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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en la hermosa ciudad de Osorno, un niñito llamado Mateo que estudiaba en el Colegio San Mateo. A los alumnos del colegio los llamaban sanmateínos, y Mateo, aunque era un niño muy inteligente y cariñoso, a veces tenía dificultades para controlar su comportamiento. A veces se enfadaba mucho y gritaba en clase, o empujaba a sus compañeros en el patio. No lo hacía a propósito, pero luego se sentía muy mal.
La profesora de Mateo, la Señorita Elena, era una mujer muy amable y comprensiva. Ella veía el potencial de Mateo y sabía que, con un poco de ayuda, él podría superar sus dificultades. Un día, después de una pequeña rabieta en clase, la Señorita Elena habló con Mateo en privado.
"Mateo," le dijo con voz suave, "veo que te cuesta controlar tus emociones. ¿Te gustaría que trabajáramos juntos para aprender a hacerlo mejor?"
Mateo asintió con la cabeza, sintiéndose un poco avergonzado. Él realmente quería ser un buen sanmateíno, pero a veces simplemente no sabía cómo.
La Señorita Elena le propuso a Mateo que, cada vez que sintiera que iba a explotar, respirara hondo diez veces y pensara en algo que le gustara mucho. Podía ser jugar al fútbol, dibujar dinosaurios, o leer su libro favorito de aventuras.
Además de la Señorita Elena, los padres de Mateo también estaban muy preocupados por él. Hablaron con él muchas veces y le explicaron que era importante controlar sus impulsos y respetar a los demás. Lo llevaron a un terapeuta infantil, la Doctora Sofía, que le enseñó técnicas de relajación y le ayudó a entender por qué se sentía tan frustrado a veces.
La Doctora Sofía le explicó que todos tenemos un "monstruo de las emociones" dentro de nosotros, y que a veces ese monstruo se sale de control. Pero, con práctica y paciencia, podemos aprender a domarlo. Le enseñó a Mateo a identificar las señales de que su monstruo estaba a punto de despertar: el corazón latiendo más rápido, las manos sudorosas, la respiración agitada. Cuando sintiera esas señales, debía usar las técnicas que le había enseñado la Señorita Elena y la Doctora Sofía.
Los amigos de Mateo también jugaron un papel importante en su proceso de cambio. Al principio, algunos se alejaban cuando Mateo se enojaba, pero otros, como Sofía y Tomás, eran muy pacientes con él. Lo animaban a calmarse y le recordaban que lo querían tal como era, pero que también querían que fuera feliz y que se sintiera bien consigo mismo.
Un día, durante un partido de fútbol en el recreo, Mateo sintió que la ira comenzaba a crecer dentro de él. Un compañero le había hecho una falta y él sintió el impulso de empujarlo. Pero, en lugar de hacerlo, recordó las palabras de la Señorita Elena, la Doctora Sofía y sus padres. Cerró los ojos, respiró hondo diez veces, y pensó en su dinosaurio favorito, el Tiranosaurio Rex.
Para su sorpresa, funcionó. La ira comenzó a disiparse y Mateo pudo seguir jugando al fútbol sin problemas. Después del partido, sus amigos lo felicitaron por haber mantenido la calma.
"¡Lo hiciste muy bien, Mateo!" le dijo Sofía. "¡Estoy muy orgullosa de ti!"
Con el tiempo, Mateo fue aprendiendo a controlar cada vez mejor sus emociones. Ya no se enfadaba tan fácilmente y, cuando lo hacía, sabía cómo calmarse y pedir perdón. Se convirtió en un sanmateíno ejemplar, respetuoso, amable y siempre dispuesto a ayudar a los demás.
Mateo entendió que ser un sanmateíno valiente no significaba no sentir emociones, sino aprender a manejarlas de manera positiva. Aprendió que pedir ayuda no es una señal de debilidad, sino de fortaleza. Y aprendió que el amor y el apoyo de los amigos, la familia y los profesores pueden hacer una gran diferencia en la vida de una persona.
Desde entonces, Mateo se convirtió en un ejemplo para otros niños que también tenían dificultades conductuales. Les contaba su historia y les animaba a no rendirse, a buscar ayuda y a creer en sí mismos. Porque, como él mismo había descubierto, todos tenemos la capacidad de convertirnos en sanmateínos valientes y felices.
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