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Gratis · elegí una vozMatilda tenía seis años y una imaginación del tamaño de un campo de girasoles. Un día, escuchó a su abuelo contar historias de jabalíes que vivían en el bosque cercano. Eran criaturas fuertes y astutas, ¡y Matilda decidió que quería cazar uno! No, no con un arma, ¡sino con su cámara de fotos! Quería capturar la belleza de un jabalí salvaje en su hábitat natural.
Preparó su equipo: una mochila pequeña con una cantimplora llena de jugo de manzana, una lupa para examinar insectos, un cuaderno para dibujar y, por supuesto, su cámara de fotos de color rosa brillante. Se puso sus botas de goma favoritas, un sombrero de exploradora que le había regalado su tía y se despidió de su gato, Bigotes, prometiéndole que volvería con una gran historia.
Al entrar en el bosque, el aire se llenó del aroma de pino y tierra húmeda. Los pájaros cantaban melodías alegres y las ardillas correteaban entre los árboles. Matilda siguió un sendero estrecho, observando cada detalle con sus grandes ojos curiosos. Vio setas de colores brillantes, huellas de animales en el barro y una mariposa monarca revoloteando entre las flores silvestres.
De repente, escuchó un ruido entre los arbustos. ¡Era un gruñido! Matilda se escondió detrás de un gran árbol, con el corazón latiéndole a mil por hora. Asomó la cabeza con cuidado y vio… ¡un pequeño jabalí! Era mucho más pequeño de lo que había imaginado, y parecía estar buscando algo en el suelo. Tenía el pelaje marrón oscuro y un hocico rosado que movía de un lado a otro.
Matilda se armó de valor y salió de detrás del árbol. El jabalí la miró con curiosidad, pero no huyó. Matilda se agachó lentamente y le ofreció una manzana de su mochila. El jabalí dudó por un momento, pero luego se acercó cautelosamente y mordisqueó la manzana.
Matilda sonrió. Se dio cuenta de que los jabalíes no eran tan aterradores como decían las historias. Eran solo animales que buscaban comida y un lugar seguro para vivir. Sacó su cámara de fotos y comenzó a tomar fotos del jabalí mientras comía la manzana. Capturó su hocico rosado, sus pequeños ojos brillantes y su pelaje marrón oscuro.
Después de un rato, el jabalí terminó la manzana y se fue corriendo hacia el bosque. Matilda lo observó alejarse, sintiéndose feliz y satisfecha. Había cazado un jabalí, ¡con su cámara de fotos!
Siguió caminando por el bosque, tomando fotos de todo lo que le llamaba la atención: un nido de pájaros en un árbol, una araña tejiendo su telaraña, un arroyo cristalino corriendo entre las rocas. Se dio cuenta de que el bosque estaba lleno de maravillas, solo había que saber dónde buscar.
De pronto, escuchó un ruido fuerte. ¡Era otro jabalí, pero este era mucho más grande! Este era un jabalí adulto, con grandes colmillos y un pelaje grueso y oscuro. Matilda sintió un poco de miedo, pero recordó lo que había aprendido del pequeño jabalí: no todos los jabalíes son malos.
El jabalí adulto la miró fijamente por un momento, luego resopló y siguió caminando. Matilda respiró aliviada. Sacó su cámara de fotos y le tomó una foto al jabalí mientras se alejaba. Era una foto impresionante, que capturaba la fuerza y la majestuosidad de la criatura.
Después de un rato, Matilda decidió que era hora de volver a casa. Estaba cansada, pero también muy contenta. Había vivido una gran aventura en el bosque y había aprendido mucho sobre los jabalíes y la naturaleza.
Al salir del bosque, vio a su abuelo esperándola en la puerta de su casa. Corrió hacia él y le contó todo sobre su aventura, mostrando las fotos que había tomado. El abuelo la escuchó con atención y la felicitó por su valentía y su curiosidad.
Esa noche, Matilda se fue a la cama con una sonrisa en la cara. Sabía que nunca olvidaría su aventura de cazar jabalíes. Y también sabía que el bosque siempre estaría allí, esperándola con nuevas aventuras y secretos por descubrir. Bigotes la esperaba en su cama, ronroneando suavemente. Le contó su aventura y Bigotes la escuchó atentamente.
Al día siguiente, Matilda imprimió sus fotos y las pegó en su cuaderno. Creó un álbum de fotos de su aventura de caza de jabalíes. Cada vez que lo abría, revivía la emoción de ese día y recordaba la belleza del bosque. Aprendió que cazar no siempre significa matar, a veces significa descubrir y apreciar la belleza que nos rodea. Y aprendió que incluso los animales más salvajes pueden ser amables si se les da la oportunidad. Matilda siguió explorando el bosque, siempre con su cámara de fotos lista para capturar nuevas aventuras. Y siempre, siempre, respetando a los animales que vivían allí.
Matilda knew the power of a good story and she had just written her first one, starring herself and her new friend, the playful boar.
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