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En una tierra muy lejana, donde los ríos cantaban melodías secretas y los árboles susurraban cuentos antiguos, una princesa llamada Isabella disfrutaba de la brisa fresca de la tarde afuera del palacio de su familia. Ella llevaba consigo una pequeña bola dorada que era su posesión más preciada. Era lisa y brillante, y cuando la sostenía, sentía que podía lograr cualquier cosa.
Mientras jugaba, la arrojó tan alto que perdió vista de ella. El corazón le dio un vuelco al ver que la bola rodaba colina abajo, directo hacia el estanque de los lirios. ¡Splash! La bola dorada desapareció bajo la superficie. La princesa comenzó a llorar desconsoladamente. Grandes lágrimas saladas rodaban por sus mejillas rosadas, dejando un rastro brillante a su paso. Se sentía como si hubiera perdido una parte de sí misma.
Entonces, una pequeña rana de color esmeralda salió del estanque saltando. Tenía grandes ojos dorados y una sonrisa peculiar.
—¿Qué pasa bella princesa? —preguntó la rana, con su voz suave y ronca.
La princesa se enjugó las lágrimas con la manga de su vestido y dijo con la voz temblorosa:
—Mi bola dorada favorita está perdida en el fondo del estanque, y nada me la devolverá. Era lo más valioso que tenía.
La rana intentó consolar a la princesa, moviendo su cabeza de un lado a otro. Le aseguró que podía recuperar la bola dorada si ella le concedía un solo favor. Sus ojos brillaban con una extraña intensidad.
—¡Cualquier cosa! ¡Te daré todas mis joyas, puñados de oro y hasta mis vestidos! —exclamó la princesa, desesperada por recuperar su juguete.
La rana sacudió la cabeza con firmeza. —No tengo necesidad de riquezas, princesa. A cambio, solo pido que me permitas comer de tu plato y dormir en tu habitación.
La idea de compartir el plato y la habitación con una rana desagradó muchísimo a la princesa. ¡Qué asco! Pero la desesperación era más fuerte que su disgusto. Aceptó, pensando que la rana jamás encontraría el camino al palacio. Era un estanque grande y el palacio estaba lejos.
—Está bien, lo prometo —dijo la princesa, cruzando los dedos a sus espaldas.
La rana sonrió, mostrando una hilera de diminutos dientes blancos. Se sumergió en el estanque y, en un abrir y cerrar de ojos, había recuperado la bola. La princesa la tomó rápidamente y corrió de vuelta al palacio, sintiéndose aliviada de haber terminado con ese extraño encuentro.
A la mañana siguiente, mientras la princesa desayunaba con su familia, escuchó un golpe en la puerta. ¡Toc, toc, toc! La princesa frunció el ceño. ¿Quién podría ser tan temprano?
—¡Ábrela! —ordenó el rey, sin levantar la vista de su plato.
Un criado abrió la puerta y allí estaba… ¡la rana! Esperándola en la puerta del palacio, sentada sobre sus ancas.
—He venido a reclamar lo prometido —dijo la rana, con su voz ronca y suave.
Al escuchar esto, la princesa corrió hacia su padre, llorando y contándole lo sucedido. Cuando el amable rey se enteró de la promesa, dijo con voz seria:
—Una promesa es una promesa, Isabella. Debes cumplirla. Ahora, debes dejar que la rana se quede aquí.
La princesa estaba muy enojada y avergonzada, pero no tuvo otra opción que dejar quedar a la rana. Fue así como la rana comió de su plato (¡y hacía ruidos muy extraños al masticar!) y durmió en su almohada (¡dejando todo lleno de baba!).
Al final de la tercera noche, la princesa, cansada de la presencia del huésped indeseable, se levantó de la cama y, con mucho cuidado, tiró la rana al piso. ¡Plop! La rana la miró con sus grandes ojos dorados.
—¡Ya no te soporto! —exclamó la princesa, cruzada de brazos.
Entonces la rana le propuso un trato:
—Si me das un beso, desapareceré para siempre —dijo la rana, con una voz llena de esperanza.
La princesa estaba muy asqueada. ¡Besar a una rana! ¡Qué horror! Pero la idea de deshacerse de ella para siempre era demasiado tentadora. Con la cara arrugada por el asco, plantó un beso rápido en la frente huesuda de la rana y exclamó:
—He cumplido con mi parte, ahora márchate inmediatamente.
De repente, una nube de humo blanco inundó la habitación. La princesa tosió y se cubrió los ojos. Cuando el humo se disipó, para sorpresa de la princesa, la rana ¡ya no estaba allí! En su lugar, había un apuesto príncipe de ojos azules y cabello dorado. Estaba vestido con ropas finas y tenía una mirada triste en su rostro.
Resultó que la rana era realmente un príncipe atrapado por la maldición de una bruja malvada. Su beso lo había liberado de una vida de soledad y tristeza. La princesa y el príncipe se hicieron amigos al instante. Descubrieron que compartían el amor por la aventura, los cuentos de hadas y la música.
Después de unos años, su amistad se convirtió en algo más. Se enamoraron profundamente. Se casaron en una gran ceremonia y vivieron felices para siempre, gobernando su reino con sabiduría y bondad. Y la princesa nunca olvidó la lección que aprendió sobre la importancia de cumplir las promesas, incluso las que parecen imposibles de cumplir.
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