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Gratis · elegí una vozLa Princesa Ariana vivía en un castillo gigante, con torres altísimas que tocaban las nubes. Tenía vestidos de seda brillante y coronas relucientes, pero su mejor amigo era Pulga, un perro pequeño y peludo con una cola que no paraba de moverse. Pulga no era un perro real, ni siquiera un perro de raza. Era un perro callejero que Ariana había encontrado un día perdido en el jardín del castillo. Desde entonces, eran inseparables.
Pulga era pequeño, ¡muy pequeño! Casi tan pequeño como, bueno, una pulga. De ahí su nombre. Tenía el pelo marrón revuelto y las orejas grandes que se le caían hacia los lados. Le encantaba ladrar a las mariposas y perseguir ardillas en el jardín del castillo. Ariana y Pulga pasaban horas jugando al escondite entre los rosales y corriendo por los laberintos de setos.
Un día, la Reina, la madre de Ariana, anunció que iba a dar una gran fiesta. Todos los príncipes y princesas de los reinos vecinos estaban invitados. Ariana no estaba emocionada. Las fiestas eran aburridas. Tenía que sonreír, saludar y hablar de cosas sin importancia. Prefería mil veces jugar con Pulga.
"¡Qué aburrimiento!", suspiró Ariana, mientras la doncella le peinaba el pelo con mucho cuidado. Pulga, que estaba sentado a sus pies, lamió su mano en señal de consuelo. Ariana le acarició la cabeza. "Ojalá pudiéramos escapar de esta fiesta, Pulga".
Como si el universo la hubiera escuchado, de repente, una ráfaga de viento abrió la ventana de par en par. Un mapa antiguo, enrollado y atado con una cinta de seda, salió volando y aterrizó justo a los pies de Ariana. Era un mapa del tesoro.
"¡Mira, Pulga!", exclamó Ariana. "¡Un mapa del tesoro! Quizás podamos encontrar una aventura después de todo".
El mapa mostraba un camino secreto que conducía a través del bosque encantado, pasando por el río de los susurros y llegando a la cueva del dragón dormido. Al final del camino, marcado con una X roja, se encontraba el tesoro.
Ariana, decidida a escapar de la fiesta, se puso su capa de montar favorita y guardó el mapa en su bolsillo. Pulga, emocionado por la aventura, ladró con entusiasmo y saltó a sus brazos. Juntos, se escabulleron por la puerta trasera del castillo, dejando atrás la música y los bailes.
El bosque encantado era un lugar misterioso, lleno de árboles altos y sombras danzantes. Pulga, con su pequeño tamaño, se movía ágilmente entre las raíces de los árboles, guiando a Ariana. De repente, escucharon un susurro. Era el río de los susurros, cuyas aguas murmuraban secretos a todo aquel que se acercaba.
"Para cruzar el río", susurró el río, "debes responder a mi acertijo: ¿Qué tiene ojos pero no puede ver?".
Ariana pensó por un momento. Pulga lamió su mano, como si la estuviera animando. "¡Una aguja!", exclamó Ariana.
El río se calmó y les permitió cruzar. Continuaron su camino hasta llegar a la cueva del dragón dormido. La cueva era oscura y fría, y olía a azufre. Ariana sintió un poco de miedo, pero Pulga, valiente como siempre, ladró con valentía y se adentró en la cueva.
Allí, en el centro de la cueva, dormía un dragón gigante. Roncaba suavemente, y de su boca salía un hilo de humo. Al lado del dragón, brillaba un cofre lleno de tesoros: joyas, monedas de oro y piedras preciosas.
Ariana y Pulga se acercaron al cofre con cuidado. De repente, el dragón se movió. Abrió un ojo y los miró fijamente.
"¿Quién se atreve a perturbar mi sueño?", rugió el dragón.
Ariana, asustada pero decidida, se adelantó. "No queremos robar su tesoro, señor dragón", dijo. "Solo queríamos una aventura".
El dragón la miró con curiosidad. "¿Una aventura?", repitió. "Hace mucho tiempo que nadie busca una aventura. Todos solo quieren mi tesoro".
Ariana le contó al dragón sobre la fiesta aburrida y su deseo de explorar el mundo. Pulga ladró en señal de aprobación.
El dragón sonrió, mostrando sus enormes dientes. "Está bien", dijo. "Pueden quedarse con una joya del cofre, pero a cambio, deben prometerme que vivirán una vida llena de aventuras".
Ariana y Pulga aceptaron la promesa. Ariana eligió una pequeña piedra azul brillante del cofre y se la guardó en el bolsillo. Luego, agradecieron al dragón y regresaron al castillo.
Cuando Ariana regresó a la fiesta, la música seguía sonando y la gente seguía bailando. Pero para Ariana, todo era diferente. Tenía una aventura en su corazón y una piedra mágica en su bolsillo. Y sabía que, junto con Pulga, viviría muchas más aventuras en el futuro.
Desde esa noche, Ariana y Pulga continuaron explorando el mundo, descubriendo lugares nuevos y conociendo gente interesante. Nunca olvidaron su promesa al dragón: vivir una vida llena de aventuras. Y así, la princesa Ariana, con su pequeño perro Pulga, demostró que la verdadera riqueza no está en las coronas y los vestidos de seda, sino en la amistad y la valentía de explorar lo desconocido.
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