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Había una vez un niño llamado Leo que tenía una imaginación tan grande como el cielo nocturno. Sin embargo, cuando llegaba la hora de dormir, esa misma imaginación le jugaba malas pasadas. En cuanto su mamá apagaba la luz y cerraba la puerta con un suave «buenas noches, tesoro», las sombras de su habitación cobraban vida. La percha de la ropa se transformaba en un gigante de brazos largos, y la silla con los libros parecía un ogro encorvado esperando el momento de saltar.
Pero lo peor de todo era la Sombra Gigante que aparecía en la pared frente a su cama. Tenía cuernos puntiagudos, una espalda encorvada y lo que parecían ser garras afiladas. Leo se escondía bajo sus mantas, sintiendo que su corazón latía como un tambor desbocado. «Si no la miro, no me verá», pensaba siempre, apretando los ojos con fuerza hasta que el sueño finalmente lo vencía.
Una noche, mientras el viento soplaba suavemente contra el cristal de la ventana, Leo decidió que ya había tenido suficiente. Estaba cansado de tener miedo. Recordó lo que su abuelo siempre decía: «El miedo es como un globo; cuanto más aire le das con tus pensamientos, más grande se vuelve». Leo respiró hondo, estiró el brazo y agarró su linterna de explorador que guardaba debajo de la almohada.
—¡Basta ya! —susurró con voz temblorosa pero decidida.
Con un clic firme, encendió la linterna y dirigió el haz de luz directamente hacia la Sombra Gigante. Lo que vio lo dejó sin aliento, pero no de terror, sino de pura sorpresa. En lugar de un monstruo aterrador, la luz reveló a una criatura diminuta, no más grande que una manzana, sentada sobre su mesa de noche. El pequeño ser era redondo y peludo, con ojos grandes y brillantes como dos canicas de ámbar. Lo más curioso era que sostenía una pequeña lente de aumento hecha de cristal frente a la luz de la luna que entraba por la ventana.
La criatura, al verse descubierta, dio un salto de susto y dejó caer la lente. Al instante, la Sombra Gigante en la pared desapareció, dejando solo la pequeña silueta del ser peludo.

—¡Oh, no! —chilló la criatura con una voz que sonaba como el tintineo de unas campanillas—. ¡Me has encontrado! ¡Por favor, no me comas, humano gigante!
Leo parpadeó, confundido. —¿Que yo te coma? ¡Si yo era el que estaba asustado de ti! Pensé que eras un monstruo de tres metros con ganas de cenar niños.
El pequeño ser se sentó y suspiró, alisándose el pelo azulado de su barriga. —Me llamo Pipo. Soy un Proyector de Sombras. Verás, los de mi especie somos muy, muy pequeños, y el mundo de los humanos nos parece aterrador. Usamos estas lentes mágicas para proyectar sombras enormes y así mantener a los gigantes como tú alejados de nosotros. Si parecemos peligrosos, nadie intentará molestarnos.
Leo se sentó en la cama, dejando caer la manta. La Sombra Gigante que tanto lo había atormentado no era más que el truco de un ser que tenía tanto miedo como él. Se sintió un poco tonto, pero sobre todo sintió una gran oleada de alivio.
—Pero Pipo, yo no quería hacerte daño —dijo Leo con suavidad—. Solo quería dormir tranquilo sin pensar que algo me iba a atrapar.
—¿En serio? —preguntó Pipo, asomando la cabeza desde detrás de un despertador—. ¿No eres un cazador de sombras nocturnas?

—Claro que no. Soy solo Leo. Y me gusta leer cuentos y comer galletas de avena.
Pipo se acercó al borde de la mesa, mirando a Leo con curiosidad. —A mí también me gustan las galletas. Aunque una sola galleta me dura una semana entera.
Esa noche, Leo y Pipo hablaron durante mucho tiempo. Pipo le explicó cómo las sombras cambian de forma según la luz y cómo los ruidos extraños de la casa eran solo las maderas crujiendo por el cambio de temperatura. Leo, por su parte, le mostró a Pipo sus dibujos y le prometió que, a partir de ahora, su habitación sería un lugar seguro para ambos.
Para sellar su amistad, Leo buscó una pequeña caja de madera donde guardaba sus canicas más bonitas. La vació y colocó dentro un trozo de tela suave y un tapón de botella lleno de agua. —Este puede ser tu refugio, Pipo. Así no tendrás que usar tu lente para asustarme.
Pipo estaba encantado. Se mudó a la caja de madera y, como agradecimiento, usó su lente mágica para proyectar hermosas figuras de estrellas y constelaciones en el techo de la habitación, convirtiendo el cuarto de Leo en un planetario privado.
Leo se acostó de nuevo, pero esta vez no se tapó la cara con las mantas. Miró las estrellas que bailaban sobre su cabeza y escuchó la respiración tranquila de su nuevo amigo. Se dio cuenta de que el miedo, cuando lo miras de frente y tratas de entenderlo, se vuelve pequeño, tan pequeño que incluso puedes hacerlo tu amigo.
Desde aquel día, Leo nunca más temió a la oscuridad. Sabía que las sombras eran solo historias esperando ser contadas y que, a veces, lo que más nos asusta es simplemente algo pequeño que también busca un poco de compañía y seguridad. Y así, bajo un cielo de sombras amigas, Leo se quedó profundamente dormido con una sonrisa en los labios.
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