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Gratis · elegí una vozMoisés era un niño pequeño con un corazón enorme y unos ojos que brillaban como dos luceros. Pero últimamente, Moisés estaba triste. Su abuela, la que le contaba historias de dragones y princesas valientes, ya no podía contárselas. Estaba muy enferma. Moisés se sentaba a su lado, tomándole la mano, pero la tristeza era como una nube gris que no se iba.
Un día, mientras caminaba por el jardín de su casa, con la cabeza gacha y los hombros caídos, vio algo que le llamó la atención. Era una mariposa. Pero no era una mariposa normal, de esas que revolotean felices entre las flores. Esta mariposa estaba posada sobre una hoja marchita, con las alas caídas y un aire de profunda tristeza. Sus colores, que debieron ser vibrantes, ahora parecían opacos y apagados.
Moisés se acercó lentamente, con cuidado de no asustarla. "¿Qué te pasa, mariposa?", le preguntó en voz baja. Por supuesto, la mariposa no le respondió con palabras, pero Moisés sintió que la entendía. La mariposa estaba triste porque se sentía sola y sin propósito.
De repente, a Moisés se le ocurrió una idea. Recordó las historias de su abuela, llenas de magia y esperanza. Pensó en cómo la voz de su abuela, contando esas historias, siempre lo hacía sentir mejor, incluso cuando estaba asustado o triste. Quizás, pensó, podía hacer lo mismo por la mariposa.
Moisés comenzó a contarle historias a la mariposa. Le contó sobre el dragón que escupía flores en lugar de fuego, sobre la princesa que rescataba al príncipe, sobre el árbol que daba frutos de alegría. La mariposa lo escuchaba atentamente, moviendo sus antenas como si asintiera con la cabeza.
Cada día, Moisés regresaba al jardín y le contaba nuevas historias a la mariposa. Le contaba sobre sus amigos, sobre sus sueños, sobre las cosas que lo hacían reír. Y, poco a poco, la mariposa comenzó a cambiar. Sus alas se levantaron un poco, sus colores se volvieron más brillantes, y su tristeza comenzó a desvanecerse.
Un día, Moisés llegó al jardín y encontró a la mariposa volando entre las flores. Ya no era la mariposa triste que había encontrado al principio. Ahora era una mariposa llena de vida y alegría. Revoloteaba alrededor de Moisés, como agradeciéndole por sus historias.
Moisés sonrió. Se dio cuenta de que al ayudar a la mariposa, también se había ayudado a sí mismo. Al compartir sus historias y su alegría, había encontrado una manera de superar su propia tristeza. Y comprendió que la maravilla, la verdadera maravilla, está en compartir y conectar con los demás.
Luego, Moisés tuvo otra idea. Corrió a la habitación de su abuela, con la mariposa revoloteando a su alrededor. Se sentó a su lado y comenzó a contarle las mismas historias que le había contado a la mariposa. Le contó sobre el dragón florido, sobre la princesa valiente, sobre el árbol de la alegría.
La abuela escuchó atentamente, con una pequeña sonrisa en los labios. Su mano apretó suavemente la de Moisés. Y aunque no dijo nada, Moisés supo que sus historias la estaban haciendo sentir mejor. La mariposa se posó suavemente sobre la almohada, cerca de la abuela, como si también estuviera compartiendo su alegría.
Desde ese día, Moisés continuó contando historias. A su abuela, a sus amigos, a todas las personas que se sentían tristes o solas. Y la mariposa, su fiel compañera, siempre estaba a su lado, recordándole que la maravilla está en compartir y conectar con los demás. Moisés aprendió que la tristeza puede transformarse en alegría, que la soledad puede convertirse en amistad, y que incluso la mariposa más triste puede encontrar la felicidad si alguien le ofrece una historia y un corazón abierto. Y así, Moisés, el niño que una vez estuvo triste, se convirtió en un faro de esperanza y alegría para todos los que lo rodeaban. Su abuela, con las historias de Moisés, se recuperó poco a poco, y pronto volvió a contarle cuentos de dragones y princesas, pero esta vez, Moisés también tenía sus propias historias que contar. Juntos, crearon un mundo de maravillas, donde la tristeza no tenía cabida y la alegría florecía como las flores del dragón en la historia de Moisés. La mariposa, ahora más brillante que nunca, seguía siendo su amiga, un recordatorio constante de que incluso en los momentos más oscuros, siempre hay esperanza y belleza por descubrir.
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