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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un castillo tan hermoso que parecía hecho de azúcar y canciones, una pequeña princesa llamada Lalis. Lalis tenía dos hermanos mayores, Héctor y Néstor, siempre listos para una aventura, y una hermana, Karla, que amaba contar historias. Pero Lalis, con sus ojos brillantes como estrellas fugaces, soñaba con explorar el mundo más allá de las murallas del castillo.
Un día soleado, mientras sus hermanos jugaban a los caballeros y Karla recitaba poemas en el jardín, Lalis, con el corazón lleno de curiosidad, salió sin permiso del castillo. Caminó y caminó, dejando atrás los jardines cuidados y los caminos de piedra, hasta que se encontró en un bosque profundo y misterioso. Los árboles eran altos y susurraban secretos al viento, las flores brillaban con colores que nunca había visto, y los pájaros cantaban melodías desconocidas.
Pero pronto, el sol comenzó a esconderse detrás de las montañas, y el bosque se volvió oscuro y amenazante. Lalis se dio cuenta de que se había perdido. El miedo le apretó el corazón, y lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Recordó las historias que Karla le contaba sobre los lobos hambrientos y las brujas malvadas que vivían en el bosque.
Mientras tanto, en el castillo, los reyes, los padres de Lalis, notaron su ausencia. La preocupación se apoderó de ellos como una sombra. Inmediatamente, mandaron a todos los guardias del reino a buscar a la pequeña princesa. Los guardias, con sus armaduras brillantes y sus espadas relucientes, recorrieron cada rincón del bosque, gritando el nombre de Lalis.
Después de horas de búsqueda, un guardia la encontró. Lalis estaba sentada en medio del bosque, en un claro bañado por la luz de la luna. Había un pequeño tronco de árbol, y sus papás siempre le habían dicho, en caso de que se perdiera, que se sentara allí y esperara hasta que ellos llegaran. Pero Lalis estaba profundamente dormida. No era un sueño ligero y pasajero, sino un sueño profundo y pesado, como si el bosque mismo la hubiera abrazado en un sueño mágico.
Los guardias, con cuidado, la tomaron en brazos y la llevaron de vuelta al castillo. Al llegar, la depositaron en su cama de seda, donde sus padres la esperaban con el corazón en un puño.
Cuando Lalis despertó, vio a su padre, el rey, sentado a su lado. Su rostro, normalmente lleno de alegría, estaba ahora marcado por la preocupación.
"Lalis," le dijo el rey con voz suave pero firme, "no debiste salir del castillo sin permiso. Todos estábamos muy preocupados por ti. El bosque es un lugar peligroso para una niña pequeña."
Lalis bajó la mirada, sintiéndose culpable. Sabía que había hecho algo malo, pero la curiosidad había sido más fuerte que ella.
"Ahora," continuó el rey, "es momento de despertar de verdad."
Y entonces, Lalis abrió los ojos. Pero no se encontraba en su cama de seda en el castillo. Estaba en una casa acogedora, llena de luz y risas. Un pequeño bebé, de unos dos años, gateaba por el suelo, tratando de alcanzar un juguete. Un hombre, con una sonrisa amable, la miraba con cariño.
Lalis se miró las manos. Ya no eran las manos pequeñas de una niña, sino las manos de una mujer adulta. Tenía treinta años. El hombre sonriente era su esposo, y el bebé que gateaba era su hijo. El castillo, los guardias, el bosque... todo había sido un sueño.
Pero, ¿por qué había soñado con su infancia? ¿Por qué había vuelto a ser la pequeña princesa Lalis?
Entonces lo entendió. Cada vez que iba a visitar a sus padres, a su amado castillo, volvía a ser niña en su corazón. El amor incondicional de sus padres, el calor de su hogar, la transportaban de nuevo a esa época feliz y despreocupada. El sueño era un reflejo de ese sentimiento, una manera de aferrarse a la magia de su infancia.
Lalis abrazó a su esposo y besó a su bebé, agradecida por la vida que tenía. Sabía que, aunque el tiempo pasara y ella creciera, una parte de ella siempre sería la pequeña princesa Lalis, perdida en el bosque de los sueños olvidados, pero siempre amada y protegida por sus padres.
Y cada vez que volvía a casa, a su verdadero hogar, sabía que volvería a soñar con el bosque y el castillo, y se sentiría, una vez más, como una niña pequeña, llena de amor y felicidad.
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