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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un valle verde y soleado, tres burritos llamados Benito, Bruno y Bartolomé. Benito era un burrito pequeño y de pelaje suave, Bruno era grande y fuerte, y Bartolomé, aunque no tan fuerte como Bruno, era el más astuto de los tres. Un día, mientras pastaban tranquilamente, un león hambriento, pero sobre todo, perezoso, llamado Leo, apareció entre los árboles.
Leo, cansado de cazar, tuvo una idea. "¡Ajá!", rugió con voz ronca. "¡Tres burritos! ¡Perfecto para trabajar para mí!"
Se acercó a los burritos con una sonrisa que, en lugar de parecer amigable, parecía más bien un poco chueca. "Hola, burritos", dijo Leo, intentando sonar amable. "Necesito ayuda con algunas tareas. Ustedes me ayudarán, ¿verdad?"
Benito, siempre dispuesto a complacer, asintió con entusiasmo. "¡Por supuesto, señor León! ¡Lo que necesite!"
Bruno, que era muy obediente, también asintió. "Sí, señor. Díganos qué hacer."
Bartolomé, sin embargo, entrecerró los ojos. Algo no le terminaba de gustar de la actitud del león, pero decidió esperar y ver qué pasaba.
Leo, encantado con su suerte, comenzó a dar órdenes. "Benito, tú eres pequeño y ágil. Quiero que vayas al bosque y me traigas bayas frescas. Bruno, tú eres fuerte. Quiero que me traigas leña para el fuego. Y Bartolomé… tú…", Leo se rascó la cabeza. "Tú… bueno, tú vigila que no se escape nadie."
Los burritos, sin entender muy bien por qué debían hacer todo esto, se pusieron a trabajar. Benito corrió al bosque en busca de bayas, Bruno arrastró pesados troncos de leña, y Bartolomé se quedó parado, mirando a su alrededor, sin entender a quién debía vigilar.
Pasaron los días, y los burritos seguían trabajando para Leo. Leo se dedicaba a dormir bajo un árbol, comiendo las bayas que Benito le traía, calentándose junto al fuego que Bruno alimentaba, y dando órdenes a Bartolomé, quien seguía sin entender muy bien su trabajo, pero obedecía sin rechistar.
Un día, mientras Benito regresaba con una cesta llena de bayas, tropezó y las bayas se esparcieron por el suelo. Lloriqueando, Benito recogió las bayas, pero muchas estaban aplastadas y sucias.
"¿Qué voy a hacer?", se lamentó Benito. "El señor León se enfadará mucho si no le traigo bayas buenas."
Bruno, que pasaba por allí arrastrando un tronco enorme, le dijo: "No te preocupes, Benito. Él es el león, nosotros solo somos burritos. Debemos obedecer."
Bartolomé, que los había estado escuchando, se acercó. "¿Por qué debemos obedecer?", preguntó Bartolomé. "¿Por qué tenemos que trabajar para él mientras él se sienta a descansar?"
Benito y Bruno se quedaron mirando a Bartolomé, sorprendidos. Nunca se habían cuestionado las órdenes de Leo. "Pero… es el león", dijo Benito tímidamente. "Es más fuerte que nosotros."
"Sí", añadió Bruno. "Y él nos dijo que debíamos trabajar para él."
Bartolomé suspiró. "Pero ¿por qué? ¿Acaso somos sus esclavos?", preguntó. "Podemos buscar nuestras propias bayas, nuestra propia leña. No necesitamos a Leo."
Bartolomé les explicó su plan. Al día siguiente, cuando Leo les diera órdenes, simplemente se negarían. Al principio, Benito y Bruno estaban asustados, pero la lógica de Bartolomé los convenció.
Al día siguiente, Leo se despertó con un rugido. "¡Burritos! ¡A trabajar!", gritó. "Benito, tráeme bayas. Bruno, trae más leña. Bartolomé, asegúrate de que nadie se acerque a robar mis bayas."
Benito, Bruno y Bartolomé se miraron. Respiraron hondo y dijeron al unísono: "¡No!"
Leo se quedó boquiabierto. "¿Qué?", rugió, incrédulo. "¿Qué han dicho?"
"No vamos a trabajar para ti", dijo Bartolomé con valentía. "Podemos cuidarnos solos."
Leo se puso furioso. Intentó intimidar a los burritos, pero ellos se mantuvieron firmes. Vio en sus ojos una determinación que antes no había visto.
Finalmente, Leo, derrotado y hambriento, se dio cuenta de su error. Había intentado aprovecharse de la bondad y la ingenuidad de los burritos. Había pensado que por ser el león, tenía derecho a explotarlos.
Leo bajó la cabeza. "Quizás… quizás tengan razón", murmuró. "Quizás… debería aprender a cazar de nuevo."
Los tres burritos se miraron. Sintieron pena por Leo. Bartolomé, siempre generoso, dijo: "Puedes quedarte con algunas de las bayas, señor León. Y podemos mostrarte cómo encontrar leña."
Leo levantó la cabeza, sorprendido. Aceptó la oferta de los burritos, y juntos, aprendieron a vivir en armonía. Leo aprendió a cazar y a respetar a los demás, y los burritos aprendieron a defenderse y a no dejarse explotar. Y así, los tres burritos despistados, pero ahora más listos, y el león confundido, pero ahora más sabio, vivieron felices en el valle, aprendiendo que la amistad y el respeto son mucho más valiosos que la pereza y la explotación.
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