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En la fría y lejana Plutón, donde el sol es apenas un puntico brillante, vivían unos personajes bien particulares. Primero, estaba el Príncipe Minotauro, con su cuerpo de toro fuerte y una corona chueca que siempre se le caía. Luego, el Hombre Lobo con Cola de Caballo, que a pesar de ser medio lobo, medio caballo, era más miedoso que una cucaracha en baile. Después, el Oso Tricéfalo, con sus tres cabezas de león que siempre estaban discutiendo sobre quién rugía más fuerte. Y finalmente, el Gigante Tuerto y Cuadrupedo, un grandulón con un solo ojo que veía todo, ¡absolutamente todo!
Todos estos personajes vivían en Plutón, y todos querían lo mismo: las lunas de Plutón. ¡Eran su tesoro! Cada luna tenía un pedacito de tierra especial, con rocas brillantes, cristales de hielo relucientes, y unas flores extrañas que brillaban en la oscuridad. Cada uno pensaba que merecía quedarse con todas las lunas, ¡toditas, toditas!
"¡Yo soy el Príncipe!", bramaba el Minotauro. "¡Las lunas son mías por derecho! ¡Construiré un palacio de hielo y me sentaré en mi trono lunar!" Y daba pisotones que hacían temblar la tierra plutoniana.
"¡Pero yo soy el más rápido!", aullaba el Hombre Lobo con Cola de Caballo, moviendo su colita nerviosamente. "¡Correré alrededor de las lunas y reclamaré cada pedacito para mí! ¡Nadie me alcanzará!" Pero en realidad, correr le daba mucho susto.
"¡Rooooar! ¡Rooooar! ¡Rooooar!", rugían las tres cabezas del Oso Tricéfalo. "¡Nosotros somos tres! ¡Tres veces más inteligentes y tres veces más fuertes! ¡Las lunas nos pertenecen para rugir sobre ellas!" Cada cabeza quería una luna entera para sí misma, y la discusión era interminable.
"¡Yo soy el más grande!", gritaba el Gigante Tuerto y Cuadrupedo, estirando sus cuatro piernas como si fueran grúas. "¡Con mi ojo gigante puedo ver todas las lunas a la vez! ¡Todas son mías, toditas!" Y daba unos pasos lentos, pero gigantescos, que hacían temblar hasta las piedras más pequeñas.
Y así, la pelea por las lunas de Plutón era constante. Se empujaban, se gritaban, se hacían zancadillas. El Príncipe Minotauro embestía con sus cuernos, el Hombre Lobo con Cola de Caballo intentaba morder (pero le daba pena), el Oso Tricéfalo rugía hasta quedarse sin aire, y el Gigante Tuerto y Cuadrupedo amenazaba con aplastarlos a todos. ¡Era un caos total!
Un día, mientras se peleaban por la luna más pequeña, Carontecito, el Príncipe Minotauro tropezó y cayó de bruces. El Hombre Lobo con Cola de Caballo, asustado, se escondió detrás del Oso Tricéfalo, que a su vez, se tropezó con una de las cuatro piernas del Gigante Tuerto y Cuadrupedo. ¡Todos cayeron al suelo, enredados como un plato de espaguetis lunares!
Desde el suelo, en medio del enredo, el Gigante Tuerto y Cuadrupedo, con su único ojo, vio algo que los demás no habían notado: una flor brillante, más hermosa que todas las demás, estaba a punto de marchitarse por la pelea. La flor necesitaba agua, ¡y pronto!
"¡Esperen!", gritó el Gigante Tuerto y Cuadrupedo con su vozarrón. "¡Miren la flor! ¡Se está muriendo por nuestra culpa!" Los demás, sorprendidos, dejaron de pelear y miraron la flor. Era verdad, la flor se veía triste y marchita.
El Príncipe Minotauro, avergonzado, dijo: "¡Tienes razón! Somos unos tontos. En lugar de pelear, deberíamos ayudar a la flor".
El Hombre Lobo con Cola de Caballo, tímidamente, sugirió: "Tal vez... tal vez podríamos compartir las lunas. Cada uno se quedaría con un pedacito y cuidaría de las flores".
Las tres cabezas del Oso Tricéfalo, después de pensarlo mucho, asintieron. "¡Rooooar! ¡Rooooar! ¡Rooooar! ¡Sí, compartamos! ¡Así tendremos más flores para rugirles!"
Y así lo hicieron. Decidieron dividir las tierras de las lunas en cuatro partes iguales. Cada uno se quedó con un pedacito de cada luna y se comprometió a cuidar de las flores, las rocas brillantes, y los cristales de hielo. El Príncipe Minotauro aprendió a regar las flores con cuidado, el Hombre Lobo con Cola de Caballo las protegió del viento, el Oso Tricéfalo les cantó canciones para que crecieran fuertes, y el Gigante Tuerto y Cuadrupedo las iluminó con su sombra cuando el sol era demasiado fuerte.
¡Y así, la pelea plutoniana se transformó en una amistad lunar! Aprendieron que compartir era mucho mejor que pelear, y que juntos podían cuidar de su tesoro lunar mucho mejor que solos. Y las flores, por supuesto, florecieron más brillantes y hermosas que nunca. Desde ese día, Plutón se convirtió en el planeta más feliz y brillante del sistema solar, ¡aunque estuviera tan lejos!
Y colorín colorado, este cuento plutoniano se ha acabado. Recuerden, amiguitos, compartir es vivir, ¡y pelear es un aburrimiento!
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