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Había una vez una pequeña niña llamada Martina, que tenía una característica muy particular: amaba el colegio más que a los helados de chocolate o a los parques de diversiones. Para Martina, cruzar el umbral de su escuela cada mañana era como entrar en un reino mágico donde las letras bailaban en la pizarra y los números contaban historias secretas. Martina disfrutaba el aroma a lápiz recién sacado punta, el tacto del papel rugoso y, sobre todo, la voz de su maestra, la Señorita Clara, que siempre tenía una respuesta para sus mil preguntas.
Sin embargo, Martina tenía un gran problema que comenzaba cada viernes por la tarde. Mientras sus compañeros saltaban de alegría al escuchar el timbre que anunciaba el fin de semana, ella sentía que un pequeño nudo se formaba en su estómago. Para Martina, el sábado y el domingo no eran días de descanso, sino obstáculos gigantescos que se interponían entre ella y sus libros.
Un sábado por la mañana, apenas salió el primer rayo de sol, Martina saltó de la cama. Se puso su uniforme impecable, se ajustó los zapatos y se colgó la mochila a la espalda. Corrió hacia la cocina, donde sus padres desayunaban tranquilamente.
—¡Rápido, papá! ¡Rápido, mamá! ¡Llegaremos tarde a clase! —exclamó Martina con entusiasmo.
Su madre, con una sonrisa tierna, la miró y le dijo suavemente:
—Martina, cielo, hoy es sábado. No hay clases hasta el lunes.

En ese instante, el mundo de Martina se detuvo. Sus ojos se llenaron de lágrimas y sus mejillas se pusieron rojas como tomates. Martina comenzó a llorar y a patalear con fuerza sobre el suelo de la cocina.
—¡No es justo! —gritaba entre sollozos—. ¡Yo quiero ir a clases! ¡Quiero aprender a sumar números grandes y leer sobre los dinosaurios! ¡La escuela es el mejor lugar del mundo y los fines de semana son aburridos!
Sus padres, preocupados pero comprensivos, intentaron calmarla. Le ofrecieron ir al parque, ver una película o jugar con sus muñecas, pero nada parecía consolar a la pequeña. Martina se sentó en el sofá, abrazada a su mochila, mirando con tristeza por la ventana hacia la calle vacía.
Al ver su desolación, a su padre, Don Mateo, se le ocurrió una idea brillante. Se acercó a ella y le susurró al oído:
—¿Sabes, Martina? He oído un secreto. La escuela es solo un edificio, pero el 'Colegio del Mundo' nunca cierra sus puertas.
Martina dejó de llorar y lo miró con curiosidad.

—¿El Colegio del Mundo? ¿Dónde está eso?
—Está en todas partes —respondió su padre—. Solo necesitas un espíritu curioso. ¿Qué te parece si hoy convertimos nuestra casa en una sucursal de tu salón de clases?
Los ojos de Martina brillaron de nuevo. Aquel sábado se convirtió en una aventura inolvidable. En la cocina, aprendieron sobre química mientras observaban cómo el bizcocho subía en el horno. En el jardín, hicieron una clase de ciencias naturales identificando los diferentes tipos de hojas y siguiendo el rastro de una hilera de hormigas trabajadoras. Por la tarde, su madre organizó una sesión de historia, contándole relatos sobre sus abuelos y cómo era la vida hace muchos años.
Martina descubrió que el mundo entero era un libro abierto. Aprendió que podía sumar las manzanas en el frutero y que podía practicar su lectura leyendo las etiquetas de los botes de mermelada. El domingo, la familia visitó un pequeño arroyo cercano, donde Martina estudió el ciclo del agua y el movimiento de las piedras bajo la corriente.
Cuando finalmente llegó el lunes por la mañana, Martina estaba radiante. Entró al salón de clases con una energía renovada. Cuando la Señorita Clara preguntó qué habían hecho durante el fin de semana, Martina levantó la mano con entusiasmo.
—¡Maestra! —dijo Martina con una sonrisa de oreja a oreja—. He descubierto que mi casa también es una escuela y que mis padres son unos maestros excelentes. Pero estoy muy feliz de estar aquí, porque ahora tengo muchas cosas nuevas que contarle a mis amigos.
Desde aquel día, Martina ya no lloró más los sábados. Entendió que aprender es un viaje que no tiene horarios ni calendarios, y que cada rincón del mundo guarda una lección esperando a ser descubierta por una niña con ojos curiosos y un corazón lleno de ganas de saber.
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