Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozMartina, con sus grandes ojos marrones, miraba fijamente la ventana. Era una noche oscura, muy oscura. El viento aullaba afuera, sacudiendo las ramas de los árboles como si fueran esqueletos danzantes. Paula, su mamá, preparaba palomitas de maíz en la cocina, mientras Emiliano, su papá, intentaba arreglar la vieja lámpara del salón que parpadeaba de manera inquietante. Tito, el gato atigrado de la familia, dormitaba plácidamente en el sofá, ajeno al presentimiento que invadía a Martina.
"¿Mamá, papá? ¿Escucharon eso?" preguntó Martina, con la voz temblorosa.
Paula se acercó, secándose las manos en el delantal. "¿Escuchar qué, mi amor? Es solo el viento."
Emiliano, con un destornillador en la mano, asintió. "Sí, Martina. No te preocupes. Seguro que estás cansada. ¿Por qué no te sientas con Tito y ves un poco la tele?"
Pero Martina no estaba cansada. Estaba asustada. Desde que el sol se había puesto, sentía que algo extraño rondaba la casa. Las sombras parecían moverse por sí solas, alargándose y contorsionándose de formas imposibles. Y ahora, había escuchado un rasguño, un susurro, proveniente del ático.
"Pero papá, escuché algo arriba, en el ático", insistió Martina, señalando el techo.
Emiliano suspiró. "Martina, cariño, no hay nada en el ático. Solo cajas viejas y recuerdos. Lo revisé la semana pasada."
Paula abrazó a Martina. "Quizás fue un ratón, tesoro. Pero no te preocupes, papá es muy valiente y espantará a cualquier ratón, ¿verdad, cariño?"
Emiliano sonrió, aunque a Martina le pareció un poco forzada. "Claro que sí. Soy el mejor espantaratones del mundo. Pero primero, termino con esta lámpara, que me está volviendo loco."
La lámpara, como si respondiera a sus palabras, emitió un último parpadeo y se apagó por completo. La casa quedó sumida en una oscuridad aún más profunda, solo interrumpida por la luz de la luna que se filtraba por las ventanas.
Martina gritó. Tito se despertó de un salto, erizando el pelo del lomo. Paula encendió la linterna de su teléfono y apuntó hacia el techo. De nuevo, el rasguño. Esta vez, más fuerte, más insistente.
"¡Ahí está! ¡Lo oyen!" exclamó Martina, con lágrimas en los ojos.
Emiliano, con la linterna del teléfono de Paula, subió las escaleras que conducían al ático. Cada paso hacía crujir la madera, aumentando la tensión en el ambiente. Paula abrazó a Martina, tratando de calmarla.
Después de lo que pareció una eternidad, Emiliano bajó las escaleras. Su rostro estaba pálido. "Hay algo allá arriba", dijo, con la voz un poco temblorosa.
"¿Qué es?" preguntó Paula, conteniendo el aliento.
"No lo sé", respondió Emiliano. "Es grande y… peludo. Y hace un ruido extraño."
Martina se aferró a Paula con más fuerza. La noche se había convertido en una pesadilla. Decidieron que lo mejor era enfrentarse a lo que fuera que estuviera en el ático, juntos. Paula cogió un paraguas, Emiliano un palo de escoba y Martina, agarrada a Tito, se armó con su linterna de juguete.
Subieron las escaleras lentamente, con el corazón latiéndoles a mil por hora. Al abrir la puerta del ático, una ráfaga de aire frío les golpeó el rostro. La luz de las linternas apenas iluminaba el espacio, lleno de sombras danzantes y objetos cubiertos de polvo.
Y allí estaba. En una esquina, acurrucado entre unas cajas, algo grande y oscuro se movía. Emitía un gemido lastimero.
Emiliano apuntó con el palo de escoba. Paula levantó el paraguas. Martina encendió su linterna de juguete, que proyectaba un pequeño haz de luz tembloroso.
Se acercaron con cautela. A medida que se acercaban, la figura se hizo más clara. No era un monstruo. No era un fantasma. Era… ¡un perro! Un enorme San Bernardo, asustado y tembloroso, con una pata herida atrapada entre dos cajas.
El perro gimió de nuevo, mirando a la familia con ojos suplicantes. Martina, olvidando su miedo, corrió hacia él.
"¡Pobrecito!" exclamó, acariciando la cabeza del perro. "Está herido."
Emiliano y Paula se acercaron y examinaron la pata del perro. Estaba hinchada y sangraba un poco. Con cuidado, liberaron la pata del perro de entre las cajas.
"Debió entrar por la ventana rota", dijo Emiliano, señalando una ventana en el ático que estaba entreabierta y rota.
Paula buscó en un botiquín viejo que guardaban en el ático y encontró un poco de alcohol y vendas. Limpiaron la herida del perro y la vendaron. El perro, agradecido, lamió la mano de Martina.
Después de curar al perro, lo bajaron a la sala. Tito, al principio cauteloso, pronto se acercó y olisqueó al nuevo huésped. Terminaron durmiendo juntos en una manta en el suelo.
Esa noche, Martina durmió plácidamente, sabiendo que el monstruo del ático no era un monstruo en absoluto, sino un amigo necesitado de ayuda. La noche de terror se había convertido en una noche de rescate y amistad. Y a la mañana siguiente, pusieron un anuncio en el periódico buscando a los dueños del San Bernardo, al que Martina ya había bautizado como Sombra.
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