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Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de colinas color esmeralda, una niña llamada Lucía. Lucía no era una niña común; poseía dos características que la hacían única en el mundo entero. Primero, tenía unas pestañas tan largas y espesas que parecían abanicos de seda. Segundo, lucía unas trenzas tan, pero tan largas, que cuando caminaba, el final de su cabello se perdía de vista tras la esquina de la calle.
Lo más curioso de Lucía era el efecto de sus pestañas. Cada vez que cerraba los ojos con fuerza para estornudar o para quedarse dormida, algo mágico sucedía: ¡las vacas de las granjas cercanas salían volando! Los granjeros ya estaban acostumbrados a ver a sus animales flotando suavemente entre las nubes, como globos blancos y negros, esperando a que Lucía abriera los ojos para descender lentamente al pasto.
Sus trenzas también eran famosas. Todas las tardes, los niños del pueblo se reunían alrededor de ella. Lucía se sentaba en un banco alto y los demás usaban sus cabellos como cuerdas para saltar. Eran trenzas resistentes, brillantes y siempre olían a flores silvestres. Lucía era feliz compartiendo su magia, pero a veces se sentía un poco pesada por cargar con tanto cabello.
Un día soleado, Lucía decidió adentrarse en el Bosque Susurrante para buscar bayas dulces. Mientras caminaba, una ráfaga de viento juguetona comenzó a soplar. Sus trenzas, que se arrastraban como ríos de oro por el suelo, empezaron a enredarse entre los troncos de los robles centenarios. En un abrir y cerrar de ojos, Lucía se encontró completamente atrapada. Sus cabellos estaban anudados a las ramas, a las raíces y a los arbustos. Por más que tiraba, no podía moverse.
—¡Auxilio! ¡Por favor, que alguien me ayude! —gritó Lucía con todas sus fuerzas. Pero el bosque estaba en silencio, y los únicos que la escuchaban eran los pájaros, que la miraban con curiosidad desde las alturas.

Pasaron las horas y el sol empezó a esconderse. Lucía, cansada y con los ojos llenos de lágrimas, sintió que el miedo la invadía. Justo cuando la primera lágrima estaba a punto de rodar por su mejilla, escuchó un crujido de hojas secas. De detrás de un hongo gigante, apareció un pequeño ser de no más de treinta centímetros de altura. Tenía una nariz puntiaguda, orejas largas y vestía un traje hecho de musgo verde. Era un duende.
—Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? —dijo el duende con una voz que sonaba como el tintineo de campanillas—. Una niña árbol. Nunca había visto una especie tan extraña.
—No soy una niña árbol —respondió Lucía sollozando—. Soy Lucía, y mis trenzas se han quedado atoradas. Por favor, ¿podrías ayudarme a salir?
El duende se rascó la barbilla pensativo. —Podría ayudarte, sí. Pero los duendes del bosque no trabajamos gratis. Verás, se acerca el invierno y mi viejo suéter está lleno de agujeros. Necesito material suave y fuerte para tejer uno nuevo. Si me das tu cabello, te liberaré en un santiamén.
Lucía no lo pensó dos veces. Aunque quería mucho a sus trenzas, prefería ser libre y, además, le gustaba la idea de ayudar al pequeño duende a no pasar frío.

—Acepto —dijo Lucía con determinación.
El duende sonrió y, de un bolsillo oculto en su chaleco, sacó unas tijeras de oro que brillaban con luz propia. Con una agilidad asombrosa, comenzó a saltar de rama en rama, cortando los nudos con una precisión mágica. Mientras cortaba, el cabello de Lucía parecía flotar en el aire, volviéndose liviano como una pluma.
En pocos minutos, Lucía sintió que su cabeza pesaba mucho menos. Se puso de pie y se sacudió el vestido. Sus trenzas ya no llegaban al suelo; ahora tenía una melena corta y ondulada que le enmarcaba el rostro con dulzura. Se sentía ligera, como si pudiera echar a volar en cualquier momento.
—¡Gracias, señor duende! —exclamó Lucía abrazándose a sí misma.
El duende recolectó todo el cabello cortado, que formaba una montaña dorada sobre el musgo. —Gracias a ti, Lucía. Con esto tendré el suéter más abrigado de todo el bosque.
Pero la historia no terminó ahí. En lugar de irse corriendo a casa, Lucía se quedó con el duende. Ambos descubrieron que el cabello cortado todavía conservaba un poco de magia. Durante el resto de la tarde, jugaron a lanzarse sobre la montaña de pelo como si fuera una cama elástica, hicieron nudos divertidos y crearon pequeñas figuras. Lucía se dio cuenta de que, aunque sus trenzas ya no servían para que los niños saltaran la cuerda, ahora tenía un nuevo amigo y una nueva sensación de libertad. Desde ese día, cada vez que Lucía parpadea, las vacas siguen volando un poquito, pero ella camina por el bosque sin miedo a quedarse atrapada nunca más.
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