondieron tras sus pupitres, pero pronto se dieron cuenta de que Gúmer era inofensivo y muy curioso.
Durante la clase, Gúmer se sentó en el fondo del salón. Cuando Beatriz explicaba las letras, él prestaba una atención absoluta. Descubrió que la 'A' parecía una montaña y la 'S' un camino serpenteante. Con la ayuda de la maestra, Gúmer empezó a unir los sonidos. A media mañana, finalmente pudo descifrar el papel que tanto tiempo había guardado.
El mensaje decía: 'El conocimiento es la luz que atraviesa cualquier oscuridad'.
Gúmer lloró lágrimas de purpurina invisible, emocionado por haber cumplido su sueño. Los niños, al ver su alegría, perdieron todo el miedo y se acercaron a él para mostrarle sus propios cuadernos. Gúmer les enseñó cómo hacer que sus lápices flotaran un poquito y cómo crear pequeñas corrientes de aire para refrescar el salón en las tardes de calor.
Desde aquel día, el camino a la escuela ya no fue solitario para Beatriz. Cada mañana, Gúmer la esperaba en el puente de piedra con una sonrisa transparente. Se convirtió en el asistente de la maestra y en el protector de la escuela. Los niños aprendieron que no hay que temer a lo desconocido, y Gúmer aprendió que nunca es tarde para aprender, incluso si ya no tienes un cuerpo, siempre que tengas un corazón dispuesto a llenarse de historias.
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