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Había una vez, en un bosque lleno de árboles gigantes y flores de colores brillantes, un monstruito llamado Nico. Nico era un monstruo muy especial. Tenía un pelaje azul esponjoso, dos cuernos pequeños y torcidos, y unos ojos grandes y brillantes que siempre estaban llenos de alegría. A Nico le encantaba jugar. Corría, saltaba, se escondía detrás de los árboles y se columpiaba en las lianas. Tenía una energía inagotable, ¡parecía que nunca se cansaba!
Pero Nico tenía un pequeño problema, un problemita que a veces le causaba algunos inconvenientes. Nico nunca terminaba su comida. Su mamá, la monstruita Mina, siempre le preparaba platos deliciosos y nutritivos: sopa de murciélago con zanahorias espeluznantes, puré de calabaza fantasma con arándanos monstruosos, y hasta pastel de gusanos de goma con crema de babosa. ¡Delicias monstruosas! Pero Nico, después de probar un poco, siempre decía: "Ya no quiero más, mamá. ¡Quiero ir a jugar!" Y dejaba su plato medio lleno, o a veces, ¡casi entero!
Un día, mientras Nico jugaba a las carreras con su amigo el conejo saltarín, sintió algo extraño en su pancita. Era un ruido fuerte, como un trueno lejano, pero que venía de adentro de él. ¡Ruuuuuuuuuuu! Su pancita rugía con fuerza. Nico se detuvo, se agarró la barriga y se sentó en una seta gigante, confundido. "¿Qué es este ruido?", se preguntó. El conejo saltarín se acercó, preocupado. "¿Estás bien, Nico? Suenas como si tuvieras un volcán dentro!"
Nico negó con la cabeza. "No sé qué me pasa. Mi pancita hace ruidos extraños y me siento un poco débil." El conejo saltarín pensó por un momento. "Quizás deberías visitar al sabio Búho. Él siempre sabe qué hacer." Nico asintió. El sabio Búho vivía en el árbol más alto del bosque, un árbol tan viejo que sus raíces parecían brazos arrugados aferrándose a la tierra. Nico, sintiéndose un poco débil, caminó lentamente hacia el árbol del Búho. Cada paso le costaba más que el anterior. Su pancita seguía rugiendo, cada vez más fuerte. ¡Ruuuuuuuuuuu! ¡RUUUUUUUUUUU!
Finalmente, llegó al árbol del Búho. Con un gran esfuerzo, trepó por las raíces hasta llegar a la entrada de la casa del Búho, un agujero acogedor en el tronco del árbol. "¿Hola?", dijo Nico, con voz temblorosa. El sabio Búho apareció en la entrada, con sus grandes ojos amarillos brillando con sabiduría. "Hola, Nico. Te estaba esperando. He oído los rugidos de tu pancita desde muy lejos."
Nico se sorprendió. "¿Sabes por qué mi pancita hace estos ruidos?" El Búho asintió. "Claro que lo sé. Tu pancita está gruñendo porque no tiene suficiente comida. Necesitas energía para jugar y correr, y esa energía viene de la comida que comes."
Nico frunció el ceño. "Pero a veces la comida no me gusta, o ya no tengo hambre." El Búho sonrió suavemente. "Entiendo. Pero es importante comer todo lo que hay en tu plato. Piensa en tu comida como combustible para tu cuerpo. Si no le das suficiente combustible, no podrás correr rápido, saltar alto ni jugar con tus amigos."
El Búho continuó explicando: "Cada bocado de comida te da fuerza. Las verduras te ayudan a crecer, la carne te da energía y las frutas te hacen sentir feliz. Si dejas comida en tu plato, estás dejando ir parte de esa fuerza y energía."
Nico escuchó atentamente cada palabra del Búho. Nunca lo había pensado de esa manera. Siempre había pensado que jugar era más importante que comer. Pero ahora entendía que comer era necesario para poder jugar bien. "Entonces, si como todo lo que hay en mi plato, ¿mi pancita dejará de rugir y tendré más energía?", preguntó Nico.
El Búho asintió. "Exactamente. Y te sentirás mucho mejor. Además, tu mamá estará muy contenta de que estés comiendo bien." Nico sonrió. No quería que su pancita siguiera rugiendo, y tampoco quería preocupar a su mamá. "¡Gracias, sabio Búho! Ahora entiendo. Prometo que empezaré a comer todo lo que hay en mi plato."
Nico se despidió del Búho y bajó del árbol con una nueva determinación. Cuando llegó a casa, su mamá, Mina, le había preparado un plato de sopa de murciélago con zanahorias espeluznantes. Nico miró el plato y, en lugar de poner una cara de disgusto, pensó en las palabras del Búho. Pensó en el combustible para su cuerpo, en la fuerza y la energía que necesitaba para jugar.
Tomó una cucharada de sopa y la probó. ¡No estaba tan mal! Tomó otra cucharada y otra más. Poco a poco, fue comiendo toda la sopa. Mina lo miraba con una sonrisa en el rostro. Estaba muy contenta de ver a su hijo comer con apetito. Cuando Nico terminó el último sorbo de sopa, se sintió lleno de energía. Su pancita ya no rugía, sino que ronroneaba suavemente.
Desde ese día, Nico cumplió su promesa. Empezó a comer todo lo que había en su plato, sin importar si era sopa de murciélago, puré de calabaza fantasma o pastel de gusanos de goma. Descubrió que la comida no era tan mala como pensaba, y que, de hecho, le gustaba mucho. Y lo más importante, descubrió que tenía mucha más energía para jugar.
Nico se convirtió en el monstruo más rápido y fuerte del bosque. Corría más rápido que el viento, saltaba más alto que los árboles y se columpiaba en las lianas con una agilidad increíble. Ya nunca más sintió la necesidad de detenerse a causa de una pancita gruñona. Siempre estaba listo para jugar y divertirse. Y todo gracias a la sabia lección del Búho y a su decisión de comer todo lo que había en su plato. Y colorín colorado, ¡este cuento se ha acabado!
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