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Gratis · elegí una vozLobch era un pequeño monstruo azul, peludo y con un diente chueco que siempre sobresalía. Vivía en una cueva detrás de la cascada Arcoíris, y su mayor pasión eran las galletas de frambuesa que su abuela, la Abuela Monstruo, le preparaba cada semana. Un lunes por la mañana, Lobch se despertó con un hambre monstruosa. Corrió a la alacena, pero… ¡oh, no! ¡Las galletas habían desaparecido! El plato estaba vacío, solo quedaban unas pocas migas de frambuesa.
"¡Mis galletas! ¿Dónde están mis galletas?", gritó Lobch, con los ojos llenos de lágrimas monstruosas. La Abuela Monstruo entró en la cueva, preocupada. "¿Qué pasa, mi pequeño Lobch?", preguntó con su voz suave y dulce. Lobch le explicó lo sucedido, y la Abuela Monstruo lo abrazó. "No te preocupes, Lobch. Encontraremos tus galletas. ¡Será una aventura!".
Así comenzó la Aventura de las Galletas Perdidas. Primero, fueron a la cascada Arcoíris. Lobch revisó detrás de cada piedra brillante, buscando alguna pista. La Abuela Monstruo miró en el agua, esperando ver reflejos de galletas. Pero nada. Solo peces arcoíris nadando alegremente.
"Quizás alguien las vio", dijo Lobch, secándose las lágrimas. Decidieron visitar a la ardilla Chispita, que vivía en el árbol más alto del bosque. Chispita era muy observadora y siempre sabía lo que pasaba. Subieron y subieron, hasta llegar a la cima del árbol. Chispita estaba comiendo una nuez gigante. "Hola, Chispita", saludó Lobch. "¿Has visto mis galletas de frambuesa? Han desaparecido".
Chispita paró de comer y pensó un momento. "Hmm… galletas de frambuesa… ¡Ah, sí! Vi a un pequeño gnomo con un sombrero puntiagudo corriendo hacia el Bosque Susurrante con algo que parecía un plato lleno de galletas. Pero no estoy segura de que fueran tuyas". El Bosque Susurrante era un lugar misterioso y un poco tenebroso. A Lobch le daba un poco de miedo ir allí, pero las galletas eran más importantes. "Gracias, Chispita", dijo Lobch. "¡Iremos al Bosque Susurrante!".
La Abuela Monstruo y Lobch se adentraron en el bosque. Los árboles eran altos y oscuros, y el viento susurraba entre las hojas, creando sonidos extraños. Lobch se aferró a la mano de su abuela. De repente, escucharon una risita. Era el gnomo con el sombrero puntiagudo. Estaba sentado en una seta gigante, comiendo una galleta de frambuesa. "¡Ese es el gnomo!", exclamó Lobch. Se acercaron al gnomo. "¡Oye, tú! ¿Esas son mis galletas?", preguntó Lobch, un poco enfadado.
El gnomo se sobresaltó y dejó caer la galleta. "Oh… eh… hola", dijo el gnomo, con la boca llena de migas. "Yo… yo encontré estas galletas en el camino. Pensé que nadie las quería". Lobch explicó que eran sus galletas y que estaba muy triste porque habían desaparecido. El gnomo se sintió muy mal. "Lo siento mucho", dijo. "No sabía que eran tuyas. ¡Te ayudaré a encontrarlas!".
Resulta que el gnomo, cuyo nombre era Gus, solo había encontrado unas pocas galletas. El resto, ¡las había escondido un travieso grupo de duendes! Gus conocía el bosque muy bien y los llevó a una cueva secreta donde los duendes estaban jugando con las galletas, usándolas como fichas de dominó. Los duendes, al ver a Lobch, Gus y la Abuela Monstruo, se asustaron mucho. "¡Lo sentimos!", dijeron los duendes. "¡Pensamos que eran solo unas galletas viejas!".
Lobch recuperó sus galletas, y los duendes prometieron no volver a tocar nada que no fuera suyo. Gus se disculpó de nuevo por haberse comido una galleta, y Lobch lo perdonó. Como agradecimiento por ayudarlo a encontrar sus galletas, Lobch compartió algunas con Gus y los duendes. La Abuela Monstruo les contó historias de monstruos y gnomos, y todos se hicieron amigos.
Al final del día, Lobch regresó a casa con su plato lleno de galletas de frambuesa. Estaba cansado, pero muy feliz. Había tenido una gran aventura y había hecho nuevos amigos. Esa noche, antes de dormir, se comió una galleta y sonrió. Sabía que, aunque a veces las cosas se pierden, siempre hay una manera de encontrarlas, ¡y a veces, incluso se encuentran amigos nuevos en el camino! La Abuela Monstruo le dio un beso en la frente. "Buenas noches, Lobch. Y recuerda, la próxima vez, guarda bien tus galletas!"
Lobch asintió, cerró los ojos y soñó con galletas de frambuesa y aventuras en el Bosque Susurrante.
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