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En el corazón del Bosque de los Susurros, donde los árboles tienen cortezas de chocolate y las hojas cantan con el viento, vivía un pequeño búho llamado Nico. Nico era un búho especial; sus plumas eran de un azul eléctrico y siempre llevaba una pequeña pajarita roja perfectamente anudada al cuello. Sus ojos, grandes y dorados, eran famosos por ser los más curiosos de toda la arboleda. Nico vivía con su padre, Papá Búho, un búho sabio de plumaje marrón que siempre vestía un chaleco verde de lana y llevaba unas gafas pequeñas posadas sobre su pico.
Una tarde de martes, Nico estaba sentado en su escritorio de madera de roble, rodeado de pergaminos y plumas. Tenía una tarea muy importante: contar todas las estrellas que se veían desde su ventana y sumarlas a las bellotas que había recolectado por la mañana. Nico era un estudiante ejemplar y, aunque a veces se distraía con el vuelo de una mariposa nocturna, terminó sus deberes en tiempo récord. Con una sonrisa de satisfacción, cerró su libro y buscó a su padre en la sala de estar.
—¡Papá, ya terminé! —exclamó Nico, agitando sus pequeñas alas azules—. He contado cincuenta estrellas y doce bellotas. ¿Puedo usar el celular ahora? Por favor, solo un ratito.
Papá Búho, que estaba leyendo el periódico del bosque, bajó sus gafas y miró a su hijo. —Has trabajado duro, Nico. Está bien, te prestaré el celular, pero recuerda que los búhos pequeños necesitan descansar para que sus alas crezcan fuertes. Solo será por un rato.

Nico aceptó emocionado. Se acurrucó en su sillón de musgo y encendió la pantalla. Al principio, todo era diversión. Nico jugaba a 'Vuelo Acrobático' y veía videos de otros búhos haciendo trucos en el aire. Sin embargo, el tiempo empezó a pasar de una manera extraña. Los minutos se convirtieron en horas, y la luz de la luna comenzó a filtrarse por la ventana, pero Nico no podía despegar los ojos del brillo de la pantalla. Sus ojos dorados estaban fijos, casi hipnotizados, y no escuchaba nada de lo que pasaba a su alrededor.
Papá Búho se acercó varias veces. —Nico, ya es tarde. Es hora de dejar el aparato —le decía con suavidad. Pero Nico solo respondía: —¡Cinco minutos más, papá! ¡Solo cinco minutos! —Pero esos cinco minutos se repetían una y otra vez. Nico se había vuelto un poco terco; el brillo del celular parecía haberle atrapado la voluntad.
Finalmente, Papá Búho suspiró. Sabía que Nico necesitaba ayuda para desconectarse. Fue hacia el armario de los inventos antiguos y sacó una caja metálica que brillaba con un tono cobrizo. Era la famosa 'Máquina Noqueadora de Sueños', un invento diseñado para aquellos que olvidaban cómo cerrar los ojos. La máquina era un robot redondo, de color cobre, con grandes ojos azules que emitían una luz relajante y unos brazos mecánicos recubiertos de una suave felpa.
Papá Búho activó el robot. La máquina se deslizó silenciosamente por el suelo de madera hasta llegar frente a Nico. Con una voz metálica pero extrañamente melodiosa, el robot dijo: —Objetivo detectado: Búho con exceso de pantalla. Por favor, entregue el dispositivo para iniciar el protocolo de descanso.

Nico, aún sumergido en su juego, ni siquiera miró al robot. —¡Ahora no, robot! ¡Estoy a punto de ganar! —protestó Nico, apretando el celular con sus garras.
La Máquina Noqueadora no se dio por vencida. Sus ojos azules parpadearon y, con una rapidez asombrosa pero delicada, extendió sus brazos de felpa. En un movimiento ágil, le quitó el celular a Nico de las manos.
—¡Oye! ¡Devuélvemelo! —gritó Nico, intentando saltar para alcanzar el teléfono.
Pero la máquina tenía una función final. El robot se detuvo, emitió un suave sonido de campanillas y extendió un pequeño guante de seda acolchado. Con un movimiento certero y suave, como el toque de una pluma, la máquina le dio un pequeño 'toque de sueño' en la frente a Nico. No fue un golpe doloroso, sino una descarga instantánea de relajación profunda.
Al instante, los párpados de Nico se volvieron pesadísimos. Sus alas azules se relajaron, su pajarita roja subió y bajó con un bostezo gigante, y antes de que pudiera decir 'un minuto más', Nico se desplomó suavemente sobre los cojines de musgo. Estaba completamente noqueado por el sueño. El robot, con mucha ternura, lo cubrió con una manta de hojas secas y apagó el celular.
Papá Búho sonrió al ver a su pequeño Nico durmiendo tan plácidamente. El pequeño búho ya no estaba atrapado por la luz de la pantalla, sino que ahora volaba en sus sueños sobre nubes de algodón. La máquina cumplió su misión y se quedó vigilando la habitación en silencio. Nico aprendió que, aunque la tecnología es divertida, nada supera la sensación de un descanso profundo y feliz bajo la luz de las estrellas.
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