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Leo era un niño de siete años con una imaginación tan grande como un campo de fútbol. Le encantaba dibujar monstruos amigables, inventar canciones sobre robots bailarines y contar chistes que solo él entendía. Pero, a pesar de su espíritu aventurero, Leo sentía un cosquilleo de miedo cada vez que pensaba en el liceo. No era un miedo a los exámenes ni a las tareas, sino un miedo… diferente.
El Liceo San Risueño, con sus muros altos y ventanas que parecían ojos vigilantes, tenía una fama peculiar. Los niños decían que el liceo "robaba las risas". No literalmente, claro, pero desde que entrabas por sus puertas, las carcajadas y los juegos parecían desvanecerse. Los pasillos se volvían silenciosos, los recreos menos bulliciosos, y hasta los profesores parecían sonreír menos.
El primer día de clases, Leo entró al liceo con el corazón latiéndole como un tambor. Intentó sonreír a sus compañeros, pero todos parecían absortos en sus propios pensamientos, con miradas ligeramente preocupadas. La clase comenzó y la maestra, Doña Esperanza, aunque amable, parecía tener una sombra de tristeza en sus ojos.
Durante el recreo, Leo buscó a sus amigos. Los encontró sentados en silencio, jugando con piedritas en lugar de correr y gritar como solían hacer. "¿Qué pasa?", preguntó Leo, sintiendo el miedo apretarle el estómago.
"El liceo… nos está quitando la alegría", dijo Sofía, su mejor amiga, con un susurro. "Ya no tengo ganas de reír".
Leo no podía permitirlo. ¡Su misión era devolver la alegría al Liceo San Risueño! Esa noche, en su habitación, Leo trazó un plan. Necesitaba encontrar la fuente de la tristeza, el lugar donde el liceo "guardaba" las risas robadas.
Al día siguiente, Leo se armó de valor. Durante la clase de matemáticas, cuando Doña Esperanza se dio la vuelta para escribir en la pizarra, Leo discretamente sacó su libreta de dibujos y comenzó a dibujar un mapa del liceo. Dibujó los salones de clase, la biblioteca, el patio de juegos… y un pequeño símbolo de interrogación en la azotea.
Durante el recreo, en lugar de unirse a sus amigos, Leo se escabulló hacia la escalera que conducía a la azotea. Era un lugar prohibido, por supuesto, lo que solo lo hacía más interesante. La puerta estaba cerrada con llave, pero Leo, recordando un viejo truco que le había enseñado su abuelo, usó un clip para abrirla.
Al llegar a la azotea, Leo se quedó boquiabierto. No había nada allí, excepto una vieja antena parabólica oxidada. ¿Podría ser esa la fuente de la tristeza? Leo se acercó y tocó la antena. Sintió una pequeña descarga, como un cosquilleo. De repente, escuchó un sonido… un débil murmullo.
Siguió el sonido hasta encontrar una pequeña caja atada a la parte posterior de la antena. La caja estaba llena de… ¡risas! Risas grabadas, risas suaves, risas estruendosas, risas tímidas. Era una colección de todos los sonidos alegres que habían desaparecido del liceo.
Leo comprendió. La antena estaba absorbiendo la alegría de los niños y guardándola en esa caja. Pero, ¿quién estaría haciendo algo así? De repente, escuchó pasos. Se escondió detrás de la antena y vio a Doña Esperanza acercarse.
"Lo siento, mis niños", dijo Doña Esperanza con voz triste. "Solo quería protegerlos. El mundo es un lugar tan difícil, con tanta tristeza… pensé que si absorbía su alegría, los protegería del dolor".
Leo salió de su escondite. "Pero Doña Esperanza, la alegría no es algo malo. La necesitamos para ser fuertes y enfrentar los problemas. ¡La alegría es como un escudo!"
Doña Esperanza lo miró con sorpresa. "Nunca lo había pensado así".
Leo le propuso una idea. Juntos, abrieron la caja y conectaron un pequeño amplificador a la antena. En lugar de absorber la alegría, la antena comenzaría a transmitirla.
Al día siguiente, el Liceo San Risueño vibraba con alegría. Los niños reían a carcajadas, los profesores contaban chistes y hasta las paredes parecían sonreír. Leo, el niño que le tenía miedo al liceo, se había convertido en el héroe que devolvió la risa a todos. Y Doña Esperanza, con una sonrisa genuina en su rostro, aprendió que la alegría, compartida, es la mejor protección contra la tristeza.
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