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En la ciudad de Osorno, donde la lluvia a veces baila sobre los techos, se encuentra el colegio William Booth. Allí estudiaba Mateo, un niño de ocho años con el cabello castaño siempre despeinado y una energía que parecía no agotarse nunca. Mateo era muy inteligente, pero tenía un pequeño gran desafío: cuando las cosas no salían exactamente como él quería, sentía que un volcán pequeño hacía erupción en su pecho. Además, le costaba mucho cambiar de planes; si él decía que el juego era de piratas, no podía ser de astronautas.
Una tarde gris, en la sala de clases, Mateo trabajaba en un proyecto grupal con Sofía y Lucas. Debían construir una maqueta del volcán Osorno. Mateo insistía en que la lava debía ser de cartulina roja brillante. Sin embargo, Sofía sugirió usar brillantina y algodón.
—¡No! —gritó Mateo, cruzándose de brazos—. ¡Dije que roja y lisa! ¡Así tiene que ser!
Se sintió tan frustrado que pidió permiso para ir a la biblioteca. Mientras buscaba un libro sobre volcanes, encontró uno con una tapa de terciopelo azul que no tenía título. Al tocarlo, el suelo de la biblioteca se convirtió en un prado de flores luminosas y las estanterías en árboles gigantescos. Mateo ya no estaba en Osorno; estaba en el Reino de la Flexibilidad.
A lo lejos, vio un castillo de cristal que brillaba bajo tres soles de colores. Pero el camino estaba bloqueado por un dragón pequeño, de escamas celestes, que lloraba ruidosamente. Mateo se asustó un poco, pero al ver las lágrimas del dragón, recordó lo que su profesora le decía sobre reconocer las emociones.
—¿Estás enojado? —preguntó Mateo desde lejos.

—¡No! —sollozó el dragón—. Estoy triste porque perdí mi flauta de madera. Pero todos corren porque piensan que mis rugidos de pena son de rabia.
Mateo se dio cuenta de que él también a veces gritaba cuando en realidad estaba triste o frustrado, y los demás lo malinterpretaban. —Lo siento, Dragoncito. Te ayudaré a buscarla —dijo Mateo, dándole una palmadita en la pata. Al reconocer la emoción del otro, el volcán en su propio pecho comenzó a calmarse.
Continuaron el camino y llegaron a un puente custodiado por Sir Rigoberto, un caballero con una armadura de plata tan brillante que reflejaba todo el bosque. Sir Rigoberto estaba completamente inmóvil.
—¿Qué le pasa? —preguntó Mateo.
—Mi armadura se ha oxidado porque solo sé caminar en línea recta —explicó el caballero con voz metálica—. El camino tiene una curva para evitar un hormiguero gigante, pero mi mente dice que debo ir recto. ¡Si no voy recto, no sé qué hacer!
Mateo recordó la maqueta en el colegio. Él era como Sir Rigoberto: se quedaba pegado en una sola idea.

—Señor Caballero —dijo Mateo con una sonrisa—, a veces cambiar el camino nos permite ver paisajes más bonitos. ¿Y si imaginamos que la curva es parte de una nueva aventura?
Sir Rigoberto lo pensó. Lentamente, su armadura crujió y se volvió flexible como la tela. El caballero dio un paso hacia el lado, rodeando el hormiguero. —¡Tienes razón, niño! No es que el plan falle, es que el plan crece.
De pronto, el dragón encontró su flauta bajo un hongo gigante y comenzó a tocar una melodía alegre. En ese momento, el castillo de cristal lanzó un destello tan fuerte que Mateo tuvo que cerrar los ojos. Cuando los abrió, estaba de vuelta en la biblioteca del colegio William Booth. Tenía la mano sobre el mismo libro de terciopelo.
Regresó a la sala de clases. Sofía y Lucas todavía estaban allí, debatiendo sobre la lava del volcán. Mateo respiró profundo, identificando esa pequeña chispa de insistencia que aún sentía. Pero esta vez, decidió ser como la armadura flexible de Sir Rigoberto.
—Oigan —dijo Mateo suavemente—, perdón por gritar antes. Estaba un poco frustrado porque quería que quedara perfecto. ¿Y si mezclamos las ideas? Podemos poner cartulina roja y encima la brillantina de Sofía para que parezca que la lava brilla de verdad.
Sofía y Lucas sonrieron sorprendidos. El trabajo quedó maravilloso, pero lo más importante fue que Mateo descubrió que su corazón era mucho más grande cuando dejaba espacio para las ideas de los demás. Al final del día, mientras caminaba bajo la lluvia de Osorno, Mateo se sintió como un verdadero caballero: no por tener una espada, sino por tener la valentía de entender sus sentimientos y la inteligencia de cambiar de opinión.
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