Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozMandarina era una pequeña mandarina redondita y muy juguetona. Crescita, en cambio, era una zanahoria larga y delgada, siempre llena de curiosidad. Eran mejores amigas y les encantaba pasar tiempo juntas. Un día soleado, decidieron visitar a la Abuelita Naranja, que vivía al otro lado del Bosque Brillante.
"¡Qué emoción! ¡Vamos a ver a la Abuelita Naranja!", exclamó Mandarina, dando saltitos.
Crescita asintió con entusiasmo, moviendo sus hojitas verdes. "Sí, y le llevaremos estas deliciosas bayas silvestres que encontramos en el jardín."
Así, Mandarina y Crescita se adentraron en el Bosque Brillante. Los árboles eran altos y majestuosos, con hojas que brillaban como esmeraldas a la luz del sol. El sendero estaba lleno de flores de colores y mariposas revoloteaban a su alrededor.
De repente, escucharon un débil gemido. Se detuvieron y miraron a su alrededor, intentando descubrir de dónde provenía el sonido.
"¿Escuchaste eso, Crescita?", preguntó Mandarina, con un poco de miedo.
"Sí, creo que viene de detrás de ese gran hongo", respondió Crescita, señalando un enorme hongo rojo con lunares blancos.
Se acercaron con cautela al hongo y encontraron a un pequeño caracol llorando. Tenía su caparazón roto.
"¡Oh, pobrecito! ¿Qué te ha pasado?", preguntó Mandarina, acercándose al caracol.
El caracol, con voz temblorosa, les contó que se había caído de una hoja y había roto su caparazón.
Crescita, siempre práctica, tuvo una idea. "¡Ya sé! Podemos usar un poco de barro y algunas hojas para arreglar tu caparazón."
Mandarina y Crescita trabajaron juntas con cuidado. Recogieron barro suave y lo aplicaron con delicadeza sobre la grieta del caparazón. Luego, pegaron pequeñas hojas con savia para reforzar la reparación.
Después de un rato, el caparazón del caracol estaba como nuevo. El caracol, muy agradecido, les sonrió.
"¡Muchas gracias! ¡Me han salvado!", exclamó el caracol, feliz.
"De nada", respondieron Mandarina y Crescita al unísono.
El caracol, para agradecerles, les indicó un atajo secreto para llegar más rápido a la casa de la Abuelita Naranja. Era un sendero escondido detrás de una cascada de agua cristalina.
"Tengan cuidado con el Señor Zorro", les advirtió el caracol. "Le gusta engañar a los viajeros."
Mandarina y Crescita siguieron el sendero secreto. El agua de la cascada era fresca y refrescante. El sendero era hermoso, lleno de flores silvestres que no habían visto antes.
De repente, se encontraron con un zorro vestido con un elegante chaleco y un sombrero de copa. Era el Señor Zorro, tal como lo había descrito el caracol.
"¡Hola, pequeñas! ¿A dónde van con tanta prisa?", preguntó el Señor Zorro, con una sonrisa astuta.
"Vamos a visitar a nuestra Abuelita Naranja", respondió Mandarina, con un poco de desconfianza.
"¡Qué coincidencia! Yo también voy para allá", dijo el Señor Zorro. "¿Por qué no me acompañan? Conozco un atajo aún más rápido."
Crescita, recordando la advertencia del caracol, le susurró a Mandarina: "No confío en él. Creo que está mintiendo."
Mandarina, asintiendo en silencio, tuvo una idea. "Lo siento, Señor Zorro, pero tenemos que recoger algunas flores para nuestra abuelita. Nos alcanzaremos más tarde."
El Señor Zorro, decepcionado, se despidió y siguió su camino. Mandarina y Crescita esperaron a que se alejara y luego continuaron por el sendero secreto.
Después de caminar un poco más, finalmente llegaron a la casa de la Abuelita Naranja. Era una casita acogedora con un jardín lleno de naranjos.
La Abuelita Naranja las recibió con un gran abrazo y les ofreció un delicioso pastel de zanahoria y un jugo de mandarina recién exprimido.
Mandarina y Crescita le contaron a la Abuelita Naranja sobre su aventura en el Bosque Brillante, sobre el caracol herido y sobre el astuto Señor Zorro.
La Abuelita Naranja las felicitó por su bondad y su valentía. "Estoy muy orgullosa de ustedes", les dijo. "Siempre recuerden ser amables y ayudar a los demás, y nunca confíen en los extraños."
Mandarina y Crescita pasaron una tarde maravillosa con la Abuelita Naranja. Jugaron en el jardín, contaron historias y rieron mucho. Al atardecer, regresaron a casa, felices y contentas por haber vivido una gran aventura en el Bosque Brillante.
Al llegar a casa, Mandarina y Crescita se dieron cuenta de que la verdadera aventura no era llegar a la casa de la Abuelita Naranja, sino el camino recorrido juntas, aprendiendo a ser valientes, amables y a confiar en su instinto. Y sabían que esta sería solo una de muchas aventuras que vivirían juntas en el futuro.
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