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Gratis · elegí una vozEmilia era una niña muy, pero muy especial. No era especial porque tuviera poderes mágicos, ni porque supiera volar. Era especial porque sus emociones eran como una montaña rusa… ¡y muy ruidosa! Un día, Emilia y su abuelo, Don Ramón, decidieron escalar la Montaña Silenciosa. Don Ramón siempre decía que la Montaña Silenciosa era el lugar perfecto para encontrar la paz interior. Pero Emilia, con sus emociones a flor de piel, no estaba muy segura.
Al principio, todo iba bien. Emilia caminaba con entusiasmo, recogiendo florecitas silvestres. De repente, tropezó con una raíz gigante. "¡Aaaay!", gritó Emilia. Pero al instante, la risa brotó de su garganta. Se reía porque, aunque le había dolido un poquito, le pareció muy gracioso haber tropezado de esa manera tan torpe. Don Ramón sonrió. Ya conocía las peculiaridades de su nieta.
Siguieron caminando, y el sol empezó a picar. Emilia sintió calor y se quejó: "¡Tengo sed! ¡Y me pican los mosquitos! ¡Y mis pies están cansados!". Empezó a lloriquear. Don Ramón se detuvo y sacó de su mochila una botella de agua fresca y unas galletas de miel. "Toma, pequeña saltamontes", dijo Don Ramón con cariño. "Un poco de agua y un bocado dulce siempre ayudan". Emilia bebió y comió, y las lágrimas se secaron rápidamente.
Después de un rato, llegaron a un claro en el bosque. Era un lugar mágico, lleno de árboles altos y flores de todos los colores. Emilia quedó maravillada. Empezó a cantar una canción inventada sobre las flores y los pájaros. Su voz, aunque no era perfecta, llenaba el aire de alegría. Don Ramón la observaba con una sonrisa en el rostro. A pesar de todo el ruido emocional, Emilia era pura felicidad.
Continuaron subiendo, y el camino se volvió más empinado. Emilia empezó a sentirse frustrada. No podía seguir el ritmo de su abuelo. "¡No puedo más!", gritó, esta vez con verdadera frustración. Se sentó en una piedra y cruzó los brazos. Don Ramón se sentó a su lado. "¿Qué te pasa, mi niña?", preguntó con suavidad.
Emilia explicó que se sentía lenta y torpe. Don Ramón la escuchó con paciencia y luego le dijo: "Emilia, la Montaña Silenciosa no es un lugar para silenciar tus emociones. Es un lugar para aprender a escucharlas. Todas las emociones son importantes, incluso la frustración. Siéntela, reconócela, y luego déjala ir".
Emilia cerró los ojos y respiró hondo. Sintió la frustración, pero también sintió el cariño de su abuelo y la belleza del bosque. Abrió los ojos y sonrió. "Tienes razón, abuelo", dijo. "Ya no estoy frustrada". Se levantó y siguió caminando, esta vez con más confianza.
De repente, escucharon un ruido extraño. "¡Grrr!", sonó entre los árboles. Emilia se asustó y gritó, ¡pero esta vez fue un grito de susto de verdad! Se abrazó a Don Ramón con fuerza. Don Ramón se echó a reír. "No te preocupes, Emilia", dijo. "Es solo mi estómago. Tengo hambre". Emilia se separó de él y también se echó a reír. El susto se había convertido en risa en un instante.
Finalmente, llegaron a la cima de la Montaña Silenciosa. La vista era impresionante. Se podía ver todo el valle, con sus ríos y sus pueblos. Emilia se quedó sin palabras. Sintió una profunda sensación de paz y alegría. Empezó a llorar, pero no eran lágrimas de tristeza, sino lágrimas de felicidad.
Don Ramón la abrazó. "¿Ves, Emilia?", dijo. "Incluso en la Montaña Silenciosa, tus emociones encuentran su lugar. No tienes que silenciarlas, solo aprender a entenderlas". Emilia sonrió. Había gritado, reído, llorado y cantado, pero al final, había encontrado algo muy valioso: la aceptación de sí misma. Y mientras bajaban de la montaña, Emilia supo que, aunque sus emociones fueran como una montaña rusa, ella era capaz de disfrutar del viaje. Y quizás, solo quizás, la Montaña Silenciosa también había aprendido algo de ella: que el ruido, a veces, puede ser muy hermoso.
Ahora, cada vez que Emilia sentía una emoción fuerte, recordaba la Montaña Ruidosa. Ya no intentaba esconder sus sentimientos, sino que los abrazaba, sabiendo que formaban parte de lo que la hacía especial.
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