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Gratis · elegí una vozEn un pueblecito llamado Risueñolandia, vivían cuatro amigas jubiladas que eran más divertidas que un payaso con cosquillas. Se llamaban Doña Pepita, Doña Rosita, Doña Carmencita y Doña Hortensia. Cada martes, se reunían en el Café Cotilleo para compartir sus aventuras (y desventuras) de la semana.
Doña Pepita, con su pelo rosa chicle y gafas de sol con estrellitas, era la más picante del grupo. Vendía “artículos para la alegría” –como ella los llamaba– en su tienda online, “Pepita’s Placeres”. Aunque a veces se le escapaba algún comentario subidito de tono, las otras la querían igual.
“¡Ay, chicas, esta semana he vendido un vibrador con forma de unicornio que ilumina la noche! ¡Un éxito total!”, exclamaba Pepita, mientras las otras reían a carcajadas. Doña Rosita, siempre con su delantal lleno de manchas de comida y una sonrisa dulce, era la abuela más solicitada de Risueñolandia. Cuidaba a sus cinco nietos, que eran como pequeños terremotos en miniatura.
“¡Hoy me han pintado la cara con rotuladores permanentes! ¡Y después, han intentado dar de comer puré de brócoli al perro!”, contaba Rosita, suspirando con cariño. “Pero los quiero con locura, aunque a veces me agoten la paciencia”.
Doña Carmencita, siempre bronceada y con un sombrero de ala ancha, era la viajera empedernida del grupo. Cada semana, llegaba con una historia nueva de algún lugar exótico del mundo.
“¡Esta semana he estado en la India! He montado en elefante, he comido curry picantísimo y he aprendido a bailar Bollywood!”, decía Carmencita, moviendo las caderas al ritmo de una música imaginaria. “¡Es una maravilla descubrir culturas nuevas!”.
Pero la que siempre llegaba con una nube negra sobre la cabeza era Doña Hortensia. Desde que su marido, Don Ramón, se había jubilado, no lo soportaba. Antes, solo lo veía por las noches, ¡pero ahora lo tenía en casa las 24 horas del día!
“¡Me está volviendo loca! ¡No para de roncar, de ver el fútbol y de pedirme croquetas!”, se quejaba Hortensia, poniendo los ojos en blanco. “¡Echo de menos cuando se iba a la oficina!”.
Un martes, mientras las amigas tomaban café y compartían sus historias, Hortensia tuvo una idea. “¡Ya sé! ¡Voy a apuntar a Ramón a clases de yoga! ¡Así se relaja y deja de roncar!”, exclamó.
Las otras la miraron con incredulidad. “¿Yoga? ¿Ramón?”, preguntó Pepita, riendo. “¡No me lo imagino!”.
Pero Hortensia estaba decidida. Al día siguiente, inscribió a Don Ramón en la clase de yoga del centro cívico. Al principio, Ramón se resistió. “¡Yoga! ¡Eso es para chicas!”, protestó. Pero Hortensia lo convenció con la promesa de prepararle sus croquetas favoritas.
La primera clase de yoga de Ramón fue un desastre. Se durmió durante la meditación, se cayó al intentar hacer el saludo al sol y confundió la postura del perro boca abajo con un estiramiento normal. Pero, poco a poco, Ramón empezó a disfrutar del yoga. Se relajó, dejó de roncar tanto y hasta empezó a ayudar a Hortensia con las tareas de la casa.
Un martes, cuando las amigas se reunieron en el Café Cotilleo, Hortensia llegó radiante. “¡El yoga ha funcionado! ¡Ramón es otro hombre! ¡Ahora es más tranquilo, más atento y hasta me prepara el desayuno!”, contó.
Las otras la felicitaron y brindaron con sus cafés. “¡Ves! ¡Siempre hay solución para todo!”, dijo Rosita, sonriendo. “¡Incluso para un marido insoportable!”, añadió Pepita, guiñando un ojo.
Esa tarde, las cuatro amigas se fueron del Café Cotilleo riendo a carcajadas. Habían compartido sus alegrías, sus penas y sus ocurrencias, demostrando que la amistad es el mejor remedio para cualquier problema… ¡y que la jubilación puede ser la etapa más divertida de la vida!
Desde entonces, cada martes se reunían con más ganas, listas para compartir las nuevas aventuras que la vida les deparaba. Doña Pepita seguía vendiendo sus “artículos para la alegría”, Doña Rosita lidiaba con sus nietos terremoto, Doña Carmencita exploraba nuevos rincones del mundo y Doña Hortensia disfrutaba de un Don Ramón renovado gracias al yoga. ¡Y todas juntas, hacían de Risueñolandia un lugar aún más feliz!
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