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En la metrópolis de Neocromía, el cielo no era azul ni las plazas eran verdes; todo estaba cubierto por un manto de gris metálico. Los edificios tocaban las nubes de ceniza y los habitantes caminaban con la mirada fija en el suelo, habiendo olvidado lo que era reír o llorar. En este mundo de sombras vivía Luna, una niña de ojos curiosos que aún conservaba la extraña costumbre de mirar las estrellas, aunque estas apenas brillaran.
Un atardecer, mientras caminaba por un callejón olvidado, Luna vio algo imposible: una chispa de color violeta. No era una luz común; era un gato pequeño y traslúcido, cuyo pelaje parecía hecho de polvo estelar. El gato maulló con un sonido que recordaba a una campana de cristal y echó a correr. Sin pensarlo, Luna lo siguió hasta las puertas de un edificio antiguo, oculto tras andamios oxidados. En la fachada, apenas se leía el nombre: «El Gran Sueño».
Al entrar, el aire cambió. Ya no olía a metal y humo, sino a palomitas de maíz y papel viejo. El gato, al que Luna decidió llamar Píxel, saltó sobre el mostrador de madera y desapareció tras una cortina de terciopelo rojo, el primer color de verdad que Luna veía en su vida. Al cruzar la cortina, se encontró en una inmensa sala de cine. Allí, un anciano de barba blanca y anteojos redondos manipulaba una máquina gigantesca llena de engranajes y lentes.
—Has llegado justo a tiempo, pequeña —dijo el hombre sin apartar la vista de la máquina—. Soy Don Elio, el último Proyeccionista de Recuerdos.
—¿Por qué hay colores aquí? —preguntó Luna, maravillada por las imágenes que danzaban en la pantalla: un océano azul profundo, un campo de girasoles amarillos y el rostro sonriente de un niño.

—Estos no son simples dibujos, Luna. Son recuerdos —explicó Don Elio con tristeza—. La ciudad se volvió gris porque la gente dejó de sentir. Al olvidar sus emociones, los colores se escaparon de la realidad y se refugiaron aquí. Pero la Luz Original, la fuente que alimenta este proyector, se está apagando. Si se extingue, el gris devorará este último refugio y el mundo olvidará para siempre lo que es sentir.
Luna sintió un nudo en la garganta. Miró a Píxel, que ahora brillaba con menos intensidad. Don Elio le explicó que solo un sentimiento puro y genuino podría reavivar la Luz Original, un prisma de cristal que se encontraba en el corazón del proyector. Pero él era demasiado viejo y sus recuerdos estaban gastados por el tiempo.
—Tú aún tienes la chispa, Luna —dijo el anciano, entregándole una pequeña esfera de cristal vacía—. Debes llenarla con tu recuerdo más valioso. No uno que hayas visto, sino uno que hayas sentido con todo tu corazón.
Luna cerró los ojos. Buscó en su memoria, pasando por los días aburridos en la escuela de metal y las cenas silenciosas. De pronto, encontró algo: el recuerdo de su abuela cantándole una nana mientras le acariciaba el cabello. Recordó el calor de aquel abrazo, la sensación de seguridad y el amor incondicional que la envolvía. Al abrir los ojos, la esfera en sus manos brillaba con un color dorado tan intenso que iluminó toda la sala.
—¡Es perfecto! —exclamó Don Elio.

Luna colocó la esfera en el centro del proyector. De inmediato, el cristal comenzó a girar, emitiendo un zumbido musical. Una columna de luz multicolor estalló desde la lente del proyector, atravesó el techo del cine y se elevó hacia el cielo de Neocromía como un fuego artificial gigante.
La onda expansiva de color barrió las calles. Donde tocaba una pared, el gris se convertía en terracota; donde tocaba un parque, el cemento se transformaba en hierba fresca. La gente en las calles se detuvo. Al sentir la luz, un hombre recordó el sabor de una manzana y sonrió; una mujer recordó el sonido de la lluvia y lloró de alivio. Las emociones, como ríos que vuelven a su cauce, inundaron la ciudad.
Luna salió del cine y vio cómo el cielo se teñía de un rosa anaranjado mientras el sol se ponía de verdad por primera vez en años. Píxel, ahora un gato de pelaje naranja brillante, ronroneaba a sus pies. Don Elio salió tras ella, parpadeando ante la belleza del mundo recuperado.
—Lo lograste, Luna —susurró el anciano—. Has devuelto la vida a Neocromía.
La niña sonrió, dándose cuenta de que el mundo ya no era un lugar frío de metal, sino un lienzo infinito lleno de posibilidades. Los colores habían vuelto, pero lo más importante era que los corazones de las personas volvían a latir con fuerza, listos para crear nuevos recuerdos llenos de luz.
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