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Gratis · elegí una vozTito tenía cinco años y una imaginación del tamaño de una sandía gigante. Pero su mayor secreto eran sus dos amigos. No eran amigos normales, ¡no señor! Eran calcetines. Uno era azul con rayas amarillas, lo llamaba Rayitas. El otro, rojo con lunares blancos, se llamaba Lunarcitos.
Rayitas era el aventurero. Siempre estaba listo para explorar el jardín, escalar montañas de almohadas y navegar en mares de sábanas. Lunarcitos, en cambio, era el pensador. Le encantaba contar estrellas de confeti, resolver acertijos de crayones y construir castillos de bloques.
Un día soleado, Tito estaba en el jardín con Rayitas y Lunarcitos. "¡Hoy vamos a buscar el tesoro del pirata Barba Calceta!", anunció Tito, con los ojos brillantes de emoción. Rayitas, hecho un calcetín-loco, saltó de alegría. Lunarcitos, más prudente, preguntó: "¿Y dónde está el mapa del tesoro, Tito?".
Tito sacó un dibujo arrugado de su bolsillo. Era un mapa hecho con crayones de todos los colores. "¡Aquí está!", exclamó. El mapa mostraba un gran árbol (el manzano del jardín), una roca redonda (la maceta de la abuela) y un río brillante (la manguera).
"¡Sigamos el mapa!", gritó Rayitas, corriendo hacia el manzano. Tito y Lunarcitos lo siguieron, riendo. Bajo el manzano, encontraron una pista: una hoja escrita con letras temblorosas. "Para encontrar la siguiente pista, busca donde la abuela cultiva flores con amor."
"¡La maceta de la abuela!", exclamó Lunarcitos. Corrieron hacia la maceta, donde encontraron otra pista: una mariquita de juguete con un mensaje enrollado en su espalda. "Para llegar al tesoro, donde el agua corre y las plantas se refrescan debes buscar."
"¡La manguera!", gritó Tito. Llegaron a la manguera, donde encontraron una pequeña caja de madera enterrada a medias en la tierra. Con manos temblorosas, Tito la abrió. Dentro, no había oro ni joyas, sino… ¡galletas de chocolate!
"¡El tesoro!", gritó Rayitas, dando saltos mortales. Lunarcitos sonrió. "¡Galletas de chocolate! El pirata Barba Calceta tenía buen gusto". Tito repartió las galletas entre Rayitas, Lunarcitos y él. Se sentaron bajo el manzano, disfrutando del tesoro.
Al día siguiente, Tito decidió construir un castillo para Rayitas y Lunarcitos. Usó cajas de cartón, almohadas y mantas. Rayitas decoró las murallas con pegatinas de estrellas, mientras que Lunarcitos diseñó un intrincado sistema de puentes levadizos con hilo y pinzas de la ropa.
De repente, escucharon un ruido. Era la mamá de Tito. "¡Tito! ¿Qué estás haciendo? ¡La casa parece un campo de batalla!". Tito se asustó. ¿Qué diría su mamá si viera a Rayitas y Lunarcitos? Eran su secreto.
Pero entonces, la mamá de Tito sonrió. "¡Qué castillo tan bonito! ¿Puedo unirme a la diversión?". Tito se sorprendió. "¿De verdad?". Su mamá asintió. "Claro. Pero primero, tenemos que ordenar un poco".
Tito, Rayitas y Lunarcitos (con la ayuda de la mamá de Tito) ordenaron el desorden. Luego, juntos, terminaron de construir el castillo. La mamá de Tito les contó historias de dragones y princesas, y Rayitas y Lunarcitos añadieron sus propias ideas fantásticas.
Esa noche, antes de dormir, Tito abrazó a Rayitas y Lunarcitos. "Gracias por ser mis amigos", les susurró. Rayitas le dio un cosquilleo con su raya amarilla, y Lunarcitos le guiñó un ojo con su lunar blanco. Tito sonrió. Sabía que, aunque nadie más pudiera verlos, Rayitas y Lunarcitos siempre estarían ahí para él, listos para nuevas aventuras calcetiniles. Y ahora, ¡con la mamá de Tito también!
Un día, la abuela de Tito lo visitó. Tito estaba jugando a las escondidas con Rayitas y Lunarcitos. La abuela se sentó en una silla y observó a Tito correr por el jardín. De repente, Tito tropezó y cayó. La abuela corrió a ayudarlo.
"¿Estás bien, mi niño?", preguntó la abuela, preocupada. Tito asintió, pero se había raspado la rodilla. Lunarcitos saltó de su bolsillo y le dio un beso en la rodilla. Rayitas le ofreció su raya amarilla para que se secara las lágrimas.
La abuela sonrió. "Veo que tienes buenos amigos que te cuidan", dijo. Tito la miró, sorprendido. ¿Podía verlos? La abuela se rió. "Claro que sí. Todos tenemos amigos especiales, algunos los vemos con los ojos, otros con el corazón". Tito abrazó a su abuela. Sabía que, incluso si no los veía de la misma manera, su abuela entendía a Rayitas y Lunarcitos.
Tito se dio cuenta de que no importaba si sus amigos eran de calcetines o de carne y hueso. Lo importante era la amistad, la imaginación y el amor. Y con Rayitas, Lunarcitos y su familia, Tito tenía todo eso y mucho más.
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